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Historias. El Atleta Maldito

Historias. El Atleta Maldito

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El samario Zadoc Guardiola fue un excepcional corredor de vallas, tal vez igual o mejor que Jaime Aparicio Rodewalt, el primer campeón panamericano colombiano, en 1951, con quien coincidió en su carrera. Sin embargo, su disipada vida lo malogró como deportista y como persona.

Zadoc Guadiola y Jaime Aparicio. Foto El Espectador.

Por Alberto Galvis Ramírez

Director de la Revista Olímpica del Comité Olímpico Colombiano y secretario de la Academia Olímpica Colombiana.

El mundo conoció la calidad del vallista vallecaucano Jaime Aparicio Rodewalt, primer campeón colombiano de Juegos Panamericanos, en 1951. Y supo también que sus capacidades eran el resultado no de unas condiciones naturales (inclusive era bajo de estatura y con deficiencias técnicas, como atacar la valla con la pierna derecha), sino de la disciplina y el sacrificio de su juventud y de su tiempo de descanso. Fue, sin duda, un modelo de deportista y de ser humano.

Paralelo a su vida ejemplar existió otra, que podría ser considerada su sombra negra: la del samario Zadoc Guardiola, vallista como él, que tenía excepcionales condiciones naturales que, en teoría, lo hacían superior a Aparicio.

Sin embargo, sus historias fueron bien diferentes, porque mientras Aparicio llevaba una vida sana y entregada meticulosamente a sus entrenamientos y participaciones, Guardiola tenía el atletismo en un segundo plano, después de la diversión y del alcohol.

El caso de Guardiola fue un drama durante su fugaz paso por los estadios de Colombia y de América, más de carácter social que deportivo. Extraído de la calle samaria, Guardiola se encontró por accidente con el atletismo, en una de las carreras de los intercambios samario‑barranquilleros, anteriores a 1950.

En 1953, con 20 años de edad, venció en Cali a Jaime Aparicio, cuando este se encontraba en la cima de su carrera y ostentaba el título de campeón panamericano y uno de los mejores corredores de 400 con vallas del mundo.

Ese fue el primer golpe de alerta que dio este superdotado del atletismo, quien, sin embargo, no podía separar el deporte del vicio que lo persiguió hasta la muerte, el licor, ni siquiera en la víspera de las competencias.

Precisamente una de las más importantes victorias sobre Jaime Aparicio la logró Calilla -que fue su primer su apodo- a pesar de los efectos de un señor guayabo.

Cuando Guardiola ganó la primera competencia nacional, a los 20 años, era viejo para el atletismo, no por edad, sino por el tiempo perdido en los oficios insanos. Tenía los resabios normales de todo muchacho formado sin educación y sin noción técnica alguna en el deporte.

“El caso de Guardiola tiene una palpitante actualidad. Nació con dotes excepcionales, de talla mundial. Pero es triste saber que el Estado colombiano lo condujo, por su abandono, al fracaso total como deportista y como persona”, dijo el técnico Carlos Ávila, en julio de 1980, poco después del fallecimiento de Guardiola, bautizado también como El atleta maldito, por su vida disipada.

La más positiva semblanza relámpago de este hombre la dio Campo Elías Gutiérrez, uno de los cinco atletas pioneros de Colombia en los Juegos Olímpicos (los de Berlín, en 1936), y padre de una generación de atletas y también del beisbolista Joaquín Gutiérrez: “Es lo más grande que ha dado Colombia. No exagero si digo que Owens podría haber sido inferior en sus cualidades naturales”.

Guardiola fue un inestable emocional. Uno de sus últimos empleos lo ejerció en Cali, al final de su carrera, llevado por su más acérrimo rival deportivo, Jaime Aparicio, en ese entonces secretario de Obras Públicas del municipio, quien lo nombró inspector de Parques. De un momento a otro desapareció porque se aburrió, y le hacía falta el mar de Santa Marta.

“Después permaneció una temporada en Medellín, bajo la custodia de Sebastián Popovic, pero tampoco resistió la lejanía de su tierra.

Solitario, o con la única compañía del mar Caribe, murió alcoholizado, el 17 de julio de 1980.

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