Antes del combate con Mimun Ben Alí, en 1963, Bernardo Caraballo quiso rendirle homenaje al presidente de Colombia, quien se hallaba en el ring side. “Esta pelea, dijo, se la dedico al señor Presidente de la República de Colombia, al doctor… al doctor… al doctor”, y se le olvidó el nombre del homenajeado. Agregó: “hombe, al man ese que está ahí…que es el presidente de todos los colombianos”.

Por Fidel Leottau Beleño
Periodista de Visión del Deporte.
El hombre se acaricia su crespa cabellera, casi totalmente blanca, lanza un suspiro y sonríe con nostalgia. Aún alcanza a mostrar la dentadura perfecta que lo distinguió siempre. Sabemos que el tema del boxeo le apasiona. Pero, al mismo tiempo, la melancolía le hace mover algunas fibras. Porque si algo se puede hablar de él, de Bernardo Caraballo, de El Beny, es su pasión innegociable por el deporte que lo invistió de fama y le hizo recorrer el mundo a punta de fintas mágicas y caricias con guantes que noqueaban rivales. Fintas mágicas? ¿Caricias?. Sí. No mal interprete nada. Porque El Beny demostró al mundo que el boxeo es una profesión de artistas. De bailarines con guantes.
Él sabía por qué a ese deporte se le llama el arte de fistiana. Y llenaba al rival de caricias: una a las falsas costillas, otra al hígado, otra al abdomen y una final al mentón. El pincel enguantado variaba la forma de recorrido: uppercuts, ganchos, rectos y swings. Y también variaba la frecuencia: jabs rápidos o lentos, combinación de uno y dos, ripostes rápidos. El adversario caía, pero a pesar de que estaba vencido nunca se le veía triste, era como si acabara de asistir a una exposición de arte, con la única diferencia de que él oficiaba como el lienzo sobre el cual se exponía. El Beny le daba la mano al caído, saludaba al público que lo aclamaba y enseguida abrazaba a sus inseparables Zunilda y Marelvis, su esposa y su hija.
Y buscaba un micrófono de reportero rápidamente para dedicarle el triunfo a su madre Santos Rodríguez, a quien pocos minutos antes del combate, por otro micrófono, le había pedido que encendiera una vela. Era en esos momentos cuando El Beny dejaba ver al buen hijo, al excelente esposo y al padre amoroso. Es decir, al ser humano que habita bajo la piel de gladiador. Al hombre de quien se habló más de lo que se sabía.
El hombre detrás del gladiador
La presencia de su esposa Zunilda y de su hija Marelvis, así como la evocación permanente de su madre, manifiestan todo el amor que Bernardo Caraballo siente por su familia. Él sabe que el mayor porcentaje de su éxito como boxeador se debió al apoyo irrestricto que recibió de cada uno de sus miembros. Por eso, su esposa y su hija lo acompañaban a todos sus combates; incluso, a los que efectuaba fuera de Colombia. De allí que recuerde con una alborozo casi infantil, los días que compartió con ellas en hoteles de cinco estrellas del país y del exterior: “¡Ajá!, de manera que Zunilda se comió las verdes, ¡eche!, también tenía derecho a comerse las maduras” sentencia el Beny, movido por el espíritu justiciero y agradecido de quien reconoce los esfuerzos y sacrificios de su compañera incondicional. También las imágenes de Caraballo subiendo al cuadrilátero con su hija en los brazos, son un recuerdo todavía fresco en la mente de muchos aficionados.
La niña subía con las mismas batas que subía su padre. Con el mismo número y color, aunque en miniatura. Cabe recordar aquí, que una de las tantas peculiaridades de este boxeador era la gran cantidad de batas que utilizaba para subir al ring. Luego, se las iba quitando, una a una, al mismo tiempo que se las iba quitando a su hija, hasta que ambos quedaban con el torso desnudo. Pero la niña se bajaba, porque el padre tenía algo importante que hacer con ese señor que está ahí al frente, con los guantes puestos. Con tamaña influencia, si Marelvis no fue pugilista se debió a que su padre, que vivió la experiencia de dar y recibir golpes, más lo primero que lo segundo, sabía que ese deporte no era apto para una mujer.

De Bocachica para el mundo
En el ambiente caribe de la siempre agitada aldea de Bocachica, un niño habría de ser el mejor regalo de año nuevo que jamás haya recibido el hogar formado por Domingo Caraballo Guzmán y Santos Rodríguez. Ese día, 1º de enero de 1942, nació Bernardo, el séptimo de los once hijos que tuvo Domingo. Los primeros años de su vida, Bernardo los pasó en su isla natal.
Sin embargo, en 1950 la familia se trasladó a Cartagena. Aquí, en medio de las penurias que el buen destino le ofrece a sus elegidos, Beny vislumbraba un futuro promisorio que sacara a la familia de la situación económica en la que vivían, mientras vendía café y lustraba los zapatos a los señores elegantes venidos de Manga. Ya, por ese entonces, sabía la historia de muchos hombres que ganaron la gloria y noquearon la pobreza con los puños. A los dieciséis años comprendió lo irremediable: su vida y su futuro tenían que forjárselos a punta de golpes. El coliseo del barrio de Manga fue el escenario inicial y mágico también, porque un año más tarde el chileno Julio Carvajal, un artesano del boxeo que se dedicaba a descubrir y a pulir diamantes en bruto, llegó hasta el coliseo y encontró al adolescente bailoteando frente a un saco. Y le llamó la atención su estilo aguajero, pero elegante y, lo más importante en este deporte, efectivo. Carvajal supo desde aquel día que el muchacho tenía un porvenir prometedor, porque además de su calidad boxística tenía algo de lo que carecían los pugilistas de ese entonces en el país: carisma. Así comenzó su dilatada carrera. En el año 1961, después de realizar 61 peleas como aficionado, Bernardo Caraballo se enfrentó a José González, en lo que se convirtió su salto al profesionalismo. Y aquí empieza la leyenda, la misma que fue tejiendo a lo largo de 124 peleas profesionales, de las cuales sólo perdió diez, dos de ellas por título mundial y recibió únicamente cuatro nocauts, todo un récord, si se tiene en cuenta la calidad de los púgiles a los que se enfrentó. Tuvo encuentros duros, extenuantes, pero ninguno como el de la vez que se enfrentó a Ñato Marcel. ¿Ñato? ¿cómo era su nombre?, indagamos al Beny. “Así se llamaba, Ñato. Ese no era su apodo, sino su nombre”, nos dice con el rostro lleno de inusual seriedad. Fue la pelea más dura, todo un espectáculo de titanes: “Nos dimos hasta en la cédula”, recuerda el Beny y se toca inconscientemente su barbilla, como si estuviera recibiendo todavía los golpes de Marcel. Pero si el enfrentamiento con Ñato Marcel fue el más duro no fue precisamente el mejor. Este sitial lo ocupa su combate con Masahíto Harada, en Tokio, en junio de 1967. Fue una demostración brillante de boxeo la que brindó Caraballo entre los nipones y todo mundo lo dio como ganador y nuevo campeón orbital. Perdón, no todo el mundo: los jueces vieron ganar a Harada. Algunas semanas después trajeron la cinta de la pelea y la proyectaron en el teatro Padilla. Los cartageneros pudieron comprobar, entonces, que el atraco en Tokio fue descaradamente evidente. Esa era la segunda ocasión en la que disputaba sin éxito un título mundial. La primera fue el 27 de noviembre de 1964, cuando se enfrentó al brasileño Eder Jofre, en Bogotá. El frío bogotano y el exceso de trabajo al que fue sometido para rebajarle un sobrepeso, facilitaron el trabajo del brasileño que, en el séptimo asalto, le conectó un golpe al hígado. Caraballo escuchó el conteo sin reponerse y todos los colombianos, que miraban las incidencias en televisores a blanco y negro, sentían como si la paulatina y fatídica cuenta de diez también señalara un nocaut en sus corazones. Éstas, sin embargo, no fueron las únicas peleas memorables del Beny.
Fueron muchas, en muchos rincones del mundo y, como lo dice el record, con pocas derrotas. Desde América hasta el Lejano Oriente, Bernardo Caraballo desplegó una imagen hechizante y victoriosa. Frente a sus puños cayeron hombres de todas las razas y tamaños, pero casi todos de un sólo peso: gallos. Él, como esta ave majestuosa cantó en patios ajenos y agitó sus alas para celebrar los triunfos, un canto que se acabó en el año 1977, después de una pelea intrascendente en Santiago de Chile, con el local Astorga. Quizás como un mecanismo de defensa, para no recordar el momento triste de su despedida, la prodigiosa memoria de Caraballo, que recuerda todo con una precisión de relojero, le juega una mala pasada. De Astorga hoy sólo recuerda su apellido, y hasta titubea para traerlo a sus labios.

La magia del Benny
Bernardo Caraballo fue un boxeador singular. Nadie llenó coliseos más que él. Nadie arrastró tanto a los fanáticos, ni los enloqueció. Fue un “campeón sin corona” y, aunque esa frase es un lugar común, a ninguno se ajusta tanto como a él. Y, a pesar de que muchos intentaron quitarle ese sitial con la lengua, nadie pudo. No importaba que le achacaran borracheras, parrandas y hasta romances imaginarios: él era el ídolo, el campeón indestronable en el corazón de la hinchada. ¿Tragos? Sí, pero mucho menos de los que se dijeron. Y, sobre todo, no mientras tuviera un compromiso deportivo por delante. Por lo menos, esa fue la enseñanza que le dejó su pelea con Baldomiro Pinto, un brasileño, en Barranquilla. “Yo debía enfrentarme con Baldomiro Pinto, pero antes de la pelea me fui a visitar a mi compadre Chepe, y a mí como que se me olvidó que iba a pelear y me puse a tomar. Y toma que toma. Bueno, como dos horas antes del combate me fueron a buscar: No friegue, Caraballo, estás jodido, ponerte a tomar antes de la pelea. Y yo dije, para que no se enojaran: ¡Erda!, lo que pasa es que se me olvidó. Y me llevaron para el Coliseo Humberto Perea. Y la gente cuando me vio llegar empezó a gritar ‘¡Caraballo, Caraballo!’ y yo alzaba la mano para saludar, pero ¡qué va!, yo no veía nada por la borrachera. Total, me metieron al camerino y allí me dormí. Cuando desperté ya tenía puestos los guantes, la pantaloneta y las botas. Ya estaba listo para pelear, y ni me di cuenta cuando me pusieron esas cosas. Yo recuerdo que subí al ring y empecé a brincotear, pero era de la pea. Le gané por decisión, pero le había dado una paliza.
“Después, cuando bajaba del cuadrilátero, se me acercó un brasileño, el mánager de Baldomiro Pinto, y me dijo:- ¡Eso Caraballo!, eso es mucho, mucho condiciones. Y yo le respondí: -¿Condiciones? ¡Si estoy en condiciones te lo mato! No ves que estoy borracho”.
La espontaneidad como virtud
Cuando se tiene un diálogo con Bernardo Caraballo y se escucha la ordenada y sabia forma como se expresa, hay que preguntarle, ineludiblemente, cuál es su nivel académico:
“Segundo de primaria”, responde él, mientras levanta su frente, ya de por sí altiva. Alguien que no sepa lo que aprendía un estudiante de segundo de primaria en aquel tiempo, tal vez preguntaría: ¿Y por qué te expresas tan bien?. “El roce, todo lo que aprendí después fue por el roce. Esa es la impronta saludada y defendida por los amigos de Caraballo. Su sabiduría popular y la espontaneidad de su expresión, difícilmente se puede aprender en un aula de estudio. El mismísimo Napoleón Perea Castro (q.e.p.d.), su amigo personal e inolvidable periodista radial, reconocía en Caraballo a un hombre preocupado por los buenos modales: hablar, comer, vestir, caminar, boxear, tratar a las demás personas. Todo con decencia y respeto. Fue esa espontaneidad la que le impidió abochornarse la noche de 1963, cuando se enfrentó a Mimun Ben Alí, en Bogotá. Antes del encuentro, el boxeador costeño quiso rendirle homenaje al presidente de Colombia, quien sin saber gran cosa de boxeo se hallaba entre las personalidades acomodadas en ring side. “Esta pelea se la dedico al señor Presidente de la República de Colombia, al doctor…al doctor…al doctor”, y se le olvidó el nombre del homenajeado y lo señalaba con el guante derecho como tratando de forzar el recuerdo. “Hombe, al man ese que está ahí…que es el presidente de todos los colombianos”. Diez días más tarde, el presidente Guillermo León Valencia lo llamó al Palacio de Nariño y alguien del gabinete le preguntó, por qué le había dicho “ese man” al primer mandatario. Caraballo le respondió con algo que Sócrates Cruz, su manejador de siempre, le había enseñado: “Mira la palabra ‘man’ no es nada malo, eso es ‘hombre’, en inglés. Claro, El Beny, no comprendía el alcance de ser el presidente de un país, ni la carga despectiva en el alma andina de esa palabra anglosajona, y Sócrates Cruz, le dijo, en broma, que si no pedía disculpas lo iban a suspender de por vida: “Hombe, qué suspender de por vida, ni qué suspender de por vida, no ves que yo soy el campeón”.

Cuando Bernardo Caraballo habla de Zunilda, lo hace con una admiración inocultable. Con veneración, para más señas: “Yo no sé que hubiese sido de mí, como boxeador o como hombre, si Zunilda no hubiese estado en mi vida. ¿Sabes?, a pesar de estar metido en esto del boxeo, en donde a uno le llueven mujeres y le calientan el oído, a mí jamás se me pasó por la mente dejarla por ninguna otra mujer, ni por una reina de belleza. Y de reinas de belleza sabía él.
El día que llegamos a su casa para realizar este reportaje, Zunilda estaba sentada frente a su máquina de coser, tratando de aportar a la economía familiar, mientras Beny atendía la cocina. “Soy bueno para esto”, dijo sin ningún rubor. Hay que ayudar a Zuni, porque una mano lava la otra. Y esa unión permanente les ha permitido gozar de cinco hijos, tres varones y dos hembras, y 16 nietos que se convierten en la mejor diversión dominical de los abuelos. Sólo uno de ellos, Bernardito, practicó boxeo, pero Zunilda se opuso porque ya no estaba para colocar compresas de agua caliente y árnica en los moretones de nadie. Los demás hicieron otras cosas. Sus hijos gemelos se inclinaron por el fútbol. Uno de ellos era arquero, pero imposible decir cuál porque eran idénticos. Y su otra hija Yulis del Socorro estudió economía. Pero Caraballo no sólo ha luchado para sacar a sus hijos y esposa adelante. Sus hermanos también gozaron de su bondad.
Regaló una casa a un hermano y otra a una hermana. Y colaboró para que otros hermanos adelantaran estudios profesionales: Lisandro estudió ingeniería química en Pereira; Domingo, idiomas en Medellín, y Juan, derecho. Esta solidaridad fraterna echa por tierra las especulaciones de que Beny prendía los cigarrillos con los billetes y que le costó, incluso, un pequeño incidente con Napoleón Perea: “Yo estaba tomando donde Juancho Rubio, con unos amigos, y llegó Napo, recuerda. De pronto el hombre se acerca donde mí, indignado, y me tiró una trompada. Yo la esquivé y él me tiró otra. Yo apenas le decía, ‘cálmate, Napo, cálmate’. Al día siguiente, Napoleón andaba con un pañuelo en la cara y decía que yo lo había levantado a golpes. Claro, él estaba enojado porque yo dizque no ahorraba, sino que andaba emborrachando a mis amigos.
Por eso su mensaje es ese: “Los jóvenes no deben consumir drogas, porque eso además de atentar contra su salud, atenta contra la estabilidad familiar y contra la dignidad de las personas. Así mismo, referirse a él, es hablar de un hombre locuaz, pero sincero, halagador de las mujeres y fiel a una. De alguien que, en sus bríos juveniles, se regodeaba en directo con las interpretaciones de Alci Acosta, Johnny Moré, Orlando Contreras, Rolando La Serie y otros boleristas sobresalientes de este lado del mundo, en El Príncipe, un cabaret de lujo en la zona de tolerancia de la vieja Cartagena, mientras La Campeona, una memorable mujer, famosa entre los bohemios de la ciudad, bamboleaba sus descomunales caderas por entre las mesas. En fin, hablar de Bernardo Caraballo es reconocer al hombre espontáneo que no tuvo vergüenza de pedir una cuchara en un restaurante de Pekín, porque no sabía usar los palillos cantoneses, y como nadie le atendió la solicitud, entró personalmente a la cocina y cogió el providencial utensilio.

Dice: “Valió la pena aguantar golpes para que la gente lo quiera a uno y lo recuerde. Vea que en vida me rindieron el homenaje de colocar mi nombre al coliseo. Los homenajes deben rendirse en vida para que la persona muera feliz. Por eso no me arrepiento del boxeo. Es más, si naciera de nuevo, otra vez sería boxeador, sería lo que he sido siempre, sólo con una diferencia, esta vez sí sería campeón mundial”.