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Semblanza. Un hombre con espíritu de triunfador

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Si hay algo que deba agradecerle Luis Javier Mosquera a la vida es el haberle atravesado obstáculos a sus extraordinarias condiciones físicas, que lo hacían un talento único para las pesas, porque esos tropiezos lo hicieron muy fuerte. Hoy, cuando celebra su segunda medalla olímpica, plata en los 69 kilogramos del levantamiento de pesas, lograda el pasado domingo, en Tokio, que se suma al bronce conquistado en Río 2016, Luis Javier Mosquera debe estar recordando esos desafíos que le puso la vida, que le causaron grandes dolores, pero sólo le permitieron crecer.

Luis Javier Mosquera, en Río 2016.

Nacido el 27 de marzo de 1995 en Yumbo, Valle, en el hogar de José Novarino Mosquera y Darly Lozano, complementado por sus hermanos José, John Jairo, Johana, Fernando y José David, vivió una infancia de dificultades, por razones económicas y familiares, que le plantearon retos a los que se enfrentó con decisión y entereza, para asomarse a la juventud sostenido por unas bases sólidas y fuertes.

Durante su niñez, que transcurrió en la casa del barrio Guacandá, de Yumbo, los más agudos problemas tuvieron relación con lo económico, porque el trabajo de su padre como operario de la empresa Carvajal, en Cali no alcanzaba para la manutención de tanta gente.“Nos faltó la comida, porque no era suficiente lo que ganaba mi padre. Nos acostábamos con hambre y nos levantábamos igual”, recuerda Luis Javier.

A los gastos propios de la alimentación y el estudio de sus hijos se agregó otro, que inicialmente fue un problema, pero que abrió las puertas del éxito para toda la familia, que traería Luis Javier. Sus hermanos mayores, José Novarino y John Jairo, empezaron a practicar levantamiento de pesas, lo que exigía gastos adicionales, que ellos redujeron a lo esencial para asistir a los entrenamientos vestidos con indumentarias sencillas. A Luis Javier, con siete años de edad, también le gustaron las pesas, lo mismo que el fútbol, el patinaje y hasta el boxeo, porque le sobraban las energías y se les pegaba cuando iban a sus entrenamientos en el coliseo Miguel López Muñoz.

Luis Javier, con su entrenadora, Damaris Delgado. Foto: Extra, El Diario de Todos.

Entonces, con la anuencia de sus padres y el acompañamiento de sus hermanos, empezó a visitar el Gimnasio de Yumbo, en donde la expesista Damaris Delgado, quien había llegado desde Cartago, en el norte del Valle, y dedicó su vida a la práctica y a la enseñanza de las pesas, alertó sobre la extraordinaria fuerza de este niño, pero fue precavida en las primeras rutinas, para que pudiera disfrutar del deporte mientras aprendía algunas nociones técnicas.

“Eran tantas las condiciones del niño, que asimilaba más de lo que se le enseñaba y quería competir ya. A los pocos días de comenzar a frecuentar el gimnasio se realizó un campeonato departamental de pesas, en el que el límite mínimo era de ocho años. Lloró mucho porque no pudo participar. El ganador estuvo por debajo de lo que Luis Javier había levantado. Desde entonces ya era un auténtico prodigio”, Recuerda Damaris, quien también forjó los primeros pasos de la carrera de Óscar Figueroa.

En esa época, cuando fenecía el siglo XX, Yumbo tenía elementos para las pesas más adecuados para el fisicoculturismo, y en este deporte sólo se había destacado Paulina Rengifo, por haber ganado tres medallas de bronce en los XII Juegos Departamentales. El tema de las pesas para el alto rendimiento estaba por construirse.

Y fue Damaris Delgado quien lideró el cambio de las pesas, hasta convertir a Yumbo en una población potencia en el departamento del Valle.

Cuando Luis Javier tenía diez años, a las dificultades generadas por la escasez se unió la separación de sus padres, pues Darly abandonó el hogar y los hijos quedaron al mando de un padre que pasaba más tiempo en el trabajo que en casa y se le hacía difícil ejercer la doble tarea de papá y mamá, más aún con ese batallón de hijos menores que quedaron a  su mando.

No obstante la desmotivación general causada por la partida de la madre, a Luis Javier le animaba asistir a las clases, por la recocha que armaba con sus compañeros. Curiosamente ese relajo lo incitó a cumplir con los deberes, en una extraña combinación de rebeldía y conciencia, tan necesarias para romper barreras. Por eso su padre nunca recibió quejas de su comportamiento en el colegio; por el contrario los resultados académicos eran buenos. Adicionalmente, el joven entendió que debía trabajar y devengar algún dinero para ayudarse también en los gastos de sus entrenamientos en las pesas. Entonces aprendió el arte de la peluquería y con lo que ganaba motilando a sus amigos y a sus compañeros de estudio pudo obtener algunos recursos, para aliviar un tanto las dificultades de su padre y, de paso, ser consciente de sus responsabilidades y volverse diestro en la administración de su propia economía.

Todas estas circunstancias le permitieron sentar las bases de una precoz madurez para enfrentarse a los desafíos de la lucha por la vida, de la competencia deportiva y, desde los 16 años, a forjar un hogar, porque se casó con la también pesista Diana Lorena Cadena y pronto tuvieron su hijo Joseph, quien se convirtió en su principal inspiración.

Cursaba el último año de bachillerato y pensaba estudiar administración de empresas, pero los compromisos deportivos derivados de su brillante carrera deportiva lo llevaron a tomar la determinación de suspender sus estudios para afrontar el alto volumen de entrenamientos y competencias internacionales. Ya en ese momento su hermano menor, José David, también se había convertido en pesista y con él compartiría espacios en futuras delegaciones del Valle del Cauca y de Colombia.

Mosquera gana el título mundial juvenil. Foto: El País.

En ese momento empezó a construir con resultados su ya ponderada imagen en las pesas, porque en el 2012, con 17 años, ganó dos medallas de oro en la división de los 62 kilogramos, en dos tiempos y total, y una de plata, en arranque, durante el Campeonato Mundial Juvenil celebrado Kosice, Eslovaquia.

Un año después, con 18 de edad, en la categoría junior obtuvo también tres medallas, pero de bronce, en la misma división, durante el Campeonato Mundial.

El 2014 fue el año de su salto hacia el estrellato, con 19 años de edad, porque ganó los tres oros en el Campeonato Mundial  Juvenil, realizado en Kazán, Rusia; las tres medallas de plata de su división, en los X Juegos Suramericanos de Santiago de Chile, detrás de su paisano Francisco Mosquera, y los tres oros en el Panamericano Juvenil, en Reno, Estados Unidos.

El 2015, ya en los 69 kilogramos, fue un año muy exitoso para Luis Javier, pero marcado por el dolor físico y el espiritual. Quince días antes del Mundial Juvenil, en Wroclaw, Polonia, sorpresivamente murió su papá, su amigo, compañero y principal motivador. A pesar de la tristeza que se apoderó de él, viajó al Mundial y allí le afloró un muy fuerte dolor físico en la espalda. Y así, con los dos dolores –no sabía cuál era el más fuerte–, logró las tres medallas de oro, que no tuvo alientos de celebrar como se suele hacer en este deporte, una vez suena el timbre de aprobación de los jueces y se oye el estrepitoso golpe de las pesas sobre el piso. Pero lo más llamativo de este resultado fueron los nueve kilogramos de ventaja frente al chino Chengfei Yuan, ganador de la plata, y 26 por delante del ganador del bronce, el coreano Gwang Kwon. Con estos márgenes, Mosquera ratificaba que ya le quedaba pequeña la categoría juvenil.

Mosquera se consagra campeón en los Juegos Panamericanos Toronto 2015.

Posteriormente vendrían el Campeonato Panamericano, en Cartagena, en el cual alcanzó las tres medallas y la mejor marca de la temporada, y los Juegos Panamericanos de Toronto, en los cuales ganó el oro en disputa, resultado que lo dejó al descubierto como una opción clara de ser medallista olímpico, un año después, en Río 2016.

Al regreso de Toronto señaló: “Desde que tenía ocho años de edad y decidí practicar este deporte, he estado convencido de que algún día voy a estar en un podio olímpico. Río es un sueño y creo que trabajando con la misma disciplina que tengo en cada entrenamiento y en cada competencia, voy a poder llegar allá y buscar la medalla en los 69 kilogramos”.

Para finalizar el año tenía previstos dos compromisos, uno nacional y el otro internacional. Al primero, los Juegos Nacionales, concurrió y barrió con los oros. Al segundo, su estreno en un Campeonato Mundial de Mayores, en Houston, Estados Unidos, no pudo ir porque una resonancia magnética develó que sufría de una hernia discal.

Al terminar el año, Luis Javier fue elegido Deportista Revelación y nominado a Mejor Deportista del Año por el diario El Espectador, con la atleta Caterine Ibargüen, el ciclista Nairo Quintana, el gimnasta Jossimar Calvo, la bicicrosista Mariana Pajón,  la judoca Yuri Alvear, el saltador Orlando Duque y la luchadora Jackeline Rentería. Además, su hermano menor, José David, fue elegido como Mejor Deportista Juvenil 2015, por su medalla de oro en la categoría de los 62 kilogramos en el Mundial Juvenil, que se realizó en Lima, Perú.

Al comenzar el año 2016, la gran preocupación de Luis Javier Mosquera y de la gente de las pesas era la hernia discal que le había impedido en 2015 asistir al Mundial y que podría malograr su opción de ganar medalla en Río 2016. Entonces se determinó su operación, que estuvo a cargo del doctor Jorge Ramírez, el mismo que operó y recuperó a Óscar Figueroa.

Después de una cirugía exitosa, Luis Javier viajó a Río con el equipo nacional de pesas, para adelantar la recuperación. Sin embargo, empezó a sufrir por una luxación en la rodilla derecha, un desgarro en la misma pierna y otro dolor en un hombro. Un mes antes quiso claudicar y alcanzó a arreglar su maleta para regresar a Cali, pero todo el equipo lo animó a quedarse y a seguir con paciencia y casi total quietud su recuperación.

Pocos días antes, los dolores cesaron, pero había perdido mucho tiempo. “A Río llegué no en el ciento por ciento de mis condiciones, pero llegué. Y el no haber podido ganar en el momento de la competencia la medalla fue frustrante para mí, porque viajé con ilusiones, me entregué por completo en la competencia, sin importarme si me quedaba sin espalda, y regresé con las manos vacías. Pero Dios sabe cómo hace sus cosas y al final pude celebrar”.

Luis Javier participó en Río, por un kilo perdió la medalla de bronce y terminó en el cuarto lugar, resultado importante, porque era su estreno en unos Olímpicos y tenía solo 21 años de edad. Pero la frustración lo embargó y regresó al país con los reconocimientos por el diploma olímpico, aunque sin la medalla que tanto soñaba.

Dos días después se empezó a rumorar que Izzat Artykov, de Kirguistán, ganador del bronce, había salido positivo en la prueba de dopaje. A pesar de la insistencia de la versión y de la publicación en medios de comunicación, la Jefatura de Misión de Colombia sólo vino a confirmar la noticia una vez recibida oficialmente de parte del Tribunal de Arbitramento Deportivo, en el histórico 19 de septiembre, en el cual también se obtuvieron el oro y el bronce de Mariana Pajón y Carlos Alberto Ramírez, respectivamente, preseas con las cuales Colombia llegaba a las ocho planeadas, igual que en Londres, pero esta vez eran tres de oro, lo que le brindaba a nuestro país un salto del puesto 38 al 23 en la medallería general.

En ese momento, ya Luis Javier estaba pensando en prepararse para ganar el oro en Tokio 2020, luego de cruzar victorioso todas las estaciones del nuevo ciclo olímpico 2017-2020 y se había olvidado de la esperanza que abrigaba la delegación nacional. Ese viernes 19 de septiembre, Luis Javier se levantó temprano, les estampó sendos besos a su esposa Diana y a su hijo Joseph y partió hacia un taller, con la intención de  ponerle una pechera nueva a su moto. Antes de llegar recibió una llamada del fisioterapeuta Daniel Gil, quien le gritaba: “Luis, lo conseguiste, lo conseguiste”. Sin entender, el deportista le preguntó “Pero… ¿qué conseguí?”. Al otro lado de la línea, Gil precisó: “La medalla de bronce, porque el que la ganó arrojó positivo…”.

Entonces Luis Javier regresó a su casa y se encontró con la algarabía general en el barrio Guacandá. El primer recuerdo que le llegó a la mente y al corazón fue el de su padre, José Novarino, a quien le volvió a agradecer por todo lo que le brindó en la vida para llegar a esta primera meta grande. Después vendrían las imágenes de los duros momentos que sufrió antes de los Juegos, de la impotencia ante el dolor, de las ganas de renunciar y de la solidaridad de sus compañeros, y concluyó que habían valido la pena tanto sufrimiento y tanta espera.

A partir de ahí sería un colombiano privilegiado por estar ungido por el néctar de los dioses del Olimpo. Se integró al equipo de medallistas en las celebraciones al regreso y empezó a recibir las recompensas, una de las primeras, la casa que los gobiernos Nacional y municipal le entregaron en Hacienda Verde.

No obstante la gran cantidad de premios recibidos tras esta primera medalla olímpica, Luis Javier Mosquera se enfocó hacia Tokio 2020; padeció y se recuperó de varias lesiones; logró su clasificación y ahora celebra su segunda medalla olímpica, plata en la capital japonesa. Lo más importante para Luis Javier es que entiende que la vida empieza todos los días, con cada amanecer, y que lo logrado en Tokio es un escalón más, hacia otras metas, la más importante en la continuación de su cerrera será la de obtener la medalla de oro, en los Juegos Olímpicos de París 2024.

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