Recreación, deporte y aprovechamiento del tiempo libre se erigen como los escenarios de resignificación, espacios en donde es posible el encuentro múltiple signado por la igualdad que los juegos propician y que luego llevan al escenario deportivo en dónde, a pesar de las diferencias propias de las pistas, en función de resultados, persiste como tejido de alto valor simbólico el reconocimiento del otro/otra, más allá del momento competitivo

Fabio Alfredo Navarro Pasquali
Filósofo Universidad Nacional. Abogado Universidad Libre. Posgrado en Filosofía del Derecho y Teoría Jurídica. Universidad Libre. Magister en Historia Universidad Javeriana.
Ulteriores reflexiones.
En publicación previa quedaron establecidos los parámetros propios de un debate que atañe directamente a las condiciones de vida en democracia y cómo la educación debe garantizar el justo equilibrio de los derechos que hacen posible la coexistencia de formas de vida comunitaria, entendiéndolas dentro de un mismo escenario geográfico con distintas historias, pero enraizadas y entrelazadas por el curso de los tiempos.
Libertad e igualdad, derechos que no solo son garantes del ejercicio democrático, sino que en sí mismo considerados son la democracia, dada la importancia que cada uno tiene, pero no existiendo de forma independiente, sino que se encuentran en condiciones de coexistencia, esto es, una libre igualdad o una igual libertad. Despejada tal ecuación ha de darse como resultado la vida en democracia, caso contrario, no estarían dada las condiciones para la pervivencia de una sociedad.
Para resolver las distintas dificultades que entraña el desenvolvimiento de los derechos primigenios fundamentales de libertad e igualdad, sin que el privilegio de su ejercicio recaiga en uno de ellos en desmedro del otro, conservando al desbalance democrático, se hace necesario construir desde la educación, también entendida como derecho, y que debe recibir como es dable comprender, el efecto irradiante de los derechos, ahora entendidos como principios de libertad e igualdad.
Al ejercer un derecho como la libertad-igualdad se están ejerciendo el conjunto de los derechos que asisten al ciudadano, pues estos principios garantizan su existencia. ¿Es posible pensar el derecho al libre desarrollo de la personalidad, por ejemplo, sin el efecto irradiante de los principios igual–libertarios?
La relación entre libertad y educación estaría entonces mediada por la igualdad, pero entendiéndose que el principio irradiante no surge de un derecho aislado, sino que en él convergen las dos premisas democráticas y ellas deben necesariamente ser organizadas en función de saberes que permitan a cada uno de los ciudadanos inmersos en el proceso educativo validarse en el sistema desde sus propios principios, pero en consonancia con los valores supremos de aquellos que ostentan, como él, la condición de las diferencias, habitando el mismo territorio.
Derechos como libertad e igualdad, entendidos como principios, deben articularse como sistema que pueda constituirse en ámbito de saberes capaces de contener la cotidiana realidad, como condición de la praxis educativa. La educación, como catalizador de principios de igual–libertad, propios de un sistema democrático.
La igualdad sólo es posible como ejercicio de fundamentación democrática, en el cual debe considerarse como premisa fundamental y escenario dialéctico de la palabra–acción–palabra: el saber que todo otro es distinto y que uno mismo lo es frente a la vida y cultura del otro. La moral, si bien es racional no por ello es absoluta.
“Para avanzar en la dirección propuesta se tiene como elemento básico de reflexión el derecho a la igualdad, entendido como el reconocimiento de las diferencias, entre ellas de género, raza, sexo, credo religioso y demás características especiales que hacen de cada ser humano un ser irrepetible.” (Navarro Pasquali, Mujer, educación y democracia, 2013)
Una de las mayores inquietudes respecto del avance en la formación de ciudadanos y ciudadanas, y el debido establecimiento de relaciones sociales acordes con principios, que permitan el desarrollo social garantizado, tiene que ver con el desarrollo de la plena conciencia respecto de una vida comunitaria, en la cual las autonomías individuales o grupales rindan tributo al ejercicio democrático, sustentado en el respeto, como también en la incorporación y aceptación de las diferencias que, paradójicamente, los atan en un mismo contexto de desenvolvimiento histórico.
Entender el desarrollo histórico del presente que se habita significa conocer no solo la propia procedencia, sino ser capaz de asumir al o a los otros que coexisten en el mismo espacio geográfico, pero con lecturas e interpretaciones de la realidad, desde perspectivas diversas. Por ello, la necesidad de constituir desde la educación los escenarios adecuados al desarrollo de la sensibilidad como ejercicio de afirmación personal–contextual y a partir de ese propio reconocimiento construir sensibilidad colectiva.
La proyección del ser colectivo, capaz de evolucionar en términos de igualdad a través de la educación incluyente, permite la formación de generaciones subsiguientes capaces de forjar su propio y común destino histórico. La educación debe ser apartada de modelos doctrinarios que no reconozcan la multiplicidad de diferencias al interior del conjunto de la Nación porque ello en la práctica deshace el sentir y raigambre de las distintas comunidades. Así se entiende el sentido de sentencias de la Corte Constitucional al garantizar derechos de ciudadanos que han acudido en busca de protección respecto de sus propias prácticas ancestrales, comunitarias, religiosas o educativas, entre otras.
La educación es un derecho que por principio democrático concierne a todo ciudadano o ciudadana, que además es inherente a la pretensión de una comunidad política en general, de elevar el nivel cultural, científico y de formación humanística, a partir del ejercicio histórico que, concita las distintas formas de interpretación de los tiempos y su confluencia como pasado–presente de sus comunidades. Derecho a la educación, desde el cual sea posible establecer caminos para resolver las diferencias, siendo tal proceso la propedéutica o camino implícito, para entender el tejido de significados y significantes subyacente para reconocerse en medio de las diferencias.
El escenario educativo es el lugar por excelencia, en el que se construye democracia desde esa perspectiva igualitaria; es allí en donde la comunidad se muestra plena y diversa. Cada uno de sus miembros, estudiantes o maestros, distintos entre sí, establecen las condiciones de relación necesarias para realzar lo individual–identitario, sin perder de vista y, por el contrario, llevando a su máxima consideración la expresión colectiva.
Mujer, deporte y democracia.
En ese escenario la reflexión sobre la mujer y su lugar en la sociedad debe partir de ella misma, lo cual significa pensar en un mundo que no es ajeno a las consideraciones que se traen, por el contrario, se afirman en esa dinámica que tiene como referente esos lugares de producción, como la casa, la escuela, el colegio, la universidad, el deporte, el mundo cotidiano que, deben generar el espacio para su propia construcción como ser humano, se decía en aquella ponencia que hoy sirve de base a este escrito.
“El deporte, como uno de los campos transitados por la mujer y por el hombre, ciudadanos ambos de un Estado entendido como social de Derecho, parte de la temprana elaboración del patio de recreo, lugar de diferencias, de acuerdos y desacuerdos, de niñas y niños, de normas establecidas por ellos, de forma horizontal no impositiva y aceptadas dentro de la dinámica lúdica que los motiva en planos de igualdad. De allí se trasladan a las pistas deportivas, también con el fin de construir sociedad.” (Navarro Pasquali, Mujer, educación y democracia, 2013)
La formación en valores retroalimenta procesos, dinámicas sociales, entendimientos, desde la puesta en escena de quienes históricamente han estado al margen de la palabra. La educación adquiere un nuevo sentido, pues en el horizonte del estudiante surgen prioridades humanas, sociales e históricas antes ocultas en su proceso formativo. Vale remitirse en ese sentido de espacios ocultos y quizá ajenos a la mujer y a otros sectores de población, a pronunciamientos de la Corte Constitucional Colombiana cuando asume la protección de derechos a la recreación, al aprovechamiento del tiempo libre y al deporte, señalando que aquellos espacios constituyen el escenario privilegiado en donde los niños y niñas definen su relación con el mundo y hacen de la realidad una lectura no jerárquico autoritaria, sino que a través del juego recrean la realidad en términos de aceptación de normas que surgen de la interacción entre ciudadanos, que al mismo nivel se articulan en función de democracia.
Surge de lo así planteado la necesidad de dar nuevos sentidos y significados al ser humano o, como se planteó en escrito precedente, resignificarlo a partir de nuevas formulaciones sobre dignidad y ejercicio de ciudadanía, asumiendo la educación como proceso no solo formativo, sino como propedéutica o camino que debe llevar a nuevas formas de horizontal comunicación.
La ciudadanía no se obtiene a partir de una determinada edad. Sé es ciudadano de un Estado desde el momento mismo del nacimiento, entendidas claro está las distintas etapas que se deben cumplir para lograr desde la escuela una vez en esa fase, los fines del Estado frente a sus asociados.
La educación no es un férreo sistema pasivo, sino que conlleva el conocimiento de la historia de los distintos protagonistas sociales y el patrimonio común que como memoria de ese devenir se constituye en factor de unidad a partir de las diferencias que confluyen en la formación del joven ciudadano.
Esta definición de democracia confiere entonces profundo sentido y valor a esos escenarios en donde niños, niñas y adolescentes, cualquiera sea su origen, van construyendo ciudadanía incluyente. Recreación, deporte y aprovechamiento del tiempo libre se erigen como los escenarios de re significación, espacios en donde es posible el encuentro múltiple signado por la igualdad que los juegos propician y que luego llevan al escenario deportivo en dónde, a pesar de las diferencias propias de las pistas, en función de resultados, persiste como tejido de alto valor simbólico el reconocimiento del otro/otra más allá del momento competitivo. (Navarro Pasquali, Mujer, educación y democracia, 2013)
Referencias Bibliográficas
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Navarro, Pasquali, F. (2013). Mujer, educación y democracia. Insights.