El pasado lunes, 21 del corriente, falleció el ex ciclista Samuel Cabrera, víctima de un rayo, en su finca de Pasuncha, en Pacho, Cundinamarca. Lo recordamos por su larga carrera, especialmente como gregario, y por haber integrado el primer equipo colombiano que participó en el Tour de Francia, en 1983.
Samuel Cabrera (q.e.p.d.). Foto: Pinterest.
Samuel El Samy Cabrera, uno de los más queridos y recordados ciclistas colombianos de los años ochenta, del siglo pasado, murió el pasado lunes, fulminado por un rayo, en medio de un fuerte aguacero, mientras recolectaba café en su finca, ubicada en la vereda Mata de Ramo, del corregimiento Pasuncha, en Pacho, Cundinamarca.
Samuel Cabrera había nacido el 15 de agosto de 1960, en una familia campesina del municipio de Pacho. En los primeros años se dedicó a las labores del campo que fue combinando con su afición por el ciclismo. Dadas sus grandes condiciones para todos los terrenos fue vinculado al equipo del Ministerio de Obras Públicas, con el cual participó en sus primeras competencias, como novato, en 1980.
En 1981, Samuel Cabrera emergió con fuerza en el panorama ciclístico nacional, al ser el campeón novato de la XXXI Vuelta a Colombia, en la cual se destacaron, entre otros, Fabio Parra, el campeón; Israel el Pinocho Corredor, Julio Alberto Rubiano, Epifanio Arcila, Rafael Acevedo, Plinio Casas y Arturo Matamoros, con quienes conformaría el joven corredor cundinamarqués, la pléyade de las figuras colombianas, en las primeras incursiones en el ciclismo profesional de Europa.
Un año después, el Samy Cabrera, pasó a integrar el conjunto Aguardiente Superior, patrocinado por la Licorera de Santander y después el de Perfumería Yaneth, como antesala de su llegada al ciclismo profesional.
En 1982 se consagró campeón de la Vuelta a Guatemala, en medio de una crisis en la dirigencia de la Federación Colombiana de Ciclismo, por el enfrentamiento de dos sectores, uno liderado por el boyacense Miguel Ángel Bermúdez, y el otro por el comisario internacional antioqueño Bernardo Mejía Toro.
El 29 de enero de 1983, terminó el cisma directivo, al ser elegido Bermúdez como nuevo presidente de la entidad. El gran objetivo del nuevo zar del ciclismo nacional era que Colombia participara por primera vez en el Tour de Francia de ese año.
El novato Samuel Cabrera hizo su estreno internacional, como parte del equipo colombiano que participó, primero, en el Giro de Valesia, y luego en el Piccolo Giro, las dos pruebas en Italia, al lado de Manuel Ignacio Gutiérrez, Fabio Navarro, Carlos J. Siachoque, Fabio Parra y Fabio Casas.
Samuel Cabrera, segundo de izquierda a derecha, como parte del equipo de Pilas Varta, pionero de Colombia en el Tour de Francia, en 1983.
En julio de ese año, Pilas Varta fue el primer equipo colombiano, en participar en el Tour de Francia, una odisea que abriría las puertas al ciclismo profesional colombiano, en Europa. Y en ese primer equipo estuvo presente el joven Samuel Cabrera, acompañado por Patrocinio Jiménez, Edgar Condorito Corredor, Abelardo Ríos, José Alfonso López, Alfonso Flórez, Cristóbal Pérez, Rafael Toloza y Fabio Casas dirigidos por el español Luis Ocaña, y por Cochise Rodríguez. Cabrera fue aceptado por las autoridades del Tour, no obstante no haber cumplido los 23 años que exigían los reglamentos de la carrera, como edad mínima.
Para los diez corredores colombianos todo era nuevo, incluido el temible pavé, que se corría sobre callejones de piedra, que fue eliminado a partir del año siguiente por inhumano. El equipo nacional se fue desmoronando a medida que los kilómetros hacían estragos en todos los corredores. En la quinta etapa se retiró Rafael Toloza, enfermo. En la octava abandonó Cristóbal Pérez. En la novena Alfonso Flórez ‑quien dos días antes había sido señalado por el director de la carrera, Félix Levitán como favorito al título‑. Y en la décima, Julio Alberto Rubiano y Fabio Casas. Y el joven Cabrera ahí firme hasta el final, como gregario de Patrocinio Jiménez, quien logró impresionar al mundo, con un triunfo en el alto de Tourmalet. Al final, el Samy Cabrera terminó en la casilla 57. Dadas sus enormes condiciones como coequipero fue invitado por el entrenador Eugenio Unzué a que formara parte del equipo Reynolds, de España, en las siguientes temporadas.
Foto: Pinterest.
A partir de entonces, Cabrera se convirtió en un importante gregario de figuras como el quíntuple campeón del Tour, el español Miguel Induraín. Su paso por el Reynolds terminó en 1987, cuando decidió volver a Colombia, para continuar su carrera en Café de Colombia, con el que compitió hasta 1989. En total, Cabrera participó seis veces en el Tour de Francia (1983, 1984, 1986, 1987, 1988 y 1989); una, en el Giro de Italia (1989) y cuatro en la Vuelta a España (1985, 1986, 1987 y 1988). Su mejor figuración fue el undécimo puesto, en el Tour de 1986.
Cabrera se retiró del ciclismo en 1989, y dejó para la historia un título de la Vuelta a Guatemala (1980) y otro de la Vuelta a Costa Rica (1982). De la misma manera conformó el recordado equipo que acompañó a Martín Ramírez, cuando, en 1985 se consagró campeón del Tour de L’Avenir. En esa oportunidad, el Samy Cabrera fue tercero.
El 11 de julio de 1983 ocurrió la primera gran hazaña colombiana en el Tour de Francia. El boyacense José Patrocinio Jiménez, acompañado por sólo medio equipo de Pilas Varta, entre quienes estaba Samuel Cabrera, pues cuatro de sus integrantes habían abandonado la carrera.
Patrocinio Jiménez lanza el ataque en el ascenso al Tourmalet y es seguido por el irlandés Robert Millar. Foto: laruedasuelta.com.
Ese día, El Viejo Patro, lanzó un ataque rumbo al Alto del Tourmalet, ubicado a 2.114 metros sobre el nivel del mar es una trepada de 17 kilómetros en el corazón de los Pirineos, con un porcentaje medio de 7.,4 y rampas del 10 y 12, que hizo trizas la caravana y provocó un revolcón.
Robert Millar, el destacado trepador irlandés fue el único que aguantó el paso de Patrocinio, quien hizo el gasto durante 140 kilómetros y perdió la etapa.
“Ese día yo estaba volando, pero Robert Millar se me pegó y yo, de bobo, jalé durante 140 kilómetros. Al final, por vivo, él fue el ganador de la etapa. Ese día fue cuando el ciclismo colombiano mostró que tenía mucho que decir en las montañas del mundo”, dijo al diario El Tiempo el corredor colombiano, días después de terminada la carrera.
A Félix Levitán, el flamante director del Tour, le preguntaron después de la demostración colombiana en el Tourmalet:
«¿Recordáis una primera etapa de montaña, que haya provocado tantos desastres como la de hoy?». Y él contestó: «Mi memoria no me permite dar una respuesta tajante. En la tarde de esta maravillosa etapa Pau Luchon, el problema no es pensar en otros tiempos, sino juzgar el mérito de quienes lo hicieron. Habrá que recordar por mucho tiempo su limpidez, el valor de tantas batallas que provocaron muchos cambios, la cualidad de trepadores de los colombianos, el estado de gracia de Millar, la recuperación de Pascal Simón y, sobre todo, la extrema audacia de numerosos ruteros jóvenes ante las dificultades encontradas en la ruta». Le Parisienne, 12 de julio de 1983.
Jacques Anquetil, pentacampeón del Tour analizó a los colombianos y vaticinó lo que vendría si volvieran: «En la montaña han demostrado muy hermosas cualidades, y con la experiencia del Tour 83, pienso que habrá que temerles terriblemente si ellos participan el próximo año, como todo el mundo lo desea». L’Equipe, 24 de julio de 1983.
Patrocinio en plena acción. Foto: pulso.com.
«Disposición y ambición»
«¿Quiénes fueron los que precipitaron los acontecimientos? Sin duda alguna los colombianos. A la hora del balance, debe señalarse el abandono de Alfonso Flórez, quien, enfermo del estómago, puso pie en tierra en el ascenso del Tourmalet, pero sólo personajes siniestros se negaran a admitir que lo realizado por Patrocinio Jiménez, Edgar Corredor y en un grado menor Samuel Cabrera, recompensan largamente el desfallecimiento del patrón de la formación […] Los protegidos de Luis Ocaña no han demorado en manifestar disposición y ambición. Y esto pesó mucho en el comportamiento de algunas estrellas, en particular, Van Impe». Sud-Ouest, 12 de julio de 1983.
«La más grande etapa del Tour»
Como «la más grande etapa del Tour», también fue definida la fracción en la cual brillaron los colombianos: «Gracias a Pascal Simón, que con Bernardeau ha luchado con estos maravillosos colombianos, nosotros hemos visto la más grande etapa del Tour. Porque no habrá otra mejor; ya lo veréis […] El equipo colombiano atrae los curiosos… ellos han venido a vivir una experiencia y a aprender y tomar sus lecciones. Y simplemente aprendiendo, se han batido dramáticamente… Colombia puede estar orgullosa de sus hijos. Ellos vinieron a prender el fuego de la revuelta». Le Depeche de Midi, 12 de julio de 1983.
Análisis de estos colectivos heterogéneos que construyen cosmovisiones y deseos imaginarios, recurriendo a puntos de encuentro en los que pueden compartir significados y expresarlos con mayor autonomía. Se reúnen en torno al fútbol creando nuevas formas de expresión: producción discursiva, símbolos y tradiciones. Nacen por necesidades de barrio y por promover algún gusto afín al fútbol. Son soñadores, idealistas, ilusos, agresivos, de amores, de odios, leales y guerreros, porque así son todas las necesidades de barrio.
Por William Ricardo Zambrano A.
Doctor en la Sociedad de la Información, periodista deportivo y catedrático investigador de la Universidad Sergio Arboleda, autor de tres libros Tarjeta amarilla al periodismo deportivo en Colombia; Modelo de Aprendizaje para la educación superior en Colombia y Tras las barras de fútbol.
A partir del siglo XIX, cuando surge la era industrial y la sociedad capitalista se encuentra en todo su apoge, aparece la categoría social histórica de juventud como evolución de la sociedad humana. Los jóvenes comienzan a ser protagonistas de las consecuencias del capitalismo y como resultado de esta situación deciden establecer una nueva forma de organización social desde lo tribal conformando colectivos, en los que prima lo afectivo, lo emocional, algunos comparten varias ideologías, los mismos gustos, o la pasión por algo que en muchas ocasiones es el fútbol o la música, que se vuelven un pretexto para el desahogo de lo irracional; así aparecen las “tribus urbanas”, más conocidas como “subculturas juveniles”.
Para la mayoría de antropólogos y etnólogos este concepto de tribu dista mucho, pues consideran que les faltan muchas características de las tribus primitivas; sin embargo, los medios de comunicación han quedado seducidos por el nombre y por la equivalencia de andar en grupo para denominarlo tribu, así como un fenómeno de las grandes ciudades que no surge, de ninguna manera, en el contexto rural, sólo urbano.
Podríamos decir que de la tribu toma lo gregario y asociativo del individuo; pero, sobre todo, su carácter itinerante y nómada que se convierten en metáforas del desarrollo y la búsqueda de sentido juvenil, ya que por instinto o tradición cultural, el ser humano tiende a organizarse en manadas, grupos, bandas o pandillas. Los medios de comunicación se han encargado de la divulgación del nombre, creando un imaginario en torno a toda manifestación juvenil, la cual ya está calificada bajo categorías: rastas, punketos, barras bravas, etc. El término “barra brava” se emplea en América Latina para designar a aquellos grupos organizados dentro de una hinchada que se caracterizan por producir diversos incidentes violentos dentro y fuera del estadio de futbol.
El fútbol, definido como uno de los fenómenos más importantes del todos los tiempos, es el deporte que cuenta con mayor número de adeptos en el mundo. Su práctica y su capacidad de despertar pasiones y sentimientos no conoce fronteras físicas ni imaginarias. El hincha se mueve en torno al balón, ya sea desde los grandes estadios, hasta las amplias ciudades. El fútbol es sinónimo de pasión, sentimientos, fiesta, danza, baile, música, odio, guerra simbólica, religión y política.
El fútbol es precisamente una ocasión propicia para expresar en forma colectiva un sentimiento, un mínimo cultural compartido que sella una pertenencia común. Para el barrista, el balompié es, sin duda alguna, el deporte rey por su carácter deportivo, por su engalanado protocolo, por el gol o por la destreza de sus jugadores. Para la sociedad consumista, el fútbol es más que eso, es una pasión, parte de su vida, de una cultura que cada vez se expande y fortalece más.
Sin embargo, es imposible hablar de fútbol únicamente como el deporte que se presenta en la cancha, sino también en la tribuna, y todo lo que gira y acontece alrededor de esta. Aquellos lugares en donde los hinchas se reúnen para desarrollar comportamientos y manifestar ciertas acciones comunicativas que pueden ser observadas y analizadas, en tres momentos específicos: antes, durante y después del compromiso; espacios en los cuales la tribuna y la ciudad nos muestran toda una dinámica social y simbólica específica, a través de las barras bravas.
Estas barras nacen de una subcultura juvenil, en donde lo que se busca es la pertenencia a un grupo determinado, que comparten los mismos gustos, pensamientos radicales: nacionalismo, xenofobia, exaltación de la fuerza, virilidad agresiva, sentido del honor asociado con la capacidad de pelear y la demostración del más fuerte. Sus integrantes en su gran mayoría son jóvenes entre los 14 y los 25 años, pertenecientes a distintos estratos y a diversas zonas de la ciudad, los cuales son considerados como un grupo vulnerable.
Las barras bravas son grupos de aficionados que apoyan en todo momento al equipo, brincan y cantan detrás de las porterías. Su participación en el evento está ligada al juego en su sentido integral, son parte de él culturalmente, siguen su trayectoria con especial fanatismo, no dudando sacrificarse por los colores de su club; están comprometidos con su equipo, con los directivos y jugadores, con sus creencias (amuletos, agüeros o presagios), con su filosofía de vida y su comportamiento, hacen apropiación simbólica de algunos sectores y del estadio y defienden la ciudad donde su onceno es local.
Son colectivos heterogéneos con ciertas características identificables en todos y en cada uno de sus miembros: gustos, comportamientos, estilos de vida y ricos en simbologías. Construyen cosmovisiones y deseos imaginarios, recurriendo a puntos de encuentro en los que pueden compartir significados y expresarlos con mayor autonomía. Se reúnen en torno al fútbol creando nuevas formas de expresión: producción discursiva, símbolos y tradiciones. Nacen por necesidades de barrio y por promover algún gusto afín al fútbol. Son soñadores, idealistas, ilusos, agresivos, de amores, de odios, leales y guerreros, porque así son todas las necesidades de barrio.
Conciben el partido como un ritual en el que desempeñan un papel activo, hablan constantemente de su conjunto y de lo que ocurre con él, se dotan de emblemas y símbolos que llevan consigo o adhieren a su cuerpo con pintura y tatuajes. El sufrimiento y el compromiso no desaparecen luego de terminado el juego, hacen seguimiento permanente de las noticias en los medios de comunicación, se identifican con su divisa en cuerpo y alma, acuden siempre al estadio e incluso siguen a su conjunto en sus desplazamientos.
Generalmente, utilizan banderas, lienzos y diferentes instrumentos musicales; se caracterizan por ubicarse en las tribunas populares, aquellas que frecuentemente carecen de asientos y donde los espectadores deben ver el partido de pie. Tienden a presentar ciertos rasgos comunes: exaltación de la fuerza, el nacionalismo, el sentido del honor asociado con la capacidad de pelea, la necesidad de reafirmación, marginalidad urbana, y consumo de alcohol y drogas. Están conformadas por “parches” jóvenes entre los 14 y 25 años, sus “capos” suelen ser de mayor edad.
Estas barras bravas han adquirido notoriedad progresivamente en Colombia desde comienzos de la década de 1990, época que representa a los aficionados reunidos en esos extraños colectivos que han hecho del estadio deportivo un elemento vital en cualquier sociedad, aunque también un campo de batalla en el cual quedan tirados los sueños y a veces las vidas de jóvenes que apenas empezaban a entender por qué eran tan agresivos y por qué no defendían ideologías, credos, doctrinas o metas. Sólo defendían a un equipo de fútbol.
Están conformadas por líderes y fanáticos que generalmente viven en el mismo sector de la ciudad, comparten el tiempo libre, el estudio, el sentido de dominio, de hermandad y el gusto por el fútbol. Reestructuran las marcas locales establecidas a partir de experiencias territoriales de arraigo en el espacio que habitan mediante la participación en redes de comunicación deslocalizadas construyendo nuevas identidades.
Se acompañan de un carnaval que es la fiesta que hacen antes, durante y después del partido de futbol, alentando al equipo y exponiendo varios símbolos muy significantes para la barra, como los cantos y bailes (inspirados en la cumbia villera argentina característica de un barrista), las banderas (robarle la bandera a otra barra es el mayor motín y la peor humillación, es cuestión de honor para muchas y por ella se pelea hasta la muerte).
Las acciones violentas de las barras bravas son producto de un amor ciego y compulsivo hacia un equipo de fútbol, que en algunos casos reemplaza el amor que falta en la casa del seguidor o en su vida íntima y social. Este amor; fanatismo y sentimiento es el que los lleva a adquirir un sentimiento de odio contra el contendor. Asisten personas de todas las clases y formas de pensar. En la tribuna manifiestan los nacionalismos, las realidades étnicas y culturales asociadas a sentimientos nacionalistas
Expresan mensajes discriminatorios y humillantes de figuras públicas, estigmatizan movimientos políticos, defienden zonas de reserva campesina, promulgan por la familia como eje central de la sociedad, hacedoras de principios y valores, emprendedoras, amantes de las buenas costumbres, con afán por la preservación de sus raíces y tradiciones. Expresan su contracultura, adoptan el ideal de la lucha de clases para combatir al capitalismo, son racistas, fascistas, xenofóbicos, homofóbicos y creyentes de la teoría de la raza superior.
Los barristas hacen alusión al vestuario, como el conjunto de accesorios, que no se trata solamente de un look, sino de otorgar a cada prenda significación vinculada al universo simbólico que actúa como soporte para la identidad. Reinventan las modas que ofrece el mercado para imprimirles a través de pequeños o grandes cambios un sentido que fortalezca la asociación objeto-símbolo-identidad; es decir, no sólo depende de su vestimenta, sino de todos aquellos aspectos simbólicos que rodean a la barra: iconográficos, musicales, comunicativos y hasta ideológicos, que expresan dentro y fuera de los escenarios deportivos.
Estos comportamientos reflejan una inconformidad hacia lo impuesto, y junto a la moda, conforman una mezcla en la que la diversidad de clases sociales agrupadas en las barras bravas desaparecen, representándose como un grupo unido y fiel a su equipo que escenifica el juego, dramatiza la derrota o la victoria. Así, estos grupos construyen nuevos espacios urbanos, en donde ponen en escena la producción y circulación de lenguajes y nuevas identidades.
Los barristas se apropian de la metrópoli, la recorren, la exploran y dejan sus huellas, la conciben como suya, la luchan, la respetan y la aman; es su imaginario, es su sueño, son sus dueños. Las imágenes de la ciudad son múltiples y cada hincha va armando simbólicamente su propio territorio, de acuerdo con los recorridos y con los deseos que pueda realizar en estos espacios. El territorio surge y se transforma, según el fanático ejerza las acciones de denominar su espacio y recorrerlo. Es el lugar en donde el barrista ordena su mundo. Es el contexto cultural en el que se desarrollan las caracterizaciones de cada actor. Para el caso de los barristas, sus territorios son los escenarios en donde confluyen todos los anhelos, mitos, símbolos, conflictos, ideas y pasiones desatadas en un ámbito propio y privado.
Las barras son un híbrido de manifestaciones sociales, en el que se mezclan elementos de lucha de clases, tendencias musicales, políticas, modas y copias de expresiones de otros países. Los hinchas retoman muchos elementos del gesto, del lenguaje corporal y del vestuario, poseen los colores del equipo preferido. Cada barra hace lo suyo, es decir, adapta sus tendencias y las pone en práctica.
Los barristas tienen una mística, unas tradiciones, unos símbolos y un territorio, entre otros elementos que las diferencian de otro grupo que les permite construir una imagen que se sale de los paradigmas de la sociedad, diferenciándolos y contraponiéndolos al mundo adulto con el que no se identifican. Ellos viven entre dos sentimientos encontrados: de inmensa fe en sus propias capacidades y de desconfianza en las instituciones. Se sienten divorciados de los actuales líderes de la política, de las Fuerzas Armadas, de los medios de comunicación, de los dirigentes deportivos y del sector empresarial.
Estos grupos se caracterizan porque abogan por la autonomía; por la existencia del derecho a la diferencia, aunque sean ellos mismos que no la respeten en ocasiones. Carecen de identidad definida, son una amalgama de etnias, razas y tradiciones, invadidos por una cultura extranjerizante. Son agrupaciones caracterizadas por tener rasgos comunes semánticos, lingüísticos, culturales y el sentimiento de pertenencia de sus miembros. Luchan porque existan espacios de confrontación de ideas y saberes, y por una reapropiación discursiva de prácticas simbólicas.
Son la manifestación de una afición llevada casi al fanatismo, que conjuga odio, pasión y amor. Para ellos ser alguien significa tener una posición y un papel dentro de la barra: “Ser uno mismo obliga a ser como el grupo lo exige”, con toda la aceptación y el reconocimiento que conlleva comportarse según lo esperado o con todo el rechazo e indiferencia que implica la transgresión de las normas de convivencia.
En este sentido, la cultura del hincha es creativa; transforma todo en accesorios coreográficos; de la religión adopta los emblemas; de las organizaciones políticas, los símbolos más provocadores; de los movimientos revolucionarios, la imagen de sus ídolos: de la milicia, el saludo con el brazo derecho en alto, y de los grupos militares, algunos códigos. Integra todo elemento comunicativo que pueda aportar al espectáculo y a la barra, con el fin de alentar al propio equipo o intimidar al adversario.
Los emblemas, los símbolos y los distintivos que están relacionados con lo gótico, con el rock pesado, con el militarismo y con los movimientos políticos juegan también papel importante a la hora de crear identidad y delimitar territorio: la expresión corporal, los gestos, el vestuario, las banderas, las trompetas, los bombos, los tambores, los escudos, los himnos, los sellos, los monumentos, la heráldica y el conjunto de estandartes simbólicos, constituyen la identidad del barrista. La abstracción de la realidad es la representación de las imágenes y las figuras de la nación.
Los barristas tienen códigos establecidos, discursos y jerga específica; buscan espacios para existir y unirse con los jóvenes; fomentan su barra o parche para tener más integrantes que apoyen sus expresiones; crean nuevas palabras, sitios de reunión, estilos de vestir, nuevos usos y desusos del cuerpo, y hacen respetar su espacio, proponen razones para ejercer dominios y libertad para despistar la inconformidad, de la pasión mediante el amor hacia su equipo.
Se reúnen en torno a él creando nuevas formas de expresión: producción discursiva, símbolos y tradiciones, como pretexto para ejercer estatus y poder. En esta producción se expresan ideologías: políticas, religiosas y sociales; de resistencia a la dominación, a la ofensa y a la desigualdad, y temas como el sexismo y el racismo. Es un discurso polémico, de rechazo, de negación y de contraataque a las diatribas de sus adversarios, expresadas en constantes temáticas.
Lejos de ser una válvula de escape a las frustraciones y problemas de la vida diaria, el fútbol, el estadio y la ciudad adquieren un sentido mítico, el cual es proyectado en la escenografía elaborada durante los partidos. Ello permite entender por qué los fanáticos convierten la ciudad en una prolongación del terreno de juego, en un espacio de simbologías, territorialidad, de diseño de mapas, de identidad, en escenario de enfrentamientos sociales y políticos. Entonces nos preguntamos ¿Qué podría suceder con estas barras? ¿Un vandalismo desatado, furioso? ¿Una nueva propuesta de prácticas comunicativas? ¿Nuevos territorios simbólicos por conquistar? ¿Una nueva forma de defender la ciudad? Son interrogantes para otra publicación, con el fin de tratar de dar una interpretación dentro de un espacio y campo altamente subjetivo, como es el fútbol.
Estas son algunas muestras de Fair Play o Juego Limpio, del entrenador argentino Marcelo Bielsa, que lo erigen como un modelo de respeto y transparencia en el mundo del deporte.
Marcelo Bielsa. Foto: News digitales 2.webp.
Por Roosevelt Castro B
Periodista, creador del programa Tarjeta Verde.
Marcelo Alberto Bielsa Caldera es sinónimo de juego limpio. El técnico, nacido en Rosario, Argentina, el 21 de julio de 1966, ha sido un adalid del comportamiento respetuoso, honesto y sincero, estandartes axiológicos del juego limpio.
Su remoquete de “loco” no es gratuito, pues el exdefensor central del Club Atlético Newell’s Old Boys ha entendido que la deportividad y el respeto en el deporte de sus afectos es primordial y va por encima de “ganar a cómo de lugar”.
A los 25 años de edad, y luego de su retiro del fútbol competitivo como jugador tras su paso por equipos como Newell’s Old Boys, Instituto de Córdoba y el Club Atlético Argentino de su ciudad natal, el estratega rosarino decide convertirse en el tutor de las nuevas generaciones del Newell’s Old Boys.
Por 10 años vierte sus vastos conocimientos a la cantera de su club. Su trabajo no pasa inadvertido y es ascendido para orientar los destinos del equipo profesional. Son las temporadas 1990 a 1992, cuando Bielsa recorre los estadios argentinos mostrando su talento y clasificando al equipo rosarino a la gran final de la Copa Libertadores en 1992.
Sus conocimientos lo llevan a otras geografías. Atlas y América de México son los equipos del exterior, que ven en el técnico gaucho ese referente en la dirección deportiva de sus oncenos.
Regresa a país y vuelve a dirigir al Newell’s, para la temporada 1997. Al año siguiente cruza el Atlántico para orientar los destinos del Espanyol, de la Liga española. Su permanencia es corta, ya que es llamado a reemplazar a Daniel Pasarella en la dirección de la selección argentina.
En la Copa América de 1999, Argentina es derrotada 3-0 por Colombia, en un partido en el que el delantero argentino Martín Palermo falló tres penas máximas y Bielsa fue expulsado.
Sobre la reacción posterior al partido del entrenador argentino, el periodista de la BBC Tim Vickery escribiría:
“En la conferencia de prensa se sentó mirando al vacío, negándose a hacer contacto visual con nadie, su postura habitual. Se le preguntó qué había hecho con la actuación del árbitro. Si la pregunta era predecible, la respuesta era cualquier cosa menos eso. «Uno no suele tener la costumbre de comentar sobre los árbitros, pero…», dijo, haciendo creer a todos que continuaría con una diatriba sobre un bromista que se estaba volviendo loco con un silbato. En cambio, procedió con «pero con respecto a mi expulsión, el árbitro tenía toda la razón, porque protesté de manera mal educada”
Así despuntaba sus primeras locas e irreverentes declaraciones, ajustadas a un talante Fair Play del estratega de la tierra de Messi y del tango.
Foto: News digitales.
Otra jugada de Juego limpio
Luego de clasificar a la albiceleste al Mundial de Corea y Japón, en el 2002, y de conquistar por primera vez un oro olímpico en fútbol para su país, en el 2004, El Loco recala en el balompié chileno.
La Roja cumple una excelente campaña en Eliminatorias y consigue el tiquete que la lleva a Sudáfrica 2010.
Los cambios no se hicieron esperar. Los seleccionados chilenos logran una identidad y un trabajo que es respetado por propios y extraños.
Antes del Mundial en territorio sudafricano, y según el diputado Hermógenes Pérez de Arce Ibieta, el presidente chileno Sebastián Piñera no quería más a Harold Alfred Mayne-Nicholls Secul, en la presidencia de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP) y presionó para que fuera reemplazado por Jorge Segovia. Bielsa declara que si Segovia llega a la presidencia de la ANFP, él renunciaría.
Mayne-Nicholls Secul no sigue y Bielsa cumple con su promesa como muestra de lealtad y fidelidad a su protector. Fue otra jugada Fair Play del adiestrador argentino al servicio del seleccionado austral, a pesar de que la elección de Segovia se anularía y llegaría Sergio Elías Jadue Jadue, quien más tarde se vería involucrado en el escándalo de corrupción, llamado Fifagate.
El gran ejemplo Fair Play
Pero el mejor gol de juego limpio lo convertiría Bielsa orientando al Leeds United.
Es que luego de su salida del seleccionado austral y de recalar en diferentes equipos del balompié europeo, como el Atlético de Bilbao, el Marsella, el Lazio y el Lille, el técnico gaucho llega el Leeds United, en el 2018.
Un año antes, el equipo de la ciudad de Leeds es adquirido por el empresario italiano Andrea Radrizzani, con el objetivo de ascender a la Liga Premiere, luego de intentar por casi 14 años en la pugna por el tiquete en la EFL (Liga de Fútbol Inglesa y anteriormente conocida como la Segunda División del Fútbol Inglesa).
Radrizzani contrata a Thomas Christiansen, quien provenía del Appoel. El estratega danés fracasa y el objetivo no se consigue. A principios de 2018 llega el técnico inglés Paul Heckingbottom, pero luego de cuatro meses en el banquillo es despedido.
Es el 15 de junio de ese año, cuando llega Bielsa Caldera. Un contrato millonario es el que lo ata por dos años, con posibilidad de su renovación, a tres.
En esta primera temporada, El Loco hace una excelente campaña, que casi lo catapulta al ascenso directo a la Liga Premier, pero tuvo un mal final y cede el paso automático al club Sheffield United F.C. Luego, y en la lucha por el cupo contra el Derby Country en los Play Offs, no pudo con el objetivo de llegar a la máxima categoría del balompié británico.
En esta temporada se desata un escándalo que la prensa inglesa llama el Spygate. Bielsa es acusado de espiar un entrenamiento del Derby en el campo de su rival, violando el reglamento de competición de la EFL, que en uno de sus regulaciones dice que: “en todos los asuntos y transacciones relacionadas con la Liga, cada club se comportará entre sí y con La Liga, con la máxima buena fe”. El argentino está en el “ojo del huracán”, pero, y en una acción fair play de honestidad y de buena fe, reconoce su error en una rueda de prensa y, luego de recibir una multa cercana a las 200.000 libras esterlinas, cancela la sanción económica “de su propio bolsillo”.
Momento de la trifulca, que terminó en gol cedido por Bielsa. Foto: Santa Marta al Día.
Pero la gran y loca jugada Fair Play de Bielsa ocurre el 29 de abril de 2019. Leeds mantiene los primeros puestos de la EFL. El estadio Ellan Road recibe al Aston Villa, en el penúltimo partido de Liga. Los dos equipos esencialmente competían por un puesto en los playoffs, aunque Leeds, «matemáticamente» aún podía ganar el ascenso automático. Transcurría el minuto 72, cuando el delantero marfileño Jonathan Adjo Kodjia, al servicio del Aston Villa, recibe una falta de Tyler Roberts, se lesiona y no logra levantarse. El árbitro Stuart Steven Attwell no se percata y no sanciona la falta. Roberts pasó el balón por la línea a Mateusz Klich, quien lo toma por el ala izquierda y pone en la esquina más alejada de Jed Steer.
El gol, el primero del juego, desata el pandemónium, con Conor Hourihane, del Villa y Ahmed Elmohamady, Neil Taylor y Patrick Bamford, del Leeds, quienes se ven envueltos en una pelea en el centro de la cancha y que involucra a varios jugadores adicionales de ambos lados bandos. El motivo: los jugadores locales no detuvieron el balón o lo enviaron afuera, como una señal inequívoca de juego limpio que no se da, ante la lesión del visitante Kodjia. El resultado: Attwell expulsa al holandés Anwar El Ghazi, delantero del Aston Villa, con una tarjeta roja directa (posteriormente rescindida por la FA).
La respuesta de Bielsa a sus jugadores, y en aras de la equidad y juego limpio, es que su equipo debe permitir que se anote un empate indiscutible, que concreta el delantero del equipo villano Albert Adomah, sin que ningún jugador del Leeds obstaculizara su accionar, ya que, y a excepción de un frustrado e incrédulo Pontus Jansson persiguiéndolo y casi desposeyéndolo, convierte el 1-1 (se puede ver al entrenador argentino gritando “¡Dale el gol! ¡Dale el gol!», desde la línea de banda).
Posteriormente, Bielsa y el Leeds reciben el Premio Fair Play de la FIFA 2019 por sus acciones durante este juego e igualmente por las excentricidades que solo caben en la cabeza de este loco estratega, sinónimo de juego limpio.
La pesista vallecaucana Maria Isabel Urrutia, primera medallista de Colombia en unos Juegos Olímpicos, los celebrados en Sidney, Australia, en el año 2000, recuerda en el siguiente video a su técnico, el búlgado Gantcho Karouskov, fallecido la semana pasada.
El Olimpismo creado por los griegos centró su accionar en la capacitación física, con el cultivo del carácter, con el ánimo de obtener resultados, en los cuales el rendimiento era una herramienta para alcanzar la inmortalidad, por la inspiración de mantener la existencia en los recuerdos, tanto de los seres cercanos, como de la historia misma.
Autor principal: Luis Rafael Hutchison Salazar
Doctorando en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte – Universidad de los Andes de Mérida; Magíster en Actividad Física y Salud – Universidad del Rosario; Especialista en Procesos Pedagógicos del Entrenamiento Deportivo – Universidad de Cundinamarca; Licenciado en Ed. Con énf. Educación Física, Recreación y Deporte – Universidad de Cundinamarca.
Doctor en Educación Mención Currículo – Universidad Interamericana de Educación a Distancia de Panamá; Máster en Ciencias de la Educación Especial – Instituto Pedagógico “Enrique José Varona” La Habana Cuba; Licenciado en Educación Mención Educación Física – Universidad de los Andes de Mérida.
Código O.R.C.I.D (Connecting Research and Researchers) ID: 0000-0003-2236-510X
¡Si alguien me pidiera la receta para olimpizarse le diría:
La palabra olímpismo usualmente genera confusión y controversia, por las diferentes nociones a las que se asemeja, que propician, inclusive posibles equivocaciones semánticas. Desde un punto de vista sociológico del deporte se relacionan con los Juegos Olímpicos que se realizan cada cuatro (4) años, en una ciudad seleccionada, y como término propio es asemejado a las olimpiadas.
Sin embargo, el mismo Pierre de Coubertin propuso desde el año 1919 que esa asociación es histórica y gramaticalmente una equivocación, porque las olimpiadas son un intervalo de tiempo en el calendario, y, por tanto, los Juegos Olímpicos como tal son la apertura de esa agenda (Durántez, 2009); pero, aun así, infortunadamente todavía se utilizan como sinónimos.
Por eso se consideró necesario centrar el presente artículo de opinión en desarrollar un recorrido filosófico del olímpismo, tanto clásico como moderno, que permita una sensibilización y acercamiento frente a sus consideraciones, sin generar una inquina entre los clásicos y lo modernos o un conflicto de intereses.
En primera medida, el olímpismo es considerado como una doctrina integral que fraterniza la relación cuerpo-espíritu (García et al. 2015), con la euritmia, que da como resultado todas aquellas acciones que se realizan por el movimiento humano, y que enaltecen la belleza y la armonía, expresan la emotividad, la comunicación y el respeto por los principios éticos universales, de lo bueno, lo bello y lo justo, vistas como virtudes humanas, que deben entenderse en el contexto del deporte y la actividad física, como nobles aspiraciones, que se materializan a través de tener un cuerpo sano y una mente equilibrada.
En desarrollo de lo anterior, la propia Carta Olímpica, desde 1908 en su primera publicación hasta la fecha ha reflexionado sobre el olímpismo, como una de las formas mediante las cuales puede cultivarse una suerte de filosofía para la vida, que exalta al cuerpo y sus cualidades. Entre ellas se destacan, su dinamismo, y la satisfacción -traducible en la mayoría de las veces como alegría- fruto del esfuerzo humano, y que, a su vez, permite que un escenario simbólico (las justas olímpicas) se batan y enfrenten los representantes de todas las naciones, con lo que se busca demostrar que la confrontación es inevitable, pero que se puede dar en un escenario de paz[1], que utiliza al deporte, como catalizador de principios democráticos, culturales, integradores, entre otros en la formación de una sociedad más armónica.
De esta manera, el deporte en sus diferentes manifestaciones[2] (iniciación, formación, especialización y competencia-espectáculo, o, por el contrario amateur, para todos) constituye una de las principales líneas transmisoras de esta visión, que entendemos afín a las filosofías útiles para la vida (que eventualmente puede leerse como una cierta filosofía del olímpismo, aún no con lo problemático que puede resultar la expresión dentro del canon ortodoxo de la reflexión filosófica), que centra su trabajo por y para la vida, porque precisamente se opone a toda utilización nociva, tanto para los atletas como para las personas en general, que constituyan vulneraciones contra la salud y otros derechos fundamentales.
Como consecuencia de lo enunciado, el mismo Movimiento Olímpico ha propuesto tres valores esenciales que se articulan a esa visión filosófica de la vida, que emerge del Olímpismo tales como: la excelencia, la amistad y el respeto (ibíd. 2015), porque tienen un impacto positivo en la disciplina que constituye al sujeto deportista como individuo, como miembro de un equipo y como agente social.
Con estas consideraciones previas, manifestamos que, aunque la categoría de “filosofía del olimpismo” aún está en construcción, puede ser de gran utilidad epistémica e investigativa proponer una mirada, que se acerque a este campo desde esta orilla del pensamiento. Por eso, con este escrito se pretende que no solamente los profesionales de las ciencias del deporte y de la educación física, los atletas, o cualquier persona en general, continúen indagando sobre el olímpismo clásico o el denominado olímpismo moderno, creado por el barón Pierre de Coubertin.
Protágoras de Abdera.
Recorrido filosófico del olímpismo
Olímpismo clásico
Indudablemente, el olímpismo es asumido como una filosofía de vida que ha centrado su estudio en el amor a la sabiduría, y que en la escuela de la Grecia clásica fue promovida en principio por los sofistas; en donde sophós y sophía hacían referencia al hombre sabio o a aquel que sabe. Es decir, que para llegar a la sabiduría se necesitaba de quien pudiera enseñarla. Uno de los principales influenciadores fue Protágoras de Abdera (485-410), como posible creador del humanismo, que señaló que “el hombre es la medida de todas las cosas” (Vial, 1983)
No obstante, Sócrates (470-439) y Platón (427-347) paralelamente criticaron al sofismo, porque manifestaron que la sabiduría como virtud y/o verdad no se alcanzaba por medio de la enseñanza, sino que por el contrario se formaba de manera paulatina y a nivel personal. Lo anterior, porque se creía que el ser humano no sería capaz de conocer una verdad única y válida para todos, teniendo presente que cada persona tiene “su” verdad. Por eso la sabiduría se logra con el tiempo.
Otras corrientes como la propuesta por Pitágoras de Samos (570-497) creador de las teorías de los números como esencia de las cosas (Gorroño, M. 2015). Cuando el tirano Leonte de Fiunte (Phlioús) lo abordó para preguntarle sobre la filosofía como sabiduría, el mismo Pitágoras brindó una explicación (ya asemejada propiamente al olímpismo) de la siguiente manera:
“La vida de los hombres parece semejante a una aglomeración como las que se reúne en la convocatoria de los mayores juegos y con la asistencia de toda Grecia. Pues allí los unos acuden, con sus cuerpos bien entrenados, para conquistar la gloria y el honor de la corona… otros se congregan para vender y comprar con afán de lucro… y hay otra clase de individuos que no van ni por el aplauso ni la ganancia, sino que se presentan para tan solo mirar lo que allí se hacía, llamándose amantes de la sabiduría, es decir los filósofos, porque en la vida la contemplación y el conocimiento, superan en mucho a otros afanes…” (Gual, C. 1992).
Por eso, uno de los objetivos de esta época era conseguir el equilibrio y la perfección en el trance agonal utilizando las destrezas del cuerpo, para lograr los máximos niveles en las competiciones celebradas en honor al dios Jano o Agonio, y tiene como fin obtener la areté=excelencia o la aristós=mejor, como máxime social del mundo homérico, en ser siempre el primero y en destacarse ante los otros.
De esta manera, el olimpismo clásico centró su accionar en la capacitación física con el cultivo del carácter, con el ánimo de obtener resultados, en los cuales el rendimiento era una herramienta para alcanzar la inmortalidad, por la inspiración de mantener la existencia en los recuerdos, tanto de los seres cercanos, como de la historia misma.
Ese idealismo homérico anteriormente descrito dio paso al clasicismo, con una nueva noción de perfección del cuerpo y espíritu mediante la Ralocagathia, como ideal de la conducta personal, provenientes del Ralós=bello o belleza y el agathós=bueno, que logrará una formación espiritual consciente fundada en “una concepción o visión de conjunto del hombre” (Jaeger,1990).
La belleza física (Ralós) se formaba en el gimnasio con las disciplinas gladiatorias para disputarse en el momento de los juegos panhelénicos; en cambio, el espíritu, la sabiduría y el intelecto (referido al agathós) eran promovidos por el canto, la retórica, la escritura, la música, la danza, el arte, la poesía, entre otros, en esa búsqueda de perfección, que era cultivada por los filósofos teoréticos.
Conviene subrayar que Pierre de Coubertin manifestó que, en el mismo tiempo espléndido de Olimpia, el deporte- las letras y las artes aseguraban la magnanimidad de los propios Juegos Olímpicos clásicos, porque esa educación atlética de la moral y del cuerpo no formaba solamente los músculos, sino también el carácter y la voluntad; en definitiva “producía hombres armónicos” (Durántez, 2009).
Finalmente, el olímpismo de la época clásica tuvo una naturaleza pacificadora. Los juegos panhelénicos tenían alteraciones por la guerra que de manera constante arremetían contra el Peloponeso[3] o Morea y que a causa de esta particularidad, aproximadamente en el año 884 a. de C. el rey Cleóstenes, el legislador Licurgo y el arquero Ifito, en nombre de los territorios limítrofes de Pisa, Esparta y Elida, fijaron el acuerdo o tregua sagrada=Ekecheiria, pregonada o publicada por los Espondóforos o mediadores de paz (como eran conocidos), con el aviso sublime de que los juegos iniciaban; y de manera simultánea todas las acciones producidas por la fuerza armada militar quedaban prohibidas y vetadas proponiendo festivas contiendas de paz. Inclusive, los viajeros junto a los atletas ostentaban inmunidad tanto en la estadía como en los recorridos a sus lugares, en una atmosfera pacifica del territorio de Hélade de la dominación homérica (García et al. 2015), es decir, se tenía una planificación para estos eventos.
La tregua de Ekecheiria generó un hábito de paz duradera y estable, que fue afectado en pocas situaciones de manera insignificante, en comparación con el tiempo histórico y social de duración del antiguo olímpismo, que duró alrededor de 1168 años, y tuvo como pilar el respeto mutuo por el otro (Paleólogos, 1964).
Por otra parte, en la estructura política, social y democrática del antiguo mundo griego, el deporte, y como tal la gimnasia, restringía los derechos civiles para que esta práctica fuera realizada por toda la población. Esta cuestión era tan rigurosa, que los mismos atletas debían comprobar que eran ciudadanos de Grecia y ostentar la calidad de ser hombres libres para poder participar de los juegos.
En efecto, la ganancia obtenida para que el deporte sea un eje de igualdad y democracia fue un logro naciente del siglo XIX y que el barón Coubertin lo retomaría con el denominado olímpismo moderno, que será descrito a en nuestra siguiente Revista Olímpica.
Próxima edición: el Olimpismo moderno.
Referencias
Boulongne, P. (1989). Pierre de Coubertin, Humanisme et pédagogie. Dix leçons sur l’olympisme, Documents du Musée du CIO, Lausanne.
Coubertin, P. (1920). Les femmes aux jeux olumpiques. R.O. julliet, pág 109-111.
…(1912). La victoria del olímpismo. Revue Sportive Ilustrée. Belgique, julio de 1920 en Ideario Olímpico.
Durántez, C. (2009). El movimiento olímpico moderno y su filosofía. Universidad Camilo José Cela. Ed. El Ideario. Academia Olímpica Española
García, J. Morote, J. y Pato, A. (2015). Antecedentes de los valores olímpicos en la Grecia Clásica y su proyección en el olimpismo moderno= Background of the olympic values in Classical Greece and screening in modern olympics. Materiales para la Historia del Deporte, 297-309.
Gorroño, M. (2015). Conrado Durántez Corral: La Academia Olímpica Española y el olimpismo= Conrado Durántez Corral: the Spanish Olympic Academy and olympism. Materiales para la Historia del Deporte, 158-181.
Gual, C. (1992). Los que iban a mirar. Revista de Occidente, (134), 5-20. ISSN 0034-8635
Jaeger, W. (1990). Paideia, los ideales de la cultura griega, Fondo de Cultura Económica, México-Madrid, pp. 263-264.
Guiyama-Massogo, C. (2018). Lugar y función de los atletas olímpicos en la filosofía del barón Pierre de Coubertin. Citius, altius, fortius: humanismo, sociedad y deporte: investigaciones y ensayos, 11(2), 1-8.
…(2015). Sport, santé et développement en République Centrafricaine, Annales de l’Université de Bangui, série A, 11(2), Décembre.
Paleólogos, C. (1964). L´Institution de la trêve dans les jeux olympiques. A.O.I. pág. 62.
Trapero, M. (1979). El campo semántico “deporte”. Santa Cruz de Tenerife. Canarias ISBN 8472314685
Vial, C. (1983). Léxico de antigüedades griegas. Versión castellana de Maurio Armiño, Madrid, pág. 197-198.
Iniciamos una nueva sección en nuestra Revista Olímpica, de COC, edición digital, en la cual reproduciremos artículos que consideramos importantes, publicados en medios de comunicación del mundo. En esta oportunidad compartimos una investigación del diario El Mundo, de Madrid, en la cual un grupo de expertos analiza el dopaje y el estado actual de las investigaciones contra esta lacra.
Ilustración: El Mundo, de Madrid.
Por Ulises Culebro
Publicado en el diario El Mundo, de Madrid, el 27 de febrero de 2022.
El pasado 27 de enero, el Movimiento para un Ciclismo Creíble (MPCC) publicó su informe anual sobre dopaje, donde destacaba que, a lo largo de 2021, no se había registrado ni un solo positivo en la máxima categoría del pelotón. Por primera vez desde 2005, año de creación del World Tour, el número de casos en la elite se reducía a cero. Sin embargo, el MPCC, que agrupa a nueve de los 18 equipos del World Tour, también recordaba que estos datos no habían sido recibidos precisamente con satisfacción por todos los implicados. «Algunos corredores emblemáticos vuelven a hablar de un ciclismo de dos velocidades y la directora general de la Unión Ciclista Internacional (UCI) asegura que los test ya no son suficientes para atrapar a los tramposos», detallaba su escrito. ¿Qué sucede, pues, con el dopaje en el ciclismo? ¿Dónde se esconde ese enemigo invisible, tras décadas de lucha policial, logros y frustraciones? ¿Qué puede esperarse esta primavera en el amanecer de las clásicas?
Peter Hespel, profesor de fisiología y nutrición deportiva en la Universidad de Lovaina suma más de dos décadas en la estructura del equipo Quick-Step. «En primer lugar, no creo en el concepto de ciclismo de dos velocidades. A mi juicio esta es una construcción puramente emocional, que no se basa en los hechos», comienza Hespel. «Desde el caso Festina, en 1998, la penetración del dopaje en el pelotón profesional ha disminuido enormemente. Aunque sería estúpido decir que ha desaparecido por completo, porque probablemente existirá mientras exista el deporte», añade el médico, en conversación con EL MUNDO.
De acuerdo con el MPCC, el ciclismo registró 19 positivos a lo largo de 2021. Tres de ellos correspondían a equipos UCI Pro Team, de la segunda categoría, y cuatro a los Circuitos Continentales UCI, de la tercera división. El resto se dividía en seis para el ciclismo femenino y otros seis en categorías inferiores. De este modo, el pelotón profesional ocuparía el séptimo lugar en el escalafón del dopaje, por detrás de la halterofilia, el atletismo, el tenis, el fútbol, la hípica y el fútbol americano. Cabe aclarar que las cifras del fútbol y el tenis, según este barómetro, se vieron infladas por un incremento exponencial en los casos de corrupción y amaño de partidos.
Amina Lanaya, directora general de la UCI. Foto: UCI.
«Compromiso serio»
«Empeñarse en hablar de ausencia de dopaje en el pelotón es seguir soñando», apunta a este diario el sociólogo Christophe Brissonneau. «El uso de productos legales e ilegales responde a la lógica del deporte de alto nivel y a su máxima citius, altius, fortius. En mi investigación se percibe la lógica de las drogas a lo largo de los últimos años del pasado siglo y esta lógica es aún más fuerte en décadas posteriores, así que ¿por qué los ciclistas ya no deberían recurrir a productos dopantes?», desarrolla el autor de L’épreuve du dopage. Sociologie du cyclisme professionnel (Presses Universitaires de France, 2008), en colaboración con Olivier Aubel y Fabien Ohl. El tono pesimista de Brissonneau, profesor en la Université Paris Descartes, parece haberse cargado de razones en tiempos de pandemia. Según los datos del MPCC, durante los seis primeros meses de 2021 sólo se pudieron realizar 139 controles, en comparación con los 227 en el mismo periodo de 2020 y los 190 de 2019.
«Los test, aparte de ser más difíciles y más costosos, no están detectando lo que deberían detectar. Así que para aumentar la efectividad hay que apuntar hacia las pruebas de sangre seca y la investigación en el dopaje genético», corrobora Silvia Verdugo, autora de Dopaje Deportivo. Análisis Jurídico-Penal y estrategias de prevención (Bosch, 2017). Esta penalista chilena pide un «compromiso serio» frente a la lacra, en la línea del asumido contra la FIFA en 2015, cuando el trabajo entre la Interpol y las policías nacionales permitió destapar la trama corrupta de Joseph Blatter. «En cierto modo, el dopaje tiene un correlato con la delincuencia común: quienes mejor conocen las leyes son quienes te dan el tirón al bolso en plena calle», añade Verdugo, radicada en Sevilla desde hace una década.
De esta vía coercitiva participan, asimismo, las altas instancias ciclistas, apostando por prácticas que no hace tanto se antojaban inasumibles. «Debemos dar un puñetazo sobre la mesa para que los tramposos sientan nuestro aliento continuamente, no sólo con tres o cinco controles al año», aseguró el pasado 10 de enero Amina Lanaya, directora general de la UCI, durante una entrevista con Ouest France. «Debemos infiltrarnos en algunos equipos, pagar a confidentes… Está por ver si esto es jurídicamente viable, pero es la única manera de lograr un efecto disuasorio», anunció la dirigente francesa.
Por supuesto, tan radical propuesta originó todo tipo de reacciones adversas en el microcosmos ciclista. Una de las más concluyentes procedía de la Asociación Internacional de Ciclistas Profesionales (CPA), con su presidente Gianni Bugno al frente. «Los corredores ya se enfrentan a grandes sacrificios, a limitaciones de su libertad y de su intimidad. Así que no son necesarias más estrategias para combatir el dopaje en nuestro deporte, donde esa cultura, en comparación con el pasado, ha cambiado definitivamente», explica a EL MUNDO un portavoz del sindicato mayoritario.
Como apoyo a las tesis de la CPA baste recordar que desde 2015 ningún participante del Tour de Francia ha sido cazado en plena carrera con un resultado analítico adverso. Ni siquiera tras los últimos registros, el pasado julio en el seno del Bahrain Victorious de Mikel Landa y Pello Bilbao, o durante la edición de 2020, en el Arkea-Samsic, de Nairo Quintana. Las últimas estrellas sorprendidas in fraganti fueron Frank Schleck, positivo por un diurético en el Tour 2012 que le supuso tan sólo un año de suspensión y Chris Froome, positivo por salbutamol en la Vuelta 2017 y posteriormente absuelto por la UCI, pese a los intentos de ASO, empresa organizadora del Tour, para que no disputase la Grande Boucle de 2018.
«No debemos ser ingenuos: que no haya positivos no significa que no exista dopaje», recalca Mikel Zabala, una de las voces de referencia en nuestro país, donde compatibiliza sus cargos de seleccionador de mountain bike y ruta sub-23, con el de profesor titular en el Departamento de Educación Física y Deportiva de la Universidad de Granada. «Aunque tampoco podemos irnos al otro extremo. Y esa solución de pagar al chivato, una expresión propia de la mafia, me parece kafkiana. O Lanaya no sabe dónde está o hace propaganda con este tema», sostiene Zabala, en conversación con este diario. «La mayoría de ciclistas, según hemos constatado en varios estudios, piden controles, porque quieren que los demás vayan en sus mismas condiciones. Yo mismo he escuchado a cracks de este deporte decir: ‘Como alguno haga el gilipollas, le molemos a palos’. Cuando se juega con el pan de todo el staff es cuando la gente se aprieta el cinturón, sin necesidad de pagar a ningún chivato», garantiza.
Foto: Ciclo 21.
Críticas a la AESPED
Preguntado por la voz de alarma lanzada por David Lappartient, director de la UCI, que apunta a «rumores sobre nuevas técnicas dopantes», Zabala prefiere ampliar el foco. «Necesitamos controles certeros, no sólo en competición, sino a dedo, dirigidos a rendimientos difíciles de explicar. Por eso necesitamos personal con conocimiento técnico, para que los test sean más efectivos», prosigue, sin miedo al reproche contra la Agencia Estatal Antidopaje. «Desde que la AESPD tomó las riendas se hacen menos test, sin saber los criterios que se utilizan y sin tener en cuenta a las federaciones», subraya.
Conviene recordar que desde hace unos años, la UCI no sólo exige unos avales financieros a los equipos WorldTour, sino otras garantías desde el punto de vista técnico. Quizá la más relevante sea la prohibición a que un médico intervenga en nada relativo a los entrenamientos. Por eso, para luchar contra el abyecto recuerdo de Eufemiano Fuentes, Michele Ferrari o Bernard Sainz, Hespel retoma la palabra: «comparto la idea de un ciclismo de dos velocidades siempre y cuando haga referencia a esos equipos que han invertido más que otros, a la hora de crear un entorno estimulante para rendir al máximo nivel posible, con innovaciones mecánicas o aerodinámicas, con la psicología deportiva y el apoyo de última generación a nivel médico, fisiológico o nutricional. Si tal afirmación se refiere al dopaje, entonces estoy totalmente en desacuerdo. Y a quien sostenga lo contrario, le invito amablemente a respaldar sus palabras con hechos», reitera el doctor del líder del ránking de la UCI en 2019 y 2021.
El historial de Hespel, no obstante, se vio enturbiado por los excesos con la EPO de Johan Museeuw, campeón del mundo en 1996 y triple ganador del Tour de Flandes y la París Roubaix. A este escándalo, el Quick Step debió sumar en 2011 las irregularidades en el pasaporte biológico de Carlos Barredo, que le obligaron a dejar la bicicleta con sólo 31 años, o el positivo por cocaína de Tom Boonen, que el gran tirano de Roubaix siempre achacó a un uso recreativo. Hoy, más de una década después, Barredo ejerce como mánager en el Eolo Kometa, el conjunto creado por Alberto Contador. Y este ejemplo dista mucho de considerarse como un caso aislado.
En los Juegos Olímpicos de Invierno, de 1964, el italiano Eugenio Monti tuvo un gesto de respeto y espíritu deportivo, que llevó al Comité Olímpico Internacional a crear la Medalla Pierre de Coubertin, en honor al “Juego Limpio”.
Eugenio Monti.
Lo ocurrido con la portera del San Luis, en México, la semana pasada, cuando se lesionó y su percance fue aprovechado por el equipo rival, para anotar un gol nos permite recordar un suceso ocurrido en los Juegos Olímpicos de Invierno, celebrados en Innsbruck, Austria, en 1964, protagonizado por el italiano Eugenio Monti, especialista en bobsleich, una prueba contra reloj sobre nieve.
Monti terminó su actuación con un tiempo record, casi imposible de superar por sus rivales.
Todos celebraban la medalla de oro. Todos, menos Monti, quien permanecía sereno y callado a un costado de la meta, mientras pasaban los competidores que aún faltaban.
Sólo quedaba el inglés Tony Nash, quien podía ganar la competencia.
De pronto los periodistas que cubrían la carrera informaron que Nash había sufrido un desperfecto mecánico, porque una de las piezas de su vehículo se había roto.
Entonces Monti se retiró del grupo que lo felicitaba, caminó hacia su bob, sacó la pieza que se le había dañado a su rival y se la hizo llegar.
Tony Nash y su compañero arreglaron el vehículo, continuaron la marcha y terminaron con mejor tiempo que Monti, para adjudicarse la medalla de oro.
Nash era el campeón olímpico, pero Monti se convertiría en ese momento en símbolo mundial del “Fair Play” o “Juego Limpio”.
En 1965, el Comité Olímpico Internacional creó la medalla Pierre de Coubertin al Juego limpio, y se la entregó a Eugenio Monti, por ese gesto de 1964. Eugenio Monti volvió a los Juegos Olímpicos, en cuatro años después, y ganó la medalla de oro en esta competencia.
A partir de entonces, el COI entrega regularmente el premio al “Fair Play” a atletas que tienen un gesto de lealtad, como el de Monti, y que iremos recordando en las siguientes ediciones de la REVISTA OLÍMPICA Digital, del Comité Olímpico Colombiano.
El interés universal debe privilegiarse y fortalecerse con el estar ahí, de aquellos que se sienten parte del interés común, entendiendo el significado profundo de los valores que los guían, legado construido en el presente–futuro, que servirá como base del ejercicio de vida que llegará a las próximas generaciones.
Fabio Alfredo Navarro Pasquali
Filósofo de la Universidad Nacional, Abogado de la Universidad Libre de Colombia, Especialista en Filosofía del Derecho y Teoría Jurídica de la Universidad Libre, Magíster en Historia de la Pontificia Universidad Javeriana.
De los tiempos desiguales.
Se encuentra, siguiendo el texto de José de Siqueiros El principio de responsabilidad de Hans Jonas, la afirmación que la naturaleza de por si no se encontraba bajo protección ni cuidado del ser humano, pues ella cuidaba de sí misma (p. 172) y por lo tanto no se consideraba desde la perspectiva ética, una responsabilidad como ejercicio humano de protección.
En este sentido, vale la pena acercarse a otra consideración, que a la par de la anterior permite trenzar los hilos dispersos del imperativo o los imperativos sobre los cuales se consideraba, con justa razón para las distintas épocas expuestas, debían servir como principios articuladores de una voluntad universal cuyo eje fundamental fuese la razón.
No obstante, los alcances del imperativo moral expuestos para la elaboración del justo camino de la buena voluntad, para lograr el bien común a través de la razón, asumida como guía rectora del obrar bien, en términos universales, surge el imponderable del precario alcance de tan loable intención, en un mundo que no se corresponde en términos de igualdad.
Las diferencias históricas entre los pueblos y los distintos tiempos que acompañan sus costumbres y usos socio–políticos marcan significativas desigualdades, que llevan necesariamente a diferencias en la gestión de su cotidianidad y señalan distintos derroteros, esto es, dificultades para asimilar la universalidad del buen obrar, en particular, decisiones en materia ambiental.
Para Daniel Innerarity, en el texto Un mundo desincronizado, la pretensión de universalidad se desvirtúa por la consideración de los tiempos múltiples que sirven de telón de fondo al quehacer social cotidiano de los distintos pueblos chocando abiertamente con la teoría de los tiempos universales.
“Desde lo doméstico a lo global, las asimetrías temporales permiten explicar buena parte de las hegemonías y los conflictos del mundo contemporáneo.” (Innerarity, 2008. p. 5)
Si bien, la buena voluntad de Enmanuel Kant y Hans Jonas, cada uno desde su horizonte filosófico, al intentar establecer las condiciones de existencia fundadas en imperativos morales que tuvieran la virtud de lograr desde la decisión del individuo la vida planteada como universalidad, no resulta posible tal ejercicio, por las propias consideraciones históricas particulares y su correspondiente desigual juego de los tiempos.
Un presente global desincronizado, como advierte Innerarity, lleva a distintos niveles de compromiso frente a problemas reales que afectan las condiciones de vida planetaria en términos ambientales, pues si bien, la afectación resulta universal, las medidas de protección y cuidado no necesariamente alcanzan ese nivel.
Una cita, al parecer aislada, pero pertinente, que llega desde lo profundo del idealismo alemán a través de Rüdiger Safranski citando a Friedrich Schiller en su lección inaugural en Jena, puede acercar la pretensión de claridad al respecto de la humana universalidad:
“Tiene que encenderse en nosotros una aspiración noble por la que, aceptando el rico legado de verdad, moralidad y libertad que hemos recibido de nuestros antepasados, lo entreguemos aumentado a las generaciones futuras. Con nuestros propios medios hemos de hacer una aportación a este legado, a fin de que nuestra existencia fugitiva, adquiera firmeza a través de la cadena imperecedera de todas las generaciones humanas.” (Safranski, 2011. p. 310)
Aproximación a una conclusión.
Pero ¿Qué escenarios son propicios para desarrollar lineamientos que permitan alcanzar el desarrollo de una ley universal en sentido Kantiano y la permanencia de una vida humana autentica en términos de Jonas?
En teoría, en todo tipo de relación entre seres humanos se hace necesario conciliar intereses, en escenarios que a lo largo del acontecer de los pueblos conciten voluntades que desde las propias expectativas permitan la aceptación del resultado en función de la universalidad, aunque no necesariamente el interés particular resulte impuesto.
El interés universal debe privilegiarse y fortalecerse con el estar ahí, de aquellos que se sienten parte del interés común, entendiendo el significado profundo de los valores que los guían, legado construido en el presente–futuro, que servirá como base del ejercicio de vida que llegará a las próximas generaciones.
Un árbol, un bosque, centenares de miles de abejas, mariposas amarillas para regocijo de personajes macondianos y de su ilustre narrador, cardúmenes de peces en ríos y cañadas o la brisa mañanera en cualquier montaña de permanentes nieves, entre otras tantas manifestaciones de vida deben ser parte de ese legado intergeneracional universal protegido.
Y qué decir de la educación o de la ilustración en términos de Kant, para abandonar la minoría de edad de la razón,de generaciones enteras cuyo legado será el del triste olvido y un trasegar planetario sin sentido.
Por último, en términos de universalidad, como razón fundamental del quehacer humano, con la firme decisión de mirar a los ojos de las generaciones por llegar es menester dejarles como legado la sonrisa victoriosa de los hechos cumplidos sobre las pistas en duras competencias con otros seres humanos, que igual soñaron, pero respetaron resultados, como también se hizo cuando al final de la jornada un nudo se atraviesa en la garganta. Deporte como quehacer y legado universal.
Bibliografía
De Siqueira, J. E. (2009;3 (2).p.175). El principio responsabilidad de Hans Jonas. Bioethikos. Centro Universitário Sao Camilo, 171 – 193. Obtenido de https://www.saocamilo-sp.br.
Kant, M. (2003. p. 28). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Crítica de la razón práctica. La paz perpetua. Mexico: Porrúa, S.A.
Innerarity, D. (2008. p. 5). Un mundo desincronizado. Bilbao: Cátedra de estudios internacionales Nazioarteko ikasketen Katedra .
Safranski, R. (2011. p. 310). Schiller o la invención del idealismo alemán. Barcelona: Tusquest Editores, S.A.
La invasión rusa a Ucrania ha puesto en la cuerda floja a los movimientos olímpico y paralímpico. Quienes creemos en los valores y principios del olimpismo esperamos que las decisiones que se tomen sean coherentes y acertadas, en la garantía que debe darse a todos los atletas del mundo de participar y competir sin “ningún tipo de discriminación, ya sea por raza, color, sexo, orientación sexual, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, riqueza, nacimiento u otra condición”, como dice la Carta Olímpica.
Foto: Sporting News.
Por Guillermo González López
Presidente de la Academia Olímpica Colombiana.
Que el deporte debe ser un constructor de paz es un hecho que reconocemos todos. Que quienes lo administran y practican aplican a veces más y a veces menos esta sentencia es también un lugar común. Algunas disciplinas deportivas, con base en la concepción que sus administradores les han dado a través de sus estructuras y reglamentos suelen ser ejemplo de cordialidad y juego limpio. Otras se ubican exactamente en el polo contrario y su desarrollo se asoma, infortunadamente, a las connotaciones de la violencia y de la guerra.
Hay deportes de deportes. Algunos han llegado al entendimiento de que su práctica no requiere de jueces, por cuanto el juzgamiento debe partir del reconocimiento de lo justo y de lo leal dentro del campo de juego, en el que los rivales deben autogestionar el juego, para que, entre otras, siga siendo juego. Otras disciplinas deportivas no solo requieren de jueces y árbitros altamente calificados, entrenados para afrontar las más altas presiones, sino que deben acudir a tecnologías muy sofisticadas para señalar lo justo, y decidir en consecuencia. Pero van más allá. Requieren, además, estas últimas disciplinas deportivas, que sean las autoridades públicas las que terminen resolviendo conflictos que se tornan violentos y hasta bélicos, en escenarios diferentes al deportivo. Por estos días las gradas de algunos estadios se cubrieron de sangre y muerte.
La historia de los Juegos Olímpicos señala el año 776 a.c. como su inicio en la antigua Grecia. Pasarían aproximadamente diez siglos para que sucediera lo que algunos llaman una “caduta senza rumore”, (caer sin ruido), en la que los Juegos poco a poco fueron perdiendo su importancia. En ese tránsito, un emperador llamado Teodosio II signó su abolición en el rechazo a las expresiones paganas. Los Juegos tuvieron durante sus 1.000 años de existencia, aproximadamente 250 olimpiadas de cuatro años, una particular forma de garantía de realización que llamaron “ekeccheiria”, tregua o deposición de armas en nuestro idioma, que consistió en crear lo que hoy podrían ser “corredores humanitarios”, para garantizar el paso seguro de los atletas desde sus territorios hasta Olimpia, sede de los Juegos, y de regreso después de competir, si habían logrado sobrevivir a las justas olímpicas.
Foto: Eventos en punto, Word Press.
Muchos califican esta operación logística como una altruista expresión de paz. Se demuestra con ella la capacidad que el deporte olímpico tenía y debe tener en la convivencia pacífica entre los pueblos del mundo. El Comité Olímpico Internacional, en 1992 renovó esta tradición llamando a todas las naciones a observar la Tregua. En 1993, la Asamblea General de la ONU pidió a sus Estados Miembros observar la Tregua Olímpica desde el séptimo día antes de la apertura, hasta el séptimo día después de la clausura de cada versión de Juegos Olímpicos. Cada ciudad sede de los Juegos Olímpicos modernos, incluidos los de invierno, debe refrendar dos años antes, en la Asamblea General, su compromiso con la Tregua, garantizando el paso de los atletas siete días antes y siete días después de las competencias.
El movimiento olímpico, conformado fundamentalmente por el Comité Olímpico Internacional, las federaciones internacionales y los comités olímpicos nacionales, tiene como uno de sus objetivos contribuir a un futuro pacífico para la humanidad a través del valor educativo del deporte y, por lo tanto, de la realización de los diferentes Juegos Olímpicos. Es así y no al revés. Los Juegos son el medio, no el fin. Reunir a los atletas del mundo en el mayor evento deportivo internacional, los Juegos Olímpicos, según se manifiesta en los Principios Fundamentales de la Carta Olímpica tiene como objetivo “promover el mantenimiento de la paz, el entendimiento mutuo y la buena voluntad”. En su definición y aplicación comparte estos propósitos con las Naciones Unidas, que, por su parte, coopera cada vez más con el Comité Olímpico Internacional. Desde antes los Juegos Olímpicos de Tokio, en 2006 y posteriormente cada dos años antes de cada versión de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, la Asamblea General recibe el compromiso de cada ciudad sede y la renueva mediante resolución.
Antonio Guterrez, Secretario General de la ONU.
Antonio Guterrez, Secretario General de la ONU, llamó a la observancia de la Tregua Olímpica para los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno de 2022, en Beijing:
“En unos días, nuestra familia humana se reunirá en Beijing para los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno. Los mejores atletas de todo el mundo tienen una cita con la historia, en un espíritu de comprensión mutua, trabajo duro y juego limpio. Este espíritu nos inspira a todos. La Tregua Olímpica pide a todas las partes que detengan las hostilidades durante el transcurso de los juegos. Con la expansión del conflicto y el aumento de las tensiones, este llamamiento representa una oportunidad para superar las diferencias y encontrar caminos hacia una paz duradera. Mientras nos esforzamos por poner fin a la pandemia de COVID-19, unámonos por un futuro más seguro, más próspero y sostenible para todos. Hago un llamado a todos a observar la Tregua Olímpica, durante los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno de 2022. A través del poder del deporte y del ideal olímpico, construyamos una cultura de paz.”
Y así, confiados en el compromiso de la Tregua, esperábamos unos Juegos en los que la anunciada invasión rusa a Ucrania no ocurriera en medio de la cita olímpica. The New York Times dio cuenta de un reporte de inteligencia en el que China pidió a Rusia posponer la invasión de Ucrania hasta después de los Juegos Olímpicos de Pekín, muy en línea con lo que representa la tregua, lo que fue aceptado por Vladimir Putin. ¿Pero, no fue entonces la tregua la mejor prueba de la existencia de la guerra? En efecto, no puede existir tregua sin una guerra en desarrollo. La aceptación rusa a la petición era algo así como la confirmación de la invasión y del conflicto. Así, puede aceptarse la teoría de otros en el sentido de que la “ekeccheiria”, griega era solo una expresión logística para la realización de los antiguos juegos distante de una supuesta e inexistente aspiración de paz. La guerra era lo permanente, lo aceptado y el recurso solo se asumía como necesario para la competencia olímpica.
Foto: gruposaedal.com.
Los rusos aceptaron la petición china y esperaron. Pero olvidaron o desconocieron que la resolución de las Naciones Unidas señala que la tregua incluye siete días después del final de los Juegos, en este caso de los Juegos Paralímpicos, los que tienen siempre lugar diez días después de la terminación de los Olímpicos y con ese olvido violaron la tregua olímpica. La invasión ocurrió cuando ya los atletas paralímpicos se disponían a iniciar sus competencias. Entre ellos los atletas rusos y bielorrusos, a quienes se les había permitido participar como neutrales, sin representar a su país, sin usar sus divisas, y aceptando el himno y la bandera paralímpica cuando llegaran al podio. Así se condenaba y castigaba a quienes violaron la Tregua y no a los atletas, ajenos a la invasión. Se daba cumplimiento a los preceptos olímpicos de inclusión y reconciliación entre los pueblos.
Posteriormente, en forma sorpresiva y ante las vehementes exigencias de un “abrumador número de miembros” se les negó la participación a los atletas de Rusia y Bielorrusia. Debieron regresar a sus países sin haber competido y compartido con los demás atletas del mundo, como lo señala la Carta Olímpica en sus más altas aspiraciones. Adiós a los sueños de victoria y de preseas. Al cesto los muchos días, meses y años de preparación. Pagaron con dolor y tristeza la culpa de sus gobernantes. No les fue útil la tan mentada figura de la tregua, a la postre ignorada y violentada por tercera ocasión y por quienes tanto la predicaron. El llamado de Guterrez, desde la ONU, no aplicó para ellos. Con suspicacia alguien afirmó que algunos de los que conformaron el “abrumador número de miembros”, se vieron beneficiados ganando medallas que hubiesen obtenido con seguridad los atletas marginados.
Foto: deportesparalímpicos.com.
El deporte, y muy especialmente el deporte olímpico, ese que regula y administra el Comité Olímpico Internacional y, en general, el Movimiento Olímpico está ante un reto fenomenal. Por extensión, también lo está el Comité Paralímpico Internacional. Los que estamos en ése movimiento, los que creemos en los valores y principios del olimpismo esperamos que las decisiones que se tomen sean coherentes y acertadas, en el objetivo de “favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica” y en la garantía que debe darse a todos los atletas del mundo de participar y competir sin “ningún tipo de discriminación, ya sea por raza, color, sexo, orientación sexual, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, riqueza, nacimiento u otra condición”.
La sociedad pacífica a la que aspiramos en el olimpismo debe ser fortalecida por las difíciles decisiones que, en medio del conflicto de Ucrania, debe tomar el Movimiento Olímpico, en relación con los atletas rusos.