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Remembranzas. Alejo Durán y su medalla olímpica en México 1968

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Desde su nacimiento, los Juegos Olímpicos modernos han combinado deporte y cultura, para cumplir con la costumbre de la antigua Grecia, que rendía culto a los mejores atletas, pero también a diversas manifestaciones culturales, que eran convocadas en concursos premiados también con medallas.

La propia Carta Olímpica lo establece: “el COJO (Comité Organizador de Juegos Olímpicos), organizará un programa de manifestaciones culturales que deberá cubrir por lo menos todo el periodo de apertura de la Villa Olímpica; dicho programa será sometido a la aprobación de la Comisión Ejecutiva del COI”,

Alejo Durán.

La primera vez que Colombia participó en las competencias culturales fue en 1968, en Ciudad de México, en donde estuvo presente uno de los más auténticos del folclor vallenato, el primer Rey de la Leyenda Vallenata, Gilberto Alejandro Durán Díaz, Alejo Durán, en ese entonces una de las más preclaras figuras de estos aires originarios de Valledupar.

El juglar oriundo de El Paso, Magdalena, llegó a la final, en al cual se enfrentó con artistas de Alemania, Japón, República Dominicana, Perú, España, Italia, Inglaterra y México.

Acompañado por  José Tapias Fontalvo, guacharaquero, y Pablo López, cajero, Alejo Durán estremeció con sus sentidas notas, a los asistentes al Teatro Hidalgo, ubicado en el Centro Histórico de Ciudad de México.

Así narra ese momento definitivo, el diario El Meridiano, de Córdoba, en crónica publicada el pasado 8d e agosto: “Esa mezcolanza musical de indígenas (guacharaca), negros (caja) y europeos (acordeón), ese género musical declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, ese vallenato del alma magistralmente ejecutado por el más grande juglar de la música colombiana y sus compinches no tuvo contendores, ni el mismo Hércules hijo de Zeus y su fortaleza mitológica hubiese aguantado el ímpetu de esa sublime faena tan perfecta en armonía y letras de nuestros campesinos cantores, verdaderos poetas del alma y dueños de una filosofía del amor, de una filantropía de la vida, la naturaleza y el sentimiento hacia la mujer.

“El auditorio entró en delirio tan pronto Alejo pisó pitos, pisó bajos. Tan pronto Pablo López con la caja, y José Tapia con su trinche y Pastor Arrieta con más percusión se sumaron a la fantástica sinfonía llegada del Caribe colombiano”.

Alicia adorada, 039 y La pollera colorá, canciones que causaban furor en México, retumbaron en el magno escenario, donde Mario Moreno, Cantinflas, era uno de los jurados.

“Sin dudas ese «ideal olímpico» tan custodiado y defendido por el fundador oficial de estas justas deportivas el Barón Pierre de Coubertin, que consistía en una elevación de la mente y el alma que superara las diferencias entre naciones y culturas, abarcando la amistad, el sentido de solidaridad y el juego limpio, lo cual contribuiría en última instancia a un mundo mejor y en paz, quedaba bien representado con el alma pura y trasparente del gran Negro Alejo, el único competidor del Festival de la Leyenda Vallenata que se descalificó él mismo por amor a su música, a su pedazo de acordeón y a su pueblo amado.

“El principal cantor de las antiguas olimpiadas griegas, el poeta Píndaro, desde los cielos debió quedar complacido con la escogencia de Alejo y su conjunto como los bañados en oro y laureados en estas competencias artísticas y deportivas de México 68, la primera Medalla de Oro para Colombia”.

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