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In Memoriam. La gigantesca huella de Bernardo Caraballo

In Memoriam. La gigantesca huella de Bernardo Caraballo

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El pasado 20 de enero falleció, en Cartagena, a los 87 años de edad, Bernardo Caraballo, el primer boxeador colombiano que peleó por un título mundial de boxeo. Aunque no consiguió la corona abrió la senda para que otros colombianos lograran entregarle al país muchas coronas.

Bernardo Caraballo, con su entrenador, el cubano Sócrates Cruz.

Por Alberto Galvis Ramírez

Director de la Revista Olímpica y Secretario de la Academia Olímpica Colombiana.

A finales de la década de los años 50 del siglo pasado surgieron las primeras grandes figuras del boxeo colombiano en su historia, concretamente en Cartagena. Después de más de 30 años de actividades regularmente organizadas, en las calles de los barrios más pobres de la capital de Bolívar, los muchachos afrodescendientes se trenzaban a golpes mientras soñaban con ser campeones mundiales. 

Elías Lian fue el primer pegador que estuvo al borde de ganar una corona, pero en la rama aficionada, en el II Campeonato Mundial de Diamantes que se celebró en 1958, en Ciudad de México. En 1957, Lian participó también, a pesar de las dificultades económicas, pero perdió en la primera intervención.

«En aquella época no había auxilios oficiales para el incremento de los deportes. Los propios dirigentes y algunas taquillas cubrían los gastos que demandaba una movilización al interior del país o al exterior de Colombia. Entonces los dirigentes se contaban con los dedos de las manos… La Asociación Colombiana de Boxeo, Acobox, presidida por el samario Tomás Emilio Mier, hizo saber que su entidad no contaba con un solo peso para cubrir los gastos que demandaba la asistencia de Colombia al Campeonato Cinturón de Diamantes, de Seattle. Recomendaba que en Cartagena se lograra el dinero para la movilización de Lian a Estados Unidos. La entidad bolivarense era tan pobre en materia económica, que existía gracias a los aportes personales de sus escasos directivos, entre los que se recuerdan a José Manuel Zapata, Enrique Dusterdieck, Pedro Ramos, Antonio de Lavalle, Julio Pinedo Brugués, Antonio Irizarri y Luis Carlos Rodríguez.

El periodista Ignacio Amador de la Peña acompañó a Lían en esa participación y relata: «Se montó una serie de programaciones -dos semanales- en el Circo Teatro de San Diego, que produjeron para la compra dos boletos aéreos y vestimenta boxística de Elías Lian. No hubo para viáticos. Se hizo escala en la Ciudad de México el 27 de julio de 1957. Se pernoctó en el hotel Ritz de la gran metrópoli mexicana. A las 3:17 AM. del día 28, la capital azteca fue sacudida por un tremendo terremoto. Se derrumbó un piso del hotel; hubo muertos y heridos, y en la pieza de Lian y de este redactor, nadie se despertó. A las 9:05 AM. de ese 28, se partió de México hacia USA. La tragedia quedó atrás» (1).

Lian fue eliminado por el cubano Servelio Fuentes, pero quedó con las ganas de regresar el año siguiente, convencido de que podría mejorar su actuación, lo que en efecto sucedió, porque en 1958 Lian llegó hasta la final, en la cual perdió con el venezolano Enrique Tovar, en la categoría welter, por abandono.

Lian era el ídolo de los cartageneros, pero al poco tiempo empezó a serle robado tal privilegio por un simpático y dicharachero pegador afrodescendiente, quien utilizaba un estilo único en Colombia, que combinaba exagerados movimientos con el cuerpo sobre el cuadrilátero, y con la lengua por fuera de él: Bernardo Caraballo.

Caraballo era un lustrabotas que como tantos otros se metió a boxeador, y a los 18 años, cuando nadie lo conocía, dejó boquiabiertos a colombianos y venezolanos, al enfrentarse al numero uno del peso mosca, el venezolano Ramón Arias, y los dejó aún más sorprendidos, lo mismo que a las autoridades del boxeo mundial, al derrotarlo en 10 asaltos.

Caraballo en uno de sus combates con el japonés Harada.

«Un desconocido muchacho colombiano, con sólo 18 años de edad, hace su primera pelea a 10 asaltos, enfrentado nada menos que con el primer peso mosca del mundo, el venezolano Ramón Arias. Se consideró un crimen que el empresario Filemón Cañate Bernett programara ese encuentro, teniendo en cuenta el noviciado del colombiano y el largo historial pugilístico del venezolano. A pesar de la oposición que un buen sector de la prensa deportiva del Litoral Atlántico de Colombia hizo a lo que se llamó ‘desigual combate´, este se llevó a cabo en el estadio Once de Noviembre, de Cartagena, en una fresca tarde del 12 de diciembre de 1961, ante un lleno a reventar, guiado el público más que todo por la fama del ídolo de Venezuela, que presentaba uno de los palmarés más prestigiosos de pegador alguno de la América Latina, en esa oportunidad. A Ramón Arias se le quería ver en el tinglado cartagenero a como diera lugar. No importaba quién fuera su contendor, pues hacía muy largo tiempo que a la Heroica ciudad no arribaba un pugilista de los kilates del maracucho, y no podía perderse esa oportunidad. Ese ignorado muchacho colombiano, que hacía su debut como estelarista ante el número uno de los moscas del mundo, respondía al nombre de Bernardo Caraballo, quien entre los lustrabotas del barrio era conocido con el remoquete de El Venao.

«Ramón Arias cayó vencido en diez electrizantes rounds, y la noticia corrió a la velocidad de un rayo por todo el planeta. Fuera de Venezuela engendró sorpresa; dentro de la patria del inmortal Bolívar, produjo escándalo» (2).

La revancha fue solicitada de inmediato y también de inmediato aceptada por Víctor Prieto, Chico de Hierro, y José Manuel Morales, Moralito, entrenador y manejador de Caraballo. El combate se cumplió el 30 de marzo de 1962, en  el Nuevo Circo de Caracas, con árbitros y jueces venezolanos, y Caraballo gana por puntos y ampliamente. A los 19 años es incluido en el escalafón de la revista The Ring, como uno de los aspirantes al título de los pesos gallos.

Caraballo fue un auténtico fenómeno de masas, no superado por ningún otro pegador, ni siquiera por los campeones mundiales que ha tenido el país.

Además de la pelea por el título mundial, con el brasileño Eder Jofre, que reseñamos en la nota siguiente de esta edición de la REVISTA OLÍMPICA, Caraballo se paseó por cuadriláteros del mundo exhibiendo su calidad en busca de la corona, que finalmente no conquistó, pero fue suficiente para dividir la historia de nuestro boxeo en dos partes. Contra el japonés Fighting Harada disputó Caraballo por segunda vez el título de los gallos, el 3 de julio de 1967, en Tokio, y fue vencido por decisión de los jueces, no obstante haber dejado una importante impresión de su calidad.

Así reseñó años después esta pelea, Gustavo Arango, de El Universal, de Cartagena: 

«Harada tenía las de ganar. Era su país. Era su público el que gritaba su nombre en una de las tribunas. Era su público también ese amplio sector de la concurrencia que guardaba silencio muy educado y sólo aplaudía al final de cada round.

«Si la cifra dada por los organizadores de la pelea es exacta, en el Nipon Budokan Hall, diez mil novecientas noventa y seis entradas a favor del japonés y sólo cuatro en favor de Caraballo.

«En Cartagena, Colombia, aún no salía el sol. En las calles de la madrugada se veía mucha gente que giraba como mosca en torno a los dos periódicos de la ciudad y especialmente a sus teletipos, a la espera de conocer el resultado de la pelea.

«A esa misma hora también, una mujer y sus tres hijos esperaban. Rezaban y esperaban.

«Caraballo supo que estaba en el Japón en una pelea por el título y que había gente esperando que ganara, cuando un puño de Harada lo conectó en el primer asalto y lo derrumbó.

«Eso no le gustó a Caraballo para nada. Reaccionó con tal violencia, que el round en que cayó para muchos quedó empatado.

«La pelea siguió y Caraballo bailó. Se movió con su agilidad felina. Cambió guardia y a veces peleó zurdo. Se movía, se agachaba, sorprendía a Harada con la rapidez de sus manos y sus pies.

«Y Harada respondía con su obstinación de japonés, conectando algunos puños rotundos sobre el baile que tenía al frente, volviendo la cara de Caraballo algo hinchada, húmeda y amoratada.

«Pero Caraballo también conectaba. Llegaba con su brazo de lanza hasta la cara de piedra del japonés.

«La pelea fue la primera por título mundial en la historia, que quedaba con siete rounds empatados. Se dieron que da miedo.

«Al final llegó el momento de escuchar el resultado. Los rostros de piedra de los japoneses se miraban asustados. Los cuatro colombianos que lo acompañaban, el embajador, el cónsul, Camilo Morales y Sócrates Cruz, gritaban eufóricos y sudorosos. Le decían a Caraballo `¡ganamos!’, y estaban convencidos de que habían ganado, hasta que el presentador leyó la decisión y el árbitro levantó la mano de Fighting Harada […]  `Yo le gané a él. Lo partí en tres partes. Las dos cejas y el pómulo. Esa pelea me la quitaron. A mi él sólo me abrió una ceja’.

«Bernardo Caraballo se acercó para mostrar la cicatriz, pero no recuerda en qué ojo era. Al final cree recordar que fue el izquierdo, y una leve rayita, una cicatriz invisible es lo único que le queda de los puños de Masahiko Fighting Harada.

«Pero Caraballo no recuerda ese episodio con rabia. Recuerda mas bien lo feliz que terminó. Cuando el juez levantó la mano de Harada, el mismo Caraballo buscó al japonés y también se la levantó. `Yo le levanté la mano, sentí emoción, bastante alegría’.

«El japonés devolvió la atención visitándolo más tarde en el camerino. `Me dijo que yo era muy buen boxeador, que tenía bastante rapidez de piernas y de manos'(16).

A Jofre y Harada se unen dos colombianos que fueron los únicos que pudieron vencer a Caraballo, en su vida. Fueron Orlando Jiménez, de Cartagena, el 10 de octubre de 1969, y el bogotano Miguel Espinosa, el 23 de noviembre de 1971, en Bogotá.

Como profesional, Caraballo hizo 124 peleas, ganó 111, 35 por K.O.; empató 3 y perdió 10. Después del retiro entró a trabajar a Colpuertos, empresa con la cual aseguró un futuro decoroso para él y para su familia.

Aparte de Caraballo, Colombia tenía tres pegadores más que en la misma década escalaron posiciones en busca de la oportunidad de una pelea por el título mundial. El 15 de mayo de 1965, en Caracas, Mario Rossito se enfrentó con el campeón del peso welter ligero, el venezolano Carlos Morocho Hernández, y perdió por nocaut, en el cuarto asalto.

Antonio Mochila Herrera -quien salvó el honor colombiano en la recordada noche de El Campín el 27 de noviembre de 1964, al derrotar al brasileño Sebastiao Nascimento, campeón de Suramérica- también peleó contra un monarca mundial, aunque no por el título, el 14 de diciembre de 1967, en Los Ángeles. Fue ante Raúl Rojas, en la división de los plumas, a 15 asaltos, y también cayó derrotado por puntos.

Por último, Enrique Higgins, perdió ante el mismo pegador el 28 de marzo de 1968, en Los Angeles, por puntos.

«No exageremos. La historia comienza», escribía el periodista Melanio Porto Ariza,  después del combate de Caraballo y Jofre. Y así fue. Con Caraballo, finalmente malogrado, se dividió la historia del boxeo profesional colombiano, porque se comprobó que los pegadores nuestros ya estaban a la altura de los mejores del mundo. El primero que alcanzó la esquiva primera  corona de boxeo para Colombia fue Antonio Cervantes, Kid Pambelé, quien conquistó el título de los welter junior, el 28 de octubre de 1972, en Ciudad de Panamá.

(1) y (2) Ignacio Amador de la Peña, libro Luces sobre el ring.

(3) Gustavo Arango, El Universal, de Cartagena, 6 de julio de 1992.

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