Iniciamos una nueva sección en nuestra Revista Olímpica, de COC, edición digital, en la cual reproduciremos artículos que consideramos importantes, publicados en medios de comunicación del mundo. En esta oportunidad compartimos una investigación del diario El Mundo, de Madrid, en la cual un grupo de expertos analiza el dopaje y el estado actual de las investigaciones contra esta lacra.

Por Ulises Culebro
Publicado en el diario El Mundo, de Madrid, el 27 de febrero de 2022.
El pasado 27 de enero, el Movimiento para un Ciclismo Creíble (MPCC) publicó su informe anual sobre dopaje, donde destacaba que, a lo largo de 2021, no se había registrado ni un solo positivo en la máxima categoría del pelotón. Por primera vez desde 2005, año de creación del World Tour, el número de casos en la elite se reducía a cero. Sin embargo, el MPCC, que agrupa a nueve de los 18 equipos del World Tour, también recordaba que estos datos no habían sido recibidos precisamente con satisfacción por todos los implicados. «Algunos corredores emblemáticos vuelven a hablar de un ciclismo de dos velocidades y la directora general de la Unión Ciclista Internacional (UCI) asegura que los test ya no son suficientes para atrapar a los tramposos», detallaba su escrito. ¿Qué sucede, pues, con el dopaje en el ciclismo? ¿Dónde se esconde ese enemigo invisible, tras décadas de lucha policial, logros y frustraciones? ¿Qué puede esperarse esta primavera en el amanecer de las clásicas?
Peter Hespel, profesor de fisiología y nutrición deportiva en la Universidad de Lovaina suma más de dos décadas en la estructura del equipo Quick-Step. «En primer lugar, no creo en el concepto de ciclismo de dos velocidades. A mi juicio esta es una construcción puramente emocional, que no se basa en los hechos», comienza Hespel. «Desde el caso Festina, en 1998, la penetración del dopaje en el pelotón profesional ha disminuido enormemente. Aunque sería estúpido decir que ha desaparecido por completo, porque probablemente existirá mientras exista el deporte», añade el médico, en conversación con EL MUNDO.
De acuerdo con el MPCC, el ciclismo registró 19 positivos a lo largo de 2021. Tres de ellos correspondían a equipos UCI Pro Team, de la segunda categoría, y cuatro a los Circuitos Continentales UCI, de la tercera división. El resto se dividía en seis para el ciclismo femenino y otros seis en categorías inferiores. De este modo, el pelotón profesional ocuparía el séptimo lugar en el escalafón del dopaje, por detrás de la halterofilia, el atletismo, el tenis, el fútbol, la hípica y el fútbol americano. Cabe aclarar que las cifras del fútbol y el tenis, según este barómetro, se vieron infladas por un incremento exponencial en los casos de corrupción y amaño de partidos.

«Compromiso serio»
«Empeñarse en hablar de ausencia de dopaje en el pelotón es seguir soñando», apunta a este diario el sociólogo Christophe Brissonneau. «El uso de productos legales e ilegales responde a la lógica del deporte de alto nivel y a su máxima citius, altius, fortius. En mi investigación se percibe la lógica de las drogas a lo largo de los últimos años del pasado siglo y esta lógica es aún más fuerte en décadas posteriores, así que ¿por qué los ciclistas ya no deberían recurrir a productos dopantes?», desarrolla el autor de L’épreuve du dopage. Sociologie du cyclisme professionnel (Presses Universitaires de France, 2008), en colaboración con Olivier Aubel y Fabien Ohl. El tono pesimista de Brissonneau, profesor en la Université Paris Descartes, parece haberse cargado de razones en tiempos de pandemia. Según los datos del MPCC, durante los seis primeros meses de 2021 sólo se pudieron realizar 139 controles, en comparación con los 227 en el mismo periodo de 2020 y los 190 de 2019.
«Los test, aparte de ser más difíciles y más costosos, no están detectando lo que deberían detectar. Así que para aumentar la efectividad hay que apuntar hacia las pruebas de sangre seca y la investigación en el dopaje genético», corrobora Silvia Verdugo, autora de Dopaje Deportivo. Análisis Jurídico-Penal y estrategias de prevención (Bosch, 2017). Esta penalista chilena pide un «compromiso serio» frente a la lacra, en la línea del asumido contra la FIFA en 2015, cuando el trabajo entre la Interpol y las policías nacionales permitió destapar la trama corrupta de Joseph Blatter. «En cierto modo, el dopaje tiene un correlato con la delincuencia común: quienes mejor conocen las leyes son quienes te dan el tirón al bolso en plena calle», añade Verdugo, radicada en Sevilla desde hace una década.
De esta vía coercitiva participan, asimismo, las altas instancias ciclistas, apostando por prácticas que no hace tanto se antojaban inasumibles. «Debemos dar un puñetazo sobre la mesa para que los tramposos sientan nuestro aliento continuamente, no sólo con tres o cinco controles al año», aseguró el pasado 10 de enero Amina Lanaya, directora general de la UCI, durante una entrevista con Ouest France. «Debemos infiltrarnos en algunos equipos, pagar a confidentes… Está por ver si esto es jurídicamente viable, pero es la única manera de lograr un efecto disuasorio», anunció la dirigente francesa.
Por supuesto, tan radical propuesta originó todo tipo de reacciones adversas en el microcosmos ciclista. Una de las más concluyentes procedía de la Asociación Internacional de Ciclistas Profesionales (CPA), con su presidente Gianni Bugno al frente. «Los corredores ya se enfrentan a grandes sacrificios, a limitaciones de su libertad y de su intimidad. Así que no son necesarias más estrategias para combatir el dopaje en nuestro deporte, donde esa cultura, en comparación con el pasado, ha cambiado definitivamente», explica a EL MUNDO un portavoz del sindicato mayoritario.
Como apoyo a las tesis de la CPA baste recordar que desde 2015 ningún participante del Tour de Francia ha sido cazado en plena carrera con un resultado analítico adverso. Ni siquiera tras los últimos registros, el pasado julio en el seno del Bahrain Victorious de Mikel Landa y Pello Bilbao, o durante la edición de 2020, en el Arkea-Samsic, de Nairo Quintana. Las últimas estrellas sorprendidas in fraganti fueron Frank Schleck, positivo por un diurético en el Tour 2012 que le supuso tan sólo un año de suspensión y Chris Froome, positivo por salbutamol en la Vuelta 2017 y posteriormente absuelto por la UCI, pese a los intentos de ASO, empresa organizadora del Tour, para que no disputase la Grande Boucle de 2018.
«No debemos ser ingenuos: que no haya positivos no significa que no exista dopaje», recalca Mikel Zabala, una de las voces de referencia en nuestro país, donde compatibiliza sus cargos de seleccionador de mountain bike y ruta sub-23, con el de profesor titular en el Departamento de Educación Física y Deportiva de la Universidad de Granada. «Aunque tampoco podemos irnos al otro extremo. Y esa solución de pagar al chivato, una expresión propia de la mafia, me parece kafkiana. O Lanaya no sabe dónde está o hace propaganda con este tema», sostiene Zabala, en conversación con este diario. «La mayoría de ciclistas, según hemos constatado en varios estudios, piden controles, porque quieren que los demás vayan en sus mismas condiciones. Yo mismo he escuchado a cracks de este deporte decir: ‘Como alguno haga el gilipollas, le molemos a palos’. Cuando se juega con el pan de todo el staff es cuando la gente se aprieta el cinturón, sin necesidad de pagar a ningún chivato», garantiza.

Críticas a la AESPED
Preguntado por la voz de alarma lanzada por David Lappartient, director de la UCI, que apunta a «rumores sobre nuevas técnicas dopantes», Zabala prefiere ampliar el foco. «Necesitamos controles certeros, no sólo en competición, sino a dedo, dirigidos a rendimientos difíciles de explicar. Por eso necesitamos personal con conocimiento técnico, para que los test sean más efectivos», prosigue, sin miedo al reproche contra la Agencia Estatal Antidopaje. «Desde que la AESPD tomó las riendas se hacen menos test, sin saber los criterios que se utilizan y sin tener en cuenta a las federaciones», subraya.
Conviene recordar que desde hace unos años, la UCI no sólo exige unos avales financieros a los equipos WorldTour, sino otras garantías desde el punto de vista técnico. Quizá la más relevante sea la prohibición a que un médico intervenga en nada relativo a los entrenamientos. Por eso, para luchar contra el abyecto recuerdo de Eufemiano Fuentes, Michele Ferrari o Bernard Sainz, Hespel retoma la palabra: «comparto la idea de un ciclismo de dos velocidades siempre y cuando haga referencia a esos equipos que han invertido más que otros, a la hora de crear un entorno estimulante para rendir al máximo nivel posible, con innovaciones mecánicas o aerodinámicas, con la psicología deportiva y el apoyo de última generación a nivel médico, fisiológico o nutricional. Si tal afirmación se refiere al dopaje, entonces estoy totalmente en desacuerdo. Y a quien sostenga lo contrario, le invito amablemente a respaldar sus palabras con hechos», reitera el doctor del líder del ránking de la UCI en 2019 y 2021.
El historial de Hespel, no obstante, se vio enturbiado por los excesos con la EPO de Johan Museeuw, campeón del mundo en 1996 y triple ganador del Tour de Flandes y la París Roubaix. A este escándalo, el Quick Step debió sumar en 2011 las irregularidades en el pasaporte biológico de Carlos Barredo, que le obligaron a dejar la bicicleta con sólo 31 años, o el positivo por cocaína de Tom Boonen, que el gran tirano de Roubaix siempre achacó a un uso recreativo. Hoy, más de una década después, Barredo ejerce como mánager en el Eolo Kometa, el conjunto creado por Alberto Contador. Y este ejemplo dista mucho de considerarse como un caso aislado.
Próxima edición: Los nuevos métodos de dopaje.