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Poesía. Odio al deporte

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Con ocasión de los Juegos Olímpicos de Estocolmo, en 1912, como parte de las actividades culturales, se programó un concurso de poesía, abierto al público. Al final, un jurado calificador conformado para tal ocasión entregó la medalla de oro a la Oda al Deporte, que se presentó en Alemania y en Francia, de autoría de un poeta que utilizaba el seudónimo de M.M. Georges Hohard y Et. M. EschbachSe descubriría más tarde, con especial sorpresa, que con este nombre se escondía el Barón Pierre de Freddy, Barón de Coubertin, restaurador de los Juegos Olímpicos y, en ese momento, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Este fue su poema:

I

¡Oh Deporte, placer de los dioses, esencia de vida! Has aparecido de repente en medio del claro gris donde se agita la labor ingrata de la existencia moderna, como un mensaje radiante de épocas pasadas, de aquellas épocas cuando la humanidad sonreía. Y sobre la cima de los montes destella un resplandor de la aurora, cuyos rayos de luz salpican el suelo de los oquedales sombríos.

II

¡Oh Deporte, tú eres la Belleza! Eres el arquitecto de este edificio que es el cuerpo humano y que puedes convertirse en algo abyecto o sublime dependiendo de si es degradado por las viles pasiones o si es cultivado por el esfuerzo. No existe belleza sin equilibrio y proporción, y eres el maestro incomparable de una y otra pues engendran armonía, ritmas los movimientos, aligeras las fuerzas y fortaleces lo que es ligero.

III

¡Oh Deporte, tú eres la Justicia! La equidad perfecta, perseguida pen vano por los hombres en sus instituciones sociales, se instala por iniciativa propia en ti. Nadie sería capaz de superar ni un milímetro la altura que pude saltar ni de un segundo el tiempo que puede correr. Sus fuerzas físicas y morales combinadas son las únicas que determinan el límite de su éxito.

IV

¡Oh Deporte, tú eres la Audacia! Todo el sentido del esfuerzo muscular se resume en una palabra clave: Atreverse. ¿De qué sirve los músculos, de qué sirve sentirse ágil y fuerte, de qué sirve cultivar la agilidad y la fuerza si n es para atreverse? Pero la audacia que inspiras no tiene nada de la temeridad del aventurero que lo juega todo al azar. Se trata de una audacia prudente y meditada.

V

¡Oh Deporte, tú eres el Honor! Los títulos que confieren solo tienen valor si se adquieren con absoluta lealtad y perfecto desinterés. Si alguien consigue engañar  a sus compañeros por cualquier método inconfesable, sufrirá las consecuencias en el fondo de su alma y teme el epíteto infamante que se asociará su nombre si se descubre la trampa de la que se ha beneficiado.

VI

¡Oh Deporte, tú eres la Alegría! A tu llamamiento la carne se anima y los ojos chispean,  la sangre circula abundantemente a través de las arterias. El horizonte de los pensamientos se purifica. Puedes incluso aportar un diversión saludable a la pena de quienes se ven sumergidos por la tristeza, mientras que permites a los que son felices que disfruten de la plenitud de la alegría de vivir.

VIII

¡Oh Deporte, tú eres el Progreso! Para servirte es necesario que el hombre se perfeccione de cuerpo y alma. Le impones la observancia de una higiene superior y le exiges que se guarde de cualquier exceso. Le enseñas las sabias reglas que infundirán a su esfuerzo la máxima intensidad sin comprometer el equilibrio de la salud.

IX    

¡Oh Deportes, tú eres la paz! Estableces relaciones amistosas entre los pueblos, acercándolos en el culto de la fuerza controlada, organizada y dueña de sí misma. A través de ti, la juventud del mundo aprende a respetarse y, de este modo, la diversidad de las virtudes nacionales se convierte en fuente de na emulación generosa y pacífica.

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