Tizanidina, microdosis de EPO, cetonas, tramadol … son algunas de las nuevas drogas que se están utilizando para dopar a los ciclistas. Las autoridades del ciclismo mundial luchan para sacar a este deporte del laberinto en el cual cada día se sumerge más.

Por Ulises Culebro
Publicado en el diario El Mundo, de Madrid, el 27 de febrero de 2022.
Sólo por citar dos más, Leonardo Piepoli, positivo por salbutamol y CERA en 2007 y 2008, o Patxi Vila, positivo por testosterona en 2008, trabajan al más alto nivel en el Movistar Team. «Aún queda gente de la antigua escuela. Así que cuidadito con volver al pasado y con el intrusismo, porque el negocio ya se desmoronó una vez y puede volver a ocurrir», advierte Zabala, que también ejerció como director de rendimiento del cuadro navarro entre 2013 y 2020. En fechas recientes, el fichaje de Rolf Aldag como número dos de la estructura del Bora-Hansgrohe, suscitó numerosos comentarios. Criado en la cantera de aquel Telekom tantas veces investigado por sus abusos con EPO, testosterona y hormonas de crecimiento, el alemán procedía de un Bahrein envuelto en sospechas y llegaba de la mano de Enrico Gasparotto, que tantas veces en el pasado debió quitarse de encima la sombra del doctor Ferrari.
Por mucho que cueste asimilarlo, los nombres de estas sustancias siguen resultando familiares en el mundillo. Las microdosis de EPO conviven en nuestros días con la irrupción de nuevos productos, como la tizanidina, descubierta en tres muestras recogidas por la policía durante el pasado Tour de Francia. «Actúa directamente sobre los músculos, permitiendo que se relajen. En teoría podría favorecer la recuperación, un factor crucial en carreras de tres semanas, donde tras etapas de 180 km, los ciclistas tienen dificultades para dormir, debido a la contracción excesiva de la masa muscular», analiza Michel Audran, director del prestigioso laboratorio de Chatenay-Malabry, a las afueras de París. Hace sólo tres semanas, la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), anunció que estudiará los efectos de este fármaco, ante la opción de incluirlo en su lista de productos prohibidos.
En cuanto a las microdosis de EPO, Audran opta por un tono algo distanciado. «La ventana de detección, que era de alrededor de 24 horas, se ha ampliado hasta más de 48. Quien opte por ingerir cantidades tan pequeñas (7-10 UI/kg) deberá inyectarse cada dos días y durante varias semanas. Así que los mencionados avances deberían limitar su uso. Sin embargo, hay que saber que la EPO, a diferencia de los esteroides anabolizantes, diuréticos, broncodilatadores o estimulantes, no es uno de los objetivos prioritarios los controles», argumenta a este periódico el profesor emérito de la Universidad de Montpellier.
Otro debate acuciante afecta a las cetonas, suplementos alimenticios de carácter sintético, cuya ingesta ya es moneda común en el pelotón. Guillaume Martin, Romain Bardet, Thibaut Pinot, Arnaud Demare o Nairo Quintana han elevado la voz contra esta práctica. Aunque no figure en la lista negra de la UCI o la AMA, alegan que favorece las sospechas, al manejarse en las zonas grises del reglamento. En cambio, Zabala rechaza estas tesis de forma categórica. «Como investigador y científico del deporte te puedo asegurar que no hay estudios rigurosos que fundamenten una mejora en el rendimiento. Más bien se trata de un efecto placebo. Si cada pequeña dosis cuesta 50 euros, todo el mundo supone que algo tan caro debe funcionar. Es un tema muy controvertido, pero yo le diría a un ciclista: ‘No te gastes tu dinero en eso», sostiene el preparador navarro.
En los últimos meses, la AMA encargó al grupo dirigido por Zabala en la Universidad de Granada dos estudios sobre el efecto del tramadol, un medicamento prohibido hace tres años por la UCI, de forma tan unilateral como sorpresiva. «Muchos sostuvieron, sin ninguna base científica, que era el causante de las caídas masivas. Pero este opiáceo no empeora el nivel cognitivo, sino que se usa para el dolor crónico. Se ha demonizado, dejando de lado, por ejemplo, el caso del Stilnox, un somnífero de uso común que algunos seguirán utilizando cuando cuelguen la bici», describe Zabala sobre el medicamento con el que fue sorprendido en 2017 Juanjo Lobato.
En algún momento de su vida, a comienzos de este siglo, José Manuel Maestre debió enfrentarse a alguna tesitura similar. O más escabrosa. «En el pelotón actual podemos distinguir entre quien hace trampas y quien no, pero en mi época el dopaje estaba totalmente normalizado», cuenta desde Londres el ex ciclista del Fuenlabrada. En la capital británica, donde trabaja bajo los auspicios de un programa del Ministerio de Educación, Maestre propone otros sugestivos enfoques. Los propios de un perfil casi único en nuestro país: el de un ex profesional reconvertido en investigador.

«Sigo viendo un claro desequilibrio entre las medidas de opresión y las de prevención. Todo el dinero se destina a la amenaza, pero no al trabajo en las escuelas o en la formación a los padres», arranca el doble ganador de etapa en la Volta a Catalunya (2002) y Vuelta a Asturias (2003). Pese a aquellos prometedores resultados, Maestre optó por la retirada con sólo 27 años, poco antes de las explosivas revelaciones de Jesús Manzano. «El dopaje me quitó el ciclismo, pero me dio una tesis doctoral y una vida académica que nunca pensé que fuera a tener», admite el autor de Millennials en el ciclismo español 2.0: Nueva propuesta de lucha contra el dopaje.
«Quise abrir otros horizontes y no seguir el camino de siempre, como entrenador o mánager deportivo. Mi equipo me ofreció sólo un año de contrato, pero yo no iba a jugármelo todo a una carta», rememora sin demasiada nostalgia. «Siempre se ha intentado engañar al sistema, con la obsesiva búsqueda del detalle. La situación ha mejorado, especialmente en cuanto a la exhaustividad de los controles, pero sigo pensando que hay que desarrollar otros modelos. Y cuidar a los equipos pequeños, darles más facilidades, ya sea reduciendo el número de corredores en las grandes vueltas o dejándoles competir en función de las categorías», desliza con afán pedagógico.
Falacia ad ignorantiam
Maestre sabe muy bien que durante las dos últimas décadas, el ciclismo se ha recluido en esa célebre falacia ad ignorantiam. «Me gustaría repetir, por enésima vez, que la ausencia de pruebas no es prueba de su ausencia. En cualquier caso, el hecho de que la UCI haya alertado a la AMA de nuevas prácticas dopantes sugiere que nos estamos acercando a otra crisis», completa Stephen Moston, autor de Detecting Doping in Sport (Routledge, 2016). Conocido por sus radicales propuestas para destapar a los tramposos, este investigador aborda el problema desde la perspecticva de la psicología forense y la criminología. «Existe una clara corriente de opinión entre los ciclistas limpios para que se regule e investigue mejor. En ese sentido creo que el punto de inflexión para el necesario avance pasaría por castigos en aplicación de los respectivos códigos penales», finaliza el australiano.
¿Cómo vislumbrar, pues, una salida en el laberinto? Desterrando cualquier tentación maximalista, cualquier elixir a modo de panacea, Brissonneau agita aún más la polémica. Hasta cuestionar los cimientos mismos del deporte. «Como sociólogo, lo único que puedo decir es que estamos en una lógica policial que siempre pretende endurecer las medidas antidopaje. Siempre más dinero, más pruebas, más visitas de los vampiros. Sin embargo, como antiguo deportista, me siento feliz por no haber sufrido todo eso. Dios mío, entonces, ¿hacia dónde vamos?», concluye el responsable de Le dopage dans le cyclisme professionnel au milieu des années 1990: une reconstruction des valeurs sportives, publicado en 2007.
Sus últimas preguntas, erizadas de entusiasmo, no deben dejar a nadie indiferente. «¿Cuándo terminará esta carrera por la pureza? ¿No podría destinarse este dinero a otras facetas del desarrollo del deporte? ¿No deberíamos permitir en algún momento que los profesionales de primer nivel se gestionen por sí mismos?».