La siguiente anécdota, ocurrida durante la quinta Vuelta a Colombia, en 1955, fue una demostración de juego limpio y transparencia, no obstante la difícil situación que vivía su protagonista, el ciclista boyacense Guillermo Campos.

Durante la Vuelta a Colombia de 1955, el ciclista cundinamarqués Guillermo Campos partió en la etapa que terminaba en Tulcán, Ecuador, enfermo de forunculosis, lo que le impedía sentarse en el galápago. El juez que le correspondió, un ex ciclista boyacense, movido por un sentimiento de solidaridad por el colega al ver su incómodo estado; el tiempo que había perdido ‑más de dos horas‑, y la imposibilidad de conseguir alojamiento en la ciudad ecuatoriana por la hora en la que llegaría decidió ayudarlo.
«Díganle a Campos que se suba en el carro y cuando estemos cerca se baja y termina la etapa». Así se lo informaron al corredor, quien de inmediato descendió de su bicicleta, se acercó a la ventana del vehículo y dijo:
«¿Que me suba en el carro, señor juez?»
«Si señor», respondió el juez.
De inmediato Campos le tiró la caramañola a la cara, mientras le decía: «Oiga juez, no me ayude, no sea sinvergüenza. Cumpla con su deber, que yo tampoco necesito que me regalen nada». De inmediato volvió a montar en su bicicleta y continuó la marcha.
En la noche, en el único hotel que quedaba y que tuvieron que compartir, Campos buscó al juez y le ofreció disculpas por su reacción en la carretera, pero le reiteró que su actitud no era la correcta.
Al otro día Campos terminó segundo en la etapa, y utilizó todos los medios existentes para dedicársela al caritativo juez que quiso ayudarlo.