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Opinión. La fuerza unitaria del deporte

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David Cañón Cortés
Miembro de la Academia olímpica Colombiana

En el Congreso Atlético  reunido en París, en 1894, se acordó, por unanimidad, que las luchas atléticas  internacionales que se celebrasen a partir de aquel momento llevaran el nombre de Juegos Olímpicos, el mismo con el que se conoce en la historia de la humanidad las antiguas y fecundas reuniones de hombres libres, que transmitieron a generaciones futuras un recuerdo imperecedero.

De esta forma, al restablecerse los viejos juegos helénicos se estrechaban, por medio de contactos frecuentes, los lazos que deben unir a los pueblos civilizados,

Sin embargo, esta  lucha entablada desde la perspectiva del gran horizonte olímpico no fue fácil para su precursor, el profesor Pierre de Coubertin y sus seguidores que heredaron  este apostolado. Setenta años después, el periodista español Juan José Castillo, director del Mundo Deportivo escribió: “Las ideas han cristalizado, por lo menos en parte. Todavía hay imprecisiones, al margen del verdadero espíritu deportivo, que siguen pesando en los sentimientos de paz y cordialidad que constituyen los sentimientos del deporte. Este se ha transformado, para muchos no en un fin, sino en un medio. Pero está fuera de duda que el deporte ha ganado también su gran batalla, aunque en algunos casos y momentáneamente parezca haber perdido la guerra. Queremos decir que el deporte ha conseguido carta de naturaleza, como elemento imprescindible dentro de la psicología y de la sociedad del mundo actual, si bien es cierto que se le ha sojuzgado y, en cierto modo, prostituido, al ser usado como instrumento dependiente de acciones políticas y propagandísticas. Mientras llega el momento de la liberación para que el deporte se convierta en una fuerza unitaria absoluta y no en una nueva manzana de la discordia, hemos de  alegrarnos de los progresos que ha obtenido y de las conquistas  que ha logrado”.

Los esfuerzos del olimpismo modernos son admirables y el hecho que siga empeñada la gran polémica en torno a los conceptos perfectos del amateurismo, no empaña en nada aquellos esfuerzos.

En realidad, tal polémica es, en el fondo, baladí. Se tiende frecuentemente a confundir el deporte con la competición. No tiene nada que ver el uno con la otra. Una cosa es el espectáculo de profesionales o de amateurs, que es la suma y clave de una “elite” minoritaria, y otra cosa el deporte, como expresión colectiva de una manera de entender la vida. Es este último aspecto el que interesa difundir y propagar, y el que merece, cada vez más insistentemente, la atención de psicólogos y sociólogos de todos los países. No es preciso remontarse al viejo espíritu helénico, para llegar a la conclusión que el deporte no solo es un medio de recreo y diversión, sino también una forma vital en el equilibrio del cuerpo y del alma, y un vehículo hasta ahora inigualado, para facilitar las relaciones entre los pueblos, y dentro del cual ocupan sitio preferente la lealtad, la nobleza y la generosidad. Si la “elite” es la primera ola del deporte, la que rompe la gran marejada de la atracción, el interés y la popularidad, no hay que olvidar que se trata, simplemente, de un espejo brillante y colorista.

El deporte va mucho más allá de las competiciones de resonancia, de las manifestaciones ruidosas, de las manifestaciones de un determinado éxito y de las taquillas de un estadio. El deporte no consiste en ver, sino en practicar, tanto por los beneficios físicos y saludables que proporciona, como por las ventajas sociales y morales que encierra. Aparte de ser una válvula de escape para las preocupaciones de la vida cada vez en mayor grado es un contrapunto noble, eficaz y positivo de la tensión natural del ser humano. Proporciona ponderación, sentido altruista y comprensión para el prójimo. En muchas ocasiones se ha dicho que el deporte es casi una religión. Sería peligroso ahondar en los conceptos filosóficos que intentan hacer del deporte, no una devoción, sino una religión, como ocurrió en los países del este.

Pero es indiscutible, y la voz suprema de los pontífices lo ha subrayado, que el deporte contribuye poderosamente con sus atributos básicos, a que la paz reine entre los hombres de buena voluntad.

Después de otros 50 años de olimpismo moderno, es decir, hasta el 2014 cuando el actual presidente del COI, señor Thomas Bach pronuncia su discurso de la asamblea en la ciudad de Mónaco anunciando la agenda 2020, podemos decir que el Movimiento Olímpico continúa tan campante como…, parodiando el lema del espirituoso licor.

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