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Lenguaje. El mal uso de la palabra “olímpico”

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Por Esperanza Palacio Molina

Miembro de Número de la Academia Olímpica Colombiana. @pololaespe

Foto: National Geografic.

Si nos limitamos al simple significado del término “olímpico” podemos decir que es el gentilicio de los nacidos en Olimpia, ciudad griega donde también nacieron los Juegos Olímpicos.

Pero el diccionario nos remite a que olímpico u olímpica es algo relacionado con la olimpiada. También no lleva a una sección que menciona que olímpico tiene relación con el Monte Olimpo, lugar mitológico donde moraban los dioses griegos, por consiguiente podemos decir tranquilos que Zeus es un dios olímpico.

También, respecto de aquello que es olímpico, tenemos que mencionar que es un adjetivo que tiene que ver con la olimpiada o período entre dos celebraciones de los Juegos.

Respecto del significado de olimpiada u olimpíada, encontramos que la RAE, por su cuenta admitió que es un término que reúne tanto al período que transcurre durante los Juegos Olímpicos como a los cuatro años que hay entre uno y otros juegos.

Aquí, sin embargo, hay que aclarar que este concepto de la RAE riñe con lo que estipula el Comité Olímpico Internacional (COI) que considera, de manera  específica y clara que la olimpiada es el espacio de tiempo que transcurre entre la finalización de unos Juegos Olímpicos y el comienzo de los siguientes, es decir, son estos cuatro años de preparación entre unos y otros juegos.

Los Juegos Olímpicos son el evento culminante que representa la mayor y más prestigiosa competencia deportiva de carácter universal.

Pero volvamos a nuestro tema, la palabra olímpico. Hoy, yo lo planteo desde mi perspectiva periodística y lingüística, olímpico es un término que resume en su interior un cúmulo de hechos, situaciones, emociones, atletas, países, deportes, banderas, medallas, derrotas, alegrías, convivencia, fraternidad, metas, logros, amigos, estadios e historia.

Y podemos seguir más allá: es esfuerzo, entrenamiento, dedicación, angustia, noticias, anhelos, sueños, frustraciones, conquistas, desánimo, admiración, héroes, viajes, constancia, firmeza, confianza y grandeza.

Por todo esto, por lo que encierra el término olímpico, es por lo que escribo y sugiero, con base en mi experiencia profesional como periodista deportiva durante más de 28 años, que nosotros, desde acá, desde la Academia Olímpica debemos ser los defensores del buen uso del lenguaje para quienes se refieren a temas olímpicos.

Empiezo por una solicitud-regaño, y lo hago, en buena parte, como exaltación a una tarea que comenzó Clemencia Anaya en Medellín 2010 y cuya bandera tomo yo hoy: nosotros, como académicos, debemos ser guardianes y defensores para que la palabra olímpico no caiga en el desprestigio, para que no se utilice de manera equivocada.

Me explico, en el lenguaje popular, y no lo digo con carácter peyorativo, sino en el sentido de común, recurrente, frecuente, es usual que la gente califique como olímpico a aquel que infringe normas sin ruborizarse. Por ejemplo, oímos que se le llama olímpico a quien te quita el lugar en una fila. También califica como olímpico el que se robó tu cambio en el supermercado, o quien se queda sentado en el metro, aunque haya mayores de edad o mujeres embarazas que viajan de pie. Es decir, llamamos olímpico a un altanero, soberbio y maleducado. A esos les decimos, “tan olímpicos”.

Sin embargo, a aquel que viola las normas de cortesía y convivencia se le puede llamar de cualquier manera, menos olímpico. Nadie más lejos del sentido olímpico que esas personas indolentes.

El término olímpico es sinónimo de respeto, por eso los académicos, que entendemos, amamos, cultivamos y promovemos el olimpismo debemos hacer nuestra propia campaña personal para erradicar entre nuestro círculo social, familiar, de trabajo o estudio, el mal uso de la palabra olímpico.

De ninguna manera lo olímpico es despreciativo, por el contrario, olímpico es aquello que exalta la convivencia en paz, el respeto, la amistad, la excelencia.

Volvámonos guardianes del término olímpico, para preservar su buen nombre, para combatir la arbitrariedad que nos llevó a convertir su significado limpio en un adjetivo calificativo despectivo. Lo olímpico es, debe ser, sinónimo de grandeza de alma y cuerpo.

El término olímpico nos lleva a vivir, de un solo golpe, una historia que dura cuatro años y cuyo final puede ser la gloria máxima que todos anhelan, o la tristeza de una derrota que puede significar también el principio de otro sueño.  Aquellos que se matriculan y siguen paso a paso cada vivencia que los lleva por el camino olímpico, pocas veces renuncian ante las derrotas, porque su objetivo está puesto allá, arriba, a donde solo llegan los que dan todo, a donde habitan los dioses, al Monte Olimpo, que es el significado del esfuerzo, la entrega, la gloria. No comparemos a esas mujeres y hombres olímpicos, excepcionales, con los seres humanos que caminan por la vida sin conocer el sentido de la hermandad, la responsabilidad y el respeto.

Otras sugerencias

Pasemos a otros términos que debemos cuidar y fomentar para que el lenguaje olímpico se mantenga fresco, limpio, sano.

Nosotros, los académicos, debemos intensificar el uso del término atleta en lugar de deportista, para referirnos a los competidores olímpicos.

El deportista es aquel que conoce y practica un deporte, no necesariamente de manera frecuente, no siempre con fines competitivos.

El atleta asume el deporte con la certeza de llegar a ser el mejor, con la convicción de que su cuerpo y su mente estarán en sintonía para una competencia que lo llevará a disputar títulos y medallas frente a rivales de igual condición.

Atendiendo al hecho de que el atletismo es la base de todos los deportes, llamar atletas a los competidores olímpicos es una manera de unificar y dignificar su disposición física y mental para la excelencia.

Ahora, pasando al idioma y sus reglas, sus usos y normas, es inaudito que haya  personas que aun conociendo el deporte, no sepan cómo se pronuncia la palabra escenario.

Comúnmente oímos a atletas, entrenadores, directivos, o periodistas decir que se encuentran en el “eccenario”, así, como si esa palabra en lugar de tener la combinación sc, se escribiera con doble c.

En la partícula sc se pronuncia solo la s, por eso se dice como si se escribiera “esenario”, “esena”, “asensor”.

Hagamos entonces una campaña académica para fomentar el buen uso de la palara escenario; podemos corregir a quienes cometen ese error, está bien si lo hacemos de manera privada y sin ínfulas, porque todo aquello que hagamos en procura de un idioma bien utilizado, nos da licencia para hacer sugerencias y encaminar a quienes no lo saben para que aprendan y difundan.

Finalmente hago un llamado para que quienes estamos aquí, empeñados en difundir el olimpismo, sus valores y sus preceptos, lo hagamos bajo las más estrictas normas del lenguaje.

Su buen uso nos da claridad, nos permite llegar de manera diáfana a los receptores, nos hace compartir nuestros propios ideales olímpicos mediante una comunicación sin ruidos idiomáticos, sin errores gramaticales. Cada mensaje que entreguemos, cada correo, cada artículo, cada tesis o ensayo, cada trino, cada texto, corto o largo, que escribamos, debemos hacerlo con la conciencia de que entregaremos un mensaje sin errores que puedan desviar nuestra intención.

¿Cómo alcanzar la excelencia al escribir?

Muy sencillo, leer mucho. Quien lee mucho, habla y escribe bien. Hay que preguntar si se tienen dudas, consultar y corregir. Uno de los principios de la buena escritura es escribir y corregir, sin descanso.

Y recordemos una cosa más.

Difundir lo que hacemos es fundamental para que la Academia Olímpica Colombiana trascienda. Si no cuentas lo que haces, nadie sabrá que lo hiciste, ese es un precepto de la comunicación, que en definitiva no es otra cosa que la tarea de intercambiar y difundir información.

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