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Valores. El salto de la Tregua Sagrada, al deporte para el desarrollo y la paz

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El ideal defendido por Pierre de Courbertin desde finales del siglo XIX ha inspirado por generaciones al Movimiento Olímpico, a buscar en el deporte un medio para superar las diferencias entre naciones y culturas, y promover la amistad, el sentido de solidaridad y el juego limpio.

Foto: ABC Color.

Por Beatriz Elena Mejía Restrepo 

Magister en Estudios del Desarrollo, Magister en Gobierno y Políticas Públicas, Directora de Grupo Internacional de Paz, Consultora en Deporte para el Desarrollo y la Paz, Consultora en Prevención del Delito y Miembro de la Academia Olimpico Colombiana.

Tras 40 años, desde cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas declarara el 21 de septiembre como el Día Internacional de la Paz, y 20, desde que este mismo organismo lo estableciera como un día de cesación del fuego y de no violencia a nivel mundial son recurrentes los esfuerzos por dar “una pausa” a la guerra y a la violencia en y entre los países. Con los mismos loables fines, en 1992, el Comité Olímpico Internacional retoma la antigua tradición griega de la ekecheiria, para dar paso a la Tregua Olímpica, que sería respaldada un año después por las Naciones Unidas como símbolo de la paz olímpica,  promotora del fin de hostilidades entre los pueblos y las naciones. Es así como en los pasados Juegos Olímpicos de Tokio 2020, al igual que en anteriores versiones, la presidencia de la Asamblea General hizo el solemne llamamiento en relación con su observancia.

Más allá de la Tregua, el ideal defendido por Pierre de Courbertin desde finales del siglo XIX ha inspirado por generaciones al Movimiento Olímpico, a buscar en el deporte un medio para superar las diferencias entre naciones y culturas, y promover la amistad, el sentido de solidaridad y el juego limpio. Hoy, el ideal olímpico sigue más vigente que nunca, y se ha incorporado en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, al afirmarse que el deporte es un importante facilitador que contribuye con la paz, promoviendo la tolerancia y el respeto. 

Desde los años posteriores a la posguerra, tanto las formas de guerra y de violencia, como el concepto de paz se han transformado, hasta evolucionar a nuevas propuestas que consideran las causas estructurales de los conflictos violentos y posicionan enfoques más holísticos, como el de la paz positiva y la paz imperfecta, que hoy hacen parte del consenso, al admitir que más allá del silenciamiento de los fusiles, la consecución de la paz implica un cambio integral en las dinámicas locales y multilaterales, así como en las relaciones sociales para generar desarrollo equitativo e incluyente en la perspectiva social, política, económica y cultural. En la Resolución 36/67 del 1981, la Asamblea General reza: “Una paz fundada exclusivamente en acuerdos políticos y económicos entre gobiernos no podría obtener el apoyo unánime, sincero y perdurable de los pueblos, y, por consiguiente, esa paz debe basarse en la solidaridad intelectual y moral de la humanidad”. 

El salto de la paz negativa, reducida al cese de hostilidades y reconciliación entre antagonistas, hacia un paz positiva e imperfecta que reconoce la experiencia de las partes involucradas y hace una compresión de las raíces de las violencias, plantea un nuevo reto en términos de la relación deporte, olimpismo y paz. Obliga, entonces, que dentro y desde el Movimiento Olímpico se piensen formas concretas de contribuir con la prevención de todas las formas de violencia y con una paz sostenible que vincule las diferentes esferas del desarrollo.

El alcance del ideal olímpico en la sociedad de hoy debe ir desde las buenas prácticas en el sector, hasta su proyección en ámbitos externos. Con respecto a lo primero, debe garantizar el respeto por los derechos humanos de los y las atletas en el ámbito deportivo, el impacto social comunitario del legado de los mega eventos, nuevas formas de negocios éticos e inclusivos en el sector, la incorporación del enfoque diferencial y de género en las políticas públicas y la buena gobernanza como principio rector en las organizaciones que forman parte del movimiento, entre otros. En cuanto al ámbito externo debe procurar la pedagogía de los valores olímpicos aplicados, con los actores afectados por las violencias y desde sus propios territorios, y el desarrollo de acciones que promuevan las inclusión de sectores geográficos tradicionalmente excluidos y de programas que posicionen nuevos referentes comunitarios, en zonas que carecen de modelos de identificación juvenil adecuados, como parte de las posibles contribuciones en esta dirección. 

Bajo esta lógica, el Deporte para el Desarrollo y la Paz (SDP, por sus siglas en inglés) inicialmente promovido por la Organización de las Naciones Unidas y las ONG de los diferentes países ha tomado fuerza en el nuevo siglo entre el Movimiento Olímpico, gracias a lo cual se han sumado esfuerzos de diversos organismos del sector, a través del establecimiento de alianzas y programas conjuntos en las regiones, que van dejando un impacto social importante, que permite que cobre vida el principio del Olimpismo promulgado en la Carta Olímpica de “poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del ser humano, con el fin de promover una sociedad pacífica y comprometida con la preservación de la dignidad humana”.  El salto de la Tregua Olímpica al Deporte para el Desarrollo y la Paz hace parte de un proceso civilizatorio con el que el Movimiento Olímpico no puede estar en deuda. 

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