El técnico antioqueño cambió el chip del futbolista colombiano, porque se interesó por la vida personal de sus jóvenes jugadores, con el denominado “entrenamiento invisible”, que era orientarlos para que hicieran buenas inversiones del dinero, manejaran adecuadamente la fama, emplearan bien las horas de asueto y la vida noctámbula, y varios pecados capitales más.

Por Roosvelt Castro
Periodista creador del programa La Tarjeta Verde.
Para 1985, Luis Alfonso Marroquín logra asirse del mando de la selección nacional juvenil. Antes, y con los seleccionados colombianos, estuvo cercano a los procesos de Efraín El Caimán Sánchez Casimiro, en la Copa América de 1983, y del médico Gabriel Ochoa Uribe, en las Eliminatorias al Mundial de México, de 1986. Ellos arroparon el proceso del nuevo estratega nacional.
Lo que no conocían Sánchez Casimiro y Ochoa Uribe era que Marroquín cambiaría el chip del jugador colombiano. Con base paisa, el bellanita empezó a practicar lo que se llamó “el entrenamiento invisible” a sus dirigidos del combinado nacional.
Estuvo atento a todas “las trampas” en que habían caído lo jugadores, cómo sus malas inversiones del dinero, el manejo de la fama, el empleo de las horas de asueto, la vida noctámbula, y varios pecados capitales, para cambiarles el chip de ser mejores ciudadanos.
De igual forma, y en los entrenamientos, hacía que los suplentes enfrentaran a los titulares vestidos con los colores distintivos de diferentes selecciones con que iba rivalizar. Les espetaba que ninguno era superior al otro y que ambos tenían las mismas cualidades y, por lo tanto, de “camiseta no se ganaba”. Esta fue una de sus “trampas predilectas”.
Ese cambio de mentalidad empezó a calar en sus pupilos. De eso son testigos mudos René Higuita, John Jairo Tréllez, John Edison Castaño, Wilson James Rodríguez, Romeiro Hurtado, Carlos Álvarez y Felipe Pérez, entre otros, quienes vieron las bondades del nuevo estilo de este apóstol del Fair Play.
El Suramericano de Paraguay cambió la historia. Colombia fue tercera y clasificó por primera vez a un Campeonato Mundial de la categoría. La U.R.S.S esperaba a una tricolor ávida de seguir mostrando su evolución futbolística. Colombia pasó a la segunda fase y ganó por primera vez en un certamen orbital, a Túnez 2-1. En la ronda siguiente se enfrentó a Brasil y perdió 6-0, equipo que a la postre se coronaría campeón mundial. Allí Colombia se ganó el trofeo de Juego Limpio y al final ocupó el octavo puesto.
De igual forma catapultó a muchos jugadores que, bajo la égida de Francisco Maturana, llevarían a nuestros seleccionados a tener presencia en tres Mundiales consecutivos y a obtener un título continental de clubes, con Atlético Nacional cómo campeón de la Copa Libertadores de América.

La Marroquín, pionera en formación y en Fair Play
El puntapié inicial es con el equipo Los Grullitos, patrocinado por una empresa de calzado ubicada en Envigado. Luego, en 1986, cambiaría su razón social para tomar el nombre de su fundador y vestir los colores amarillo y azul, similares a los de la selección Brasil.
Trabajar con mucho amor extensivo a la familia y crear buenos ciudadanos para la sociedad fueron algunos de los muchos objetivos de esta escuela de formación deportiva pionera en Colombia.
Igualmente, y con el estandarte del Juego limpio, la Escuela Luis Alfonso Marroquín fue la primera del país. El modelo importado de la tierra de la Samba y de Pelé dio sus frutos.
Hugo Castaño, Abdiel Ocampo, Gonzalo Marroquín y Carlos Silva, entre otros, estuvieron integrando el cuerpo técnico y de docentes, que ayudaron a regar las semillas llenas de valores y de juego limpio del profesor Marroquín.
En el génesis de la tarjeta verde
Un día de 1996, Marroquín -quien fue respetuoso del juzgamiento y de sus normas, como lo aseveran árbitros que pitaron algunos de sus partidos programados por la Liga Antioqueña de Fútbol, entre los que me encontraba yo- me invitó a su oficina, ubicada a pocos pasos de la Unidad Deportiva de Belén, sede de su Escuela. Él había visto mi manera peculiar de interpretar las 17 leyes del reglamento, que complementaba con el del fortalecimiento en valores, a través de una laminita del Divino Niño.
-Vi que su juzgamiento es muy didáctico con los niños y quiero felicitarlo, porque además lo complementa con los valores. Esto me gustó y quiero por ello hacerle un pequeño regalo.
-¿Qué es profesor? Le pregunté apenado, mientras me sentaba en un sillón enorme y visitaba ese santuario en que había convertido su oficina, lleno de cuadros de certificaciones, recortes de prensa, fotos de Leonel Álvarez, René Higuita, Luis Carlos Perea, Gildardo Gómez, entre otros, igualmente, de muchos trofeos de sus grandes triunfos en el deporte de sus amores y en los que no podía faltar los de Juego Limpio, lema que también estaba en el membrete de su correspondencia y en la portada a la entrada de la sede de su Escuela, encarnado en un niño futbolista pateando un balón.
Salió de su oficina y me entregó un acrílico blanco con una leyenda en letras mayúsculas rojas que decía: Juego limpio, por favor.
-¡Muchas gracias! fue lo que alcancé a expresarle a este gran ser humano, uno de los 12 hijos de Luis Alfonso y de Ana Rosa (q.e.p.d.) e igualmente el padre amoroso de Ginna.
Casi un cuarto de siglo después, en el 2009, su escuela cerró sus puertas y sus educandos no volvieron a pisar sus instalaciones, añorando sus enseñanzas llenas de valores y de juego limpio, heredadas de muchos de sus tutores, como lo fueron el padre jesuita Álvaro Vélez Escobar o el Rector del Colegio de San Ignacio, Fernando Londoño, en la época en que lo conocí.
Mi último encuentro con el revolucionario entrenador colombiano fue cerca a la entrada de la Unidad Deportiva de Belén, en Medellín, Colombia. Me dirigía para cumplir la misión de jefe de prensa del XVII Festival Escuelas de Fútbol de la Copa Acord, categoría sub 12, que organizaba el colega Jaime Herrera Correa. La estatua de Andrés Escobar Saldarriaga, conocido como El Caballero del Fútbol fue testigo silencioso de nuestra corta charla.-
-He visto la evolución de su propuesta de Juego Limpio y lo vuelvo a felicitar. Esa tarjeta verde que usted pregona va a ser muy valiosa para el fútbol. Fueron sus últimas palabras llenas de sabiduría de este hombre, que fue todo corazón.
Ahhh… y este trofeo personal de acrílico blanco con el valioso lema de Juego Limpio todavía lo conservo, añorando a Marroquín Osorio y su gran aporte, que marcó la identidad de nuestro fútbol. Del mismo modo, el gran ser humano que murió “Sin carnaval, ni comparsa” como lo dice Piero en su cantar, entregando su corazón el 2 de septiembre de 2020 y con la gran paradoja de que “el fútbol no le jugó limpio a él y a sus grandes aportes”.