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Memoria 1. Edwin Guevara gana un primer título, casi imposible

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El año de 1996 terminó con la consagración del bogotano Edwin Guevara como campeón mundial de la modalidad libre del patinaje artístico, en la categoría de mayores, después de superar una grave lesión y sufrir fuertes dolores durante su participación. Por eso, su consagración fue heroica.

Edwin Guevara gana su primer titulo mundial de patinaje artístico.

Por Alberto Galvis Ramírez

Director de la Revista Olímpica y secretario de la Academia Olímpica Colombiana

En 1995, el bogotano Edwin Guevara había llegado a Girón, Santander, al Mundial de Patinaje de Mayores, en la modalidad de artístico, con la convicción de tener con qué pelear por la medalla de oro, en la prueba libre. Sin embargo finalizó cuarto, lo que le generó una frustración que le duraría durante el año siguiente, previo al Mundial de Mar del Plata, Argentina, en 1996, al que llegó luego de un fuerte trabajo de preparación y con una mentalidad triunfadora superior a la sentida el año anterior.

El equipo colombiano estuvo conformado además de Guevara, por Santiago Medina, Ana María Neira, Mauricio Jaramillo y Heidi Alonso, sin director técnico, porque Gabriel Gómez, quien había sido el orientador de las selecciones nacionales en los últimos años, se había retirado. Tampoco contaba el conjunto con psicólogo y médico. La responsabilidad recaía en cada deportista, en especial en el más veterano, el bogotano Guevara, quien desde su llegada tenía la seguridad de que sería campeón del mundo en la modalidad libre, porque decía que no le dolía nada y le salía bien hasta la risa.

Su aliado y el de todo el conjunto nacional fue el bogotano Mario López, quien dirigía el equipo de Chile y desde el primer día se acercó a sus compatriotas para acompañarlos y asesorarlos. 

Dos días antes de comenzar las prácticas oficiales, y en una demostración de lo bien que se sentía Guevara, decidió jugar en la pista con piruetas de diversa clase. De pronto ejecutó el triple loop y como cayó mal, lo repitió. La segunda vez fue peor, porque aterrizó en la punta del pie. Con una risa nerviosa se acercó a Mario López y le dijo: 

-Mario, me jodí el pie.

-Hombre no se ponga con chistes ahora. 

-Mario, que me jodí el pie- repitió el deportista casi gritando. 

El médico de la organización lo examinó y le dictaminó esguince del cuello del pie en primer grado y desgarre parcial del tendón de Aquiles. De inmediato el galeno le dijo que no podía participar en el torneo. 

-Eso ni pensarlo- le dijo Guevara.

Mario López, el orientador de Guevara en 1992.

«Seis minutos para ser campeón y un año para quejarme del dolor» 

Comenzaron los tres días más dramáticos de su vida. Inyecciones de Voltarén en grandes cantidades para aliviar el dolor y la inflamación; una bota de hielo todas las noches; otra bota de yeso blando, y el pie levantado a todas horas, fueron algunas recetas aplicadas. Además, no debía hacer el más mínimo ejercicio, es decir, los entrenamientos quedaban prohibidos.

De pronto apareció la lluvia y los tres días que faltaban para la prueba de libre se convirtieron en cuatro, pues el agua se filtró por goteras del techo del coliseo, inundó la pista y obligó al aplazamiento del torneo. 

El concepto médico era que Guevara luchaba contra un imposible, porque ningún deportista con una lesión tan seria, había podido participar en un mundial de artístico. 

Convencido de eso, Mario López le dijo que debía olvidarse de competir. El deportista le respondió con seguridad: 

-Mario, tengo seis minutos para ser campeón del mundo y un año para quejarme del dolor del pie. 

Edwin Guevara había convivido con el dolor desde el comienzo de su carrera y había aprendido a manejarlo y hasta a dominarlo. Se enfrentó con valor a las primeras lesiones y siempre supo darle el significado adecuado para no dejarse doblegar por él. 

Para ello siempre contó con los consejos de su técnico, Gabriel Gómez, quien le decía continuamente que lo importante era pelear la medalla de oro, así saliera de la pista rumbo al hospital. Esas lecciones de valentía le habían forjado una especial resistencia ante los más duros desafíos. 

En ese momento, cuando todos pensaban que no sería capaz, él estaba convencido de lo contrario. 

Con esa convicción, Edwin Guevara empezó a calentar para el programa corto, que se celebró el 7 de diciembre. El dolor era insoportable. El calentamiento lo hizo sin saltos, sólo girando sobre sus patines. De pronto empezó a golpear el piso con el pie enfermo. Nadie entendía qué pretendía. Él quería dormirlo, pero lo único que logró fue aumentar el dolor. 

Cuando le correspondió el turno salió a la pista y empezó a danzar al son de una salsa afrocubana de Alfredo de la Fe, variaciones de Chaikovski, Las cuatro estaciones de Vivaldi Los caballeros de la mesa redonda. Durante los dos minutos de su intervención, sólo sintió dolor y más dolor. De lo demás, no se acuerda. 

Menos de 24 horas después, el 8 de diciembre de 1996, durante el programa largo, Edwin Guevara repitió la historia de dolor, pero con el doble de duración. Sabía que el patinaje artístico no era un deporte de sentimientos, porque la cara que se pone cuando se hacen los giros es mecánica. 

Inflamado, adolorido, forrado con todos los aditamentos existentes, para tratar de aislar el dolor, convencido de que el dolor era una mentira y animado por su propio optimismo y el tercer lugar obtenido en el programa corto, Guevara se dirigió al coliseo para la prueba final, que lo podría llevar a la gloria o al infierno, en el mejor año de su vida deportiva. 

La hora del programa largo había llegado. Y también la del final del drama. Edwin Guevara salió a la pista y danzó durante cuatro minutos, mientras el dolor apenas le dejaba percibir las notas de Fiebre Latina y de melodías de Kenny Gieff, Bach y Beethoven. 

Recuerda de ese momento el intenso dolor que sentía en su pie y su mundo de pasos y giros animados por melodías que iban cambiando, mientras decenas de personas en silencio, giraban a su alrededor. 

Cuando terminó escuchó los aplausos, porque eran muy fuertes, pero el dolor lo obligó a salir aprisa de la pista. Se retiró a un costado para quitarse los patines y explotar de la desesperación. Había terminado la pesadilla y ahora lo único que quedaba era el veredicto de los jueces, frente a una actuación que él no recordaba.

Cuando aún estaba aturdido por el dolor, Mario López se le acercó y lo felicitó porque había logrado el mayor  puntaje otorgado por los jueces y era el campeón del mundo en la modalidad libre.

-No me mame gallo- le dijo. 

-No hombre, es en serio -le respondió López. Guevara creyó que era cierto, cuando se le vinieron encima todos los integrantes del equipo colombiano y deportistas de otros países, para felicitarlo. 

Ahí sí el dolor pasó a un segundo plano para dar lugar al festejo porque había  logrado coronar el sueño de toda su vida, y de qué manera: derrotando a sus fuertes rivales, al tremendo dolor de una lesión y a la incredulidad general. 

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