La invasión rusa a Ucrania ha puesto en la cuerda floja a los movimientos olímpico y paralímpico. Quienes creemos en los valores y principios del olimpismo esperamos que las decisiones que se tomen sean coherentes y acertadas, en la garantía que debe darse a todos los atletas del mundo de participar y competir sin “ningún tipo de discriminación, ya sea por raza, color, sexo, orientación sexual, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, riqueza, nacimiento u otra condición”, como dice la Carta Olímpica.

Por Guillermo González López
Presidente de la Academia Olímpica Colombiana.
Que el deporte debe ser un constructor de paz es un hecho que reconocemos todos. Que quienes lo administran y practican aplican a veces más y a veces menos esta sentencia es también un lugar común. Algunas disciplinas deportivas, con base en la concepción que sus administradores les han dado a través de sus estructuras y reglamentos suelen ser ejemplo de cordialidad y juego limpio. Otras se ubican exactamente en el polo contrario y su desarrollo se asoma, infortunadamente, a las connotaciones de la violencia y de la guerra.
Hay deportes de deportes. Algunos han llegado al entendimiento de que su práctica no requiere de jueces, por cuanto el juzgamiento debe partir del reconocimiento de lo justo y de lo leal dentro del campo de juego, en el que los rivales deben autogestionar el juego, para que, entre otras, siga siendo juego. Otras disciplinas deportivas no solo requieren de jueces y árbitros altamente calificados, entrenados para afrontar las más altas presiones, sino que deben acudir a tecnologías muy sofisticadas para señalar lo justo, y decidir en consecuencia. Pero van más allá. Requieren, además, estas últimas disciplinas deportivas, que sean las autoridades públicas las que terminen resolviendo conflictos que se tornan violentos y hasta bélicos, en escenarios diferentes al deportivo. Por estos días las gradas de algunos estadios se cubrieron de sangre y muerte.
La historia de los Juegos Olímpicos señala el año 776 a.c. como su inicio en la antigua Grecia. Pasarían aproximadamente diez siglos para que sucediera lo que algunos llaman una “caduta senza rumore”, (caer sin ruido), en la que los Juegos poco a poco fueron perdiendo su importancia. En ese tránsito, un emperador llamado Teodosio II signó su abolición en el rechazo a las expresiones paganas. Los Juegos tuvieron durante sus 1.000 años de existencia, aproximadamente 250 olimpiadas de cuatro años, una particular forma de garantía de realización que llamaron “ekeccheiria”, tregua o deposición de armas en nuestro idioma, que consistió en crear lo que hoy podrían ser “corredores humanitarios”, para garantizar el paso seguro de los atletas desde sus territorios hasta Olimpia, sede de los Juegos, y de regreso después de competir, si habían logrado sobrevivir a las justas olímpicas.

Muchos califican esta operación logística como una altruista expresión de paz. Se demuestra con ella la capacidad que el deporte olímpico tenía y debe tener en la convivencia pacífica entre los pueblos del mundo. El Comité Olímpico Internacional, en 1992 renovó esta tradición llamando a todas las naciones a observar la Tregua. En 1993, la Asamblea General de la ONU pidió a sus Estados Miembros observar la Tregua Olímpica desde el séptimo día antes de la apertura, hasta el séptimo día después de la clausura de cada versión de Juegos Olímpicos. Cada ciudad sede de los Juegos Olímpicos modernos, incluidos los de invierno, debe refrendar dos años antes, en la Asamblea General, su compromiso con la Tregua, garantizando el paso de los atletas siete días antes y siete días después de las competencias.
El movimiento olímpico, conformado fundamentalmente por el Comité Olímpico Internacional, las federaciones internacionales y los comités olímpicos nacionales, tiene como uno de sus objetivos contribuir a un futuro pacífico para la humanidad a través del valor educativo del deporte y, por lo tanto, de la realización de los diferentes Juegos Olímpicos. Es así y no al revés. Los Juegos son el medio, no el fin. Reunir a los atletas del mundo en el mayor evento deportivo internacional, los Juegos Olímpicos, según se manifiesta en los Principios Fundamentales de la Carta Olímpica tiene como objetivo “promover el mantenimiento de la paz, el entendimiento mutuo y la buena voluntad”. En su definición y aplicación comparte estos propósitos con las Naciones Unidas, que, por su parte, coopera cada vez más con el Comité Olímpico Internacional. Desde antes los Juegos Olímpicos de Tokio, en 2006 y posteriormente cada dos años antes de cada versión de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, la Asamblea General recibe el compromiso de cada ciudad sede y la renueva mediante resolución.

Antonio Guterrez, Secretario General de la ONU, llamó a la observancia de la Tregua Olímpica para los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno de 2022, en Beijing:
“En unos días, nuestra familia humana se reunirá en Beijing para los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno. Los mejores atletas de todo el mundo tienen una cita con la historia, en un espíritu de comprensión mutua, trabajo duro y juego limpio. Este espíritu nos inspira a todos. La Tregua Olímpica pide a todas las partes que detengan las hostilidades durante el transcurso de los juegos. Con la expansión del conflicto y el aumento de las tensiones, este llamamiento representa una oportunidad para superar las diferencias y encontrar caminos hacia una paz duradera. Mientras nos esforzamos por poner fin a la pandemia de COVID-19, unámonos por un futuro más seguro, más próspero y sostenible para todos. Hago un llamado a todos a observar la Tregua Olímpica, durante los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno de 2022. A través del poder del deporte y del ideal olímpico, construyamos una cultura de paz.”
Y así, confiados en el compromiso de la Tregua, esperábamos unos Juegos en los que la anunciada invasión rusa a Ucrania no ocurriera en medio de la cita olímpica. The New York Times dio cuenta de un reporte de inteligencia en el que China pidió a Rusia posponer la invasión de Ucrania hasta después de los Juegos Olímpicos de Pekín, muy en línea con lo que representa la tregua, lo que fue aceptado por Vladimir Putin. ¿Pero, no fue entonces la tregua la mejor prueba de la existencia de la guerra? En efecto, no puede existir tregua sin una guerra en desarrollo. La aceptación rusa a la petición era algo así como la confirmación de la invasión y del conflicto. Así, puede aceptarse la teoría de otros en el sentido de que la “ekeccheiria”, griega era solo una expresión logística para la realización de los antiguos juegos distante de una supuesta e inexistente aspiración de paz. La guerra era lo permanente, lo aceptado y el recurso solo se asumía como necesario para la competencia olímpica.

Los rusos aceptaron la petición china y esperaron. Pero olvidaron o desconocieron que la resolución de las Naciones Unidas señala que la tregua incluye siete días después del final de los Juegos, en este caso de los Juegos Paralímpicos, los que tienen siempre lugar diez días después de la terminación de los Olímpicos y con ese olvido violaron la tregua olímpica. La invasión ocurrió cuando ya los atletas paralímpicos se disponían a iniciar sus competencias. Entre ellos los atletas rusos y bielorrusos, a quienes se les había permitido participar como neutrales, sin representar a su país, sin usar sus divisas, y aceptando el himno y la bandera paralímpica cuando llegaran al podio. Así se condenaba y castigaba a quienes violaron la Tregua y no a los atletas, ajenos a la invasión. Se daba cumplimiento a los preceptos olímpicos de inclusión y reconciliación entre los pueblos.
Posteriormente, en forma sorpresiva y ante las vehementes exigencias de un “abrumador número de miembros” se les negó la participación a los atletas de Rusia y Bielorrusia. Debieron regresar a sus países sin haber competido y compartido con los demás atletas del mundo, como lo señala la Carta Olímpica en sus más altas aspiraciones. Adiós a los sueños de victoria y de preseas. Al cesto los muchos días, meses y años de preparación. Pagaron con dolor y tristeza la culpa de sus gobernantes. No les fue útil la tan mentada figura de la tregua, a la postre ignorada y violentada por tercera ocasión y por quienes tanto la predicaron. El llamado de Guterrez, desde la ONU, no aplicó para ellos. Con suspicacia alguien afirmó que algunos de los que conformaron el “abrumador número de miembros”, se vieron beneficiados ganando medallas que hubiesen obtenido con seguridad los atletas marginados.

El deporte, y muy especialmente el deporte olímpico, ese que regula y administra el Comité Olímpico Internacional y, en general, el Movimiento Olímpico está ante un reto fenomenal. Por extensión, también lo está el Comité Paralímpico Internacional. Los que estamos en ése movimiento, los que creemos en los valores y principios del olimpismo esperamos que las decisiones que se tomen sean coherentes y acertadas, en el objetivo de “favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica” y en la garantía que debe darse a todos los atletas del mundo de participar y competir sin “ningún tipo de discriminación, ya sea por raza, color, sexo, orientación sexual, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, riqueza, nacimiento u otra condición”.
La sociedad pacífica a la que aspiramos en el olimpismo debe ser fortalecida por las difíciles decisiones que, en medio del conflicto de Ucrania, debe tomar el Movimiento Olímpico, en relación con los atletas rusos.