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Documentos. Educación Olímpica, de Norbert Müller

Documentos. Educación Olímpica, de Norbert Müller

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Damos apertura a una sección nueva, en la Revista Olímpica Digital, que permitirá compartir importantes documentos sobre el Olimpismo, que servirán para una mejor formación en valores y principios, de los integrantes de la familia del deporte. Comenzamos con los primeros temas del libro Educación Olímpica, del alemán Norbert Müller, profesor emérito en ciencias del deporte en la Johannes Gutenberg Universidad Mainz (JGU) y profesor senior de la Universidad de Kaiserslaute. Este libro fue publicado por el Centro de Estudios Olímpicos, CEO‐UAB, Colección Lecciones Universitarias.

Norbert Müller. Foto: Centro de Estudios Olímpicos.

1. Introducción 

«Educación Olímpica» es un término que apareció por primera vez en la investigación olímpica y la educación deportiva en los años 1970 (Müller, 1975a). “Educación Olímpica” ¿significa el renacimiento de los ideales educativos de la antigua Grecia, o su propósito se limita a dar credibilidad al márquetin de los símbolos olímpicos? La pregunta se debe responder en términos de principios, y la respuesta está fuertemente arraigada a la historia y al concepto del Movimiento Olímpico moderno. Su fundador, el francés Pierre de Coubertin (1863‐1937) se consideraba ante todo un educador, y su primer objetivo fue llevar a cabo una reforma educativa (Müller, 1986a:1‐34). Su propósito, inicialmente restringido a Francia y a las escuelas francesas, era incorporar el deporte moderno en los planes de estudios escolares, e introducir también una educación  deportiva para el cuerpo y la mente. Del deporte moderno en Inglaterra y, especialmente, de los conocimientos adquiridos sobre la educación en la escuela privada de rugby, había aprendido que la fuerza moral de la juventud puede desarrollarse de manera notable con la experiencia individual de la actividad deportiva y de ahí pasar a todos los ámbitos de la vida. Coubertin no utilizó el término “Educación Olímpica”, pero se refirió inicialmente a la “educación deportiva” y, de hecho, así se titulaba el libro que publicó en 1922,  Pédagogie  sportive.  Ya  en  1900,  y  no  únicamente  en  las  escuelas,  había  estado impulsando la idea de facilitar el acceso al deporte, no sólo para los adolescentes, sino también para  la  gente  mayor,  como  una  parte  integrante  recién  descubierta  de  una  educación completa (Coubertin, 1901). 

Pierre de Coubertin. Foto: Centro de Estudios Olímpicos.

2. Educación para la paz, como punto de partida 

Cuando era joven, en 1892, Coubertin tuvo la idea de renovar los antiguos Juegos Olímpicos, y este deseo se hizo realidad en Atenas, en 1896. Si bien sus aspiraciones educativas se habían limitado inicialmente a Francia, el éxito de estos primeros Juegos Olímpicos marcó para Coubertin la internacionalización de sus visiones educativas, donde su principal prioridad era la idea de la paz entre naciones.  

En sus primeros escritos, Coubertin denomina a los encuentros deportivos internacionales “el libre comercio del futuro” (Coubertin, 1892), donde los atletas participantes son considerados “embajadores de la paz” (Coubertin, 1891). Sin embargo, como él mismo reconoció, tenía que ser prudente, y en el momento de fundar el CIO, en 1894, no comentó demasiado estos conceptos, porque no quería ⎯como afirma en un documento que nos ha llegado⎯ pedir demasiado a los deportistas ni asustar a los pacifistas. No obstante, con sus ideas de paz, Coubertin asoció una misión ética que, entonces y ahora, fue central para el Movimiento Olímpico y, si triunfaba, conllevaría una educación política. A principios del siglo XX, Coubertin intentó aportar un internacionalismo, iluminado mediante el cultivo de un nacionalismo no chauvinista. (Quanz, 1995) 

Es precisamente la relación entre nacionalismo y paz internacional –unilateral en esos momentos, porque se consideraba una auténtica contradicción en los términos– la que forma el estimulante carácter distintivo y la fascinación por la paz del Olimpismo. Desde el principio, las visiones de Coubertin fueron compartidas por Naciones Unidas por un entusiasmo por la paz y un internacionalismo, que fijarían un sello ceremonial en sus pacíficas ambiciones. Estas ambiciones fueron influenciadas por su paternal amigo, Jules Simon. Simon fue cofundador de la Unión Interparlamentaria, creada en París, en 1888, y de la Oficina Internacional de la Paz, fundada en 1892 (Quanz, 1995:170‐178). 

Así, los planes de Coubertin se extendieron desde el inicio, más allá de la organización de los Juegos Olímpicos cada cuatro años. Él quería que en el siglo XX la humanidad viviera el deporte como una  interacción armoniosa de habilidades físicas e intelectuales, de manera que, establecido en  un  marco  artístico y estético, el deporte constituyera una  contribución importante a la felicidad humana. Los participantes en los Juegos Olímpicos eran, según Coubertin, los modelos de una generación joven que cambiaba cada cuatro años.

Foto: Politika Ucab.

3. «Religio athletae», como base antropológica 

La pregunta sobre el contenido y el objetivo de una “Educación Olímpica” puede responderse únicamente si tenemos en cuenta el llamamiento que hizo Coubertin a favor de una aplicación contemporánea de la «religio athletae». (Nissiotis, 1987) 

Coubertin recomendaba conocer la filosofía griega y otras filosofías europeas. El retorno a la antigüedad era su punto de partida, si bien con la opción de adaptarla al máximo a la edad moderna. Coubertin era ecléctico: leía un poco de todo, iba a la caza de los temas que le interesaban y así se formó un criterio propio. Emprendió un “diálogo” continuo con los eventos de su época, a partir de los que creó su “ideal Olímpico”. 

Tres aspectos desempeñaron un papel importante en la creación de este ideal: 

1. La época de Coubertin ya no tenía escuelas de filosofía propias. Hegel había sido el último proponente de un sistema filosófico global. Coubertin siguió las ideas de Hegel sobre la aplicación de la filosofía a la vida, las acciones y la moral. 

2. En dicho periodo se impusieron los temas sociales, con las ideas de Karl Marx y la 

Revolución Rusa, de octubre de 1917. Anteriormente, Coubertin ya había absorbido las 

ideas  del  reformador  social  francés  Frédéric  Le  Play  y  del  historiador  inglés  Arnold 

Toynbee.  Coubertin consideraba que se hallaba entre el idealismo y la filosofía social hacia un nuevo realismo, con alusiones románticas, que había desplazado a la filosofía del 

positivismo y se estableció como una “nueva ciencia” dentro de las universidades. 

3. El espíritu del “internacionalismo”, conocido también como “universalismo”, iba de la 

mano  con  el  desarrollo  de  los  medios  de  comunicación,  el  transporte  y  las 

telecomunicaciones.  Las  exposiciones  mundiales  (Paris  1889  y  1900,  St.  Louis  1904) 

contribuyeron a las comparaciones y al intercambio internacional. 

Según Coubertin, este nuevo mundo necesitaba una “filosofía” total de ámbito mundial que pudiera describirse mejor como una “ideología” (Malter, 1969). El fraile dominico Henri Didon, probablemente la persona que ejercía una mayor influencia sobre Coubertin, además de Simon, le introdujo en el espíritu del ecumenismo propagado por su Orden (Müller, 1996a). 

Este fue el origen de la idea de Coubertin sobre el universalismo, al que por transfiguración 

sincrética le dio el nombre de “Olimpismo”. 

Pero el postulado de Coubertin era y siguió siendo la filosofía griega. Él era helenófilo (Müller, 1986b:24‐76). Así, sus ideas no encajaban ni con los aspectos no filosóficos de la antigüedad ni con la filosofía europea moderna. De hecho, para él, la filosofía griega no era una teoría sino la vida misma. 

En una reconstrucción de las ideas de Coubertin, el filósofo religioso griego Nissiotis señala que, según Coubertin, el “punto medio” correcto surgía de una lucha infinita entre los defensores de principios y sus detractores (Nissiotis, 1987). Por tanto, los valores propiamente dichos eran extremos inalcanzables para la mayoría de los filósofos, y lo mismo se aplicaba a los ideales olímpicos. Pero estos ideales se establecieron de todos modos, gracias a un esfuerzo consciente por considerar que se trataba de algo por lo que valía la pena luchar. A partir de este concepto básico, Coubertin desarrolló su “ontología deportiva”. (Nissiotis, 1987:138) 

Sin  embargo,  en  lugar  de  la  palabra  “deporte”,  Coubertin  utiliza  a  menudo  el  término “atletismo”. Él ve el deporte no como algo innato en el hombre, sino más bien ve al atleta persiguiendo el athlos  (combate) griego, el premio concedido después de la competición. Así, el atleta necesitaba instinto, carácter y movimiento. Estas cualidades formaban la esencia del hombre perfecto, el «homme sportif» (Nissiotis, 1987:139). 

En esta versión de la antropología, la fuerza muscular está vinculada a la fuerza de voluntad. En  otras palabras,  el  atleta  debe  hacer  un  sacrificio  conscientemente  y  no  disfrutar simplemente del ejercicio de la fuerza sin pensar. Es el esfuerzo del hombre para ir más allá lo que le convierte en hombre. Según Coubertin, el hombre no es lo que es, sino lo que puede llegar a ser. Si se pudiera definir el hombre, sería su fin, así que siempre debe mirar adelante, para ver lo que le espera. Esta definición es básicamente una contradicción en los términos, puesto que niega la posibilidad de definir al hombre. Pero no es tanto un intento de definición, como un nuevo estilo de “filosofía”, una “explosiva filosofía de la vida” (Nissiotis, 1987:140).

Próxima edición: 4. El Olimpismo de Coubertin, entre la educación y la ideología. 

Esta  obra  ha  sido  publicada  como  parte  del  proyecto  educativo del Centro de Estudios Olímpicos (CEO-UAB), Lecciones universitarias olímpicas, promovido a través de la Cátedra Internacional de Olimpismo (CIO-UAB). El proyecto tiene como objetivo ofrecer acceso en  línea  a  textos  elaborados  a  expertos  internacionales  y  dirigidos  a  estudiantes y profesores universitarios que tratan sobre las principales temáticas relacionadas con los Juegos Olímpicos.

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