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Historia 15. Bellingrodt corona el sueño de la primera medalla olímpica de Colombia

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Cuando se acercaban los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 nació de nuevo la ilusión colombiana de ganar la primera medalla olímpica, en la persona del ciclista antioqueño Martín Cochise Rodríguez, quien en 1970 había superado la marca mundial aficionada de la hora; en 1971 se había consagrado campeón panamericano de los 4.000 metros persecución individual, y en ese mismo año había alcanzado el primer título mundial de individual de nuestra historia, también en la persecución individual.

Sin embargo, Cochise fue descalificado para participar en los Juegos Olímpicos de Munich 1972, luego de una campaña orquestada por el periodista barranquillero Edgar A. Senior, quien envió al Comité Olímpico Internacional unas fotografías del deportista paisa como modelo de una marca de yines. De inmediato, el COI, que adelantaba una “cacería de brujas” en busca de posibles infractores de lo que denominaban “la pureza” del amateurismo, declaró a Cochise “no elegible” para esos Juegos. De inmediato, se desvanecieron las ilusiones de lograr un podio en Munich, por lo menos en la figura más visible de nuestro deporte.

A Munich llegó nuestro país con las esperanzas puestas en el levantador de pesas santandereano Juan Romero, la figura nacional en los Juegos Panamericano de Cali, en 1971, quien en los 52 kilogramos, tenía marcas superiores a las de los mejores del mundo, lo que le otorgaba la primera opción de ganar. Una segunda posibilidad la tenían los boxeadores, si los sorteos no los enfrentaban a los mejores en sus primeros combates.

El país rodeó al pesista, con la ilusión que con él Colombia pudiera obtener su primera medalla, en 40 años de participaciones en Juegos Olímpicos.
Sin embargo, una desagradable sorpresa esperaba al deportista y al país, que un año antes lo había ovacionado en Cali 71.
El día del pesaje, Juan Romero Páez registró cien gramos más del peso reglamentario exigido, y antes de la competencia fue eliminado de su participación en los Juegos Olímpicos Munich 72. Con ello se derrumbaba la que era, tal vez, la única posibilidad de medalla de Colombia en ese certamen.


De inmediato los medios de comunicación presentes en la ceremonia del pesaje anunciaron que el deportista colombiano había subido de peso, porque en el desayuno consumió un pollo y un plato de fríjoles. Desde entonces se habló del pollo que eliminó a Juan Romero.
El deportista fue criticado con dureza y se pidieron para él medidas disciplinarias ejemplarizantes, a partir de su expulsión de la delegación.
Su no participación fue aún más dolorosa, porque de manera paralela a la competencia, en un salón auxiliar, Juan Romero levantó 110 kilos en fuerza, 100 en arranque y 130 en envión, para un total de 340 kilos, cinco kilos por encima de los registrados por el campeón de esa categoría en Munich 72.

“El culpable fue mi técnico”: Juan Romero
En ese momento, dice él, “guardé silencio para no perjudicar al verdadero culpable, mi entrenador Espartak Arrutiniani”. Ocho años después dio públicamente su versión de lo sucedido al periodista antioqueño Alfonso Galvis Duque, de El Colombiano: “Todo deportista de alto nivel en pesas, para poder soportar cargas fuertes de entrenamiento debe estar pasado de peso hasta en tres kilogramos, que se empiezan a rebajar tres días antes de la competencia […] El exceso de peso que yo tenía, sin embargo, era relativamente bajo, sólo un kilo y 300 gramos, con respecto a otros torneos internacionales […]

“La víspera de la competencia en Munich, como siempre se acostumbra, la comida fue muy liviana. Consistió en una presa de pollo, un plato de alverjas y un vaso de yogourt. Y al siguiente día, como es lógico, no hubo desayuno y mi peso fue de 53 kilos y 300 gramos, es decir, el mismo kilo y 300 gramos de la víspera, por encima del límite de la categoría de los 52 kilos.

Bellingrodt, con su medalla de plata, en blanco móvil, lograda en Múnich 1972.


“El técnico Spartak Arrutiniani llegó a las 7:30 de la mañana para el pesaje de control. Yo le manifesté mi desconfianza con el peso y le insinué que agilizara el trabajo en el sauna, pero él me respondió que se realizaría como siempre, una hora y media antes del pesaje oficial, que estaba señalado para las 11:00 de la mañana […] Cuando regresó faltaba una hora y diez minutos, es decir, había perdido 20 minutos. Allí empezaron las angustias. Llegamos al pesaje cuando faltaban 45 minutos para concluir. De inmediato entré al sauna y con sorpresa vi que, al contrario de lo acostumbrado en otras competencias, en las cuales la rebaja de peso era de 700 y 800 gramos, sólo rebajé 300, en 15 minutos. Esto mismo ocurrió en dos ocasiones más, y cuando faltaban siete minutos para el tiempo salimos del sauna con 300 gramos de sobrepeso, confiados en que los rebajaría, por la transpiración en el trayecto para llegar al pesaje.

“Al subir la báscula tenía todavía 200 gramos, y como aún faltaban cinco minutos entré en una serie de trabajos físicos para lograr la eliminación del sobrepeso. Inclusive intenté cortarme el pelo, pero no se encontraron unas tijeras. Y al subir por última vez a la báscula me sobraban más de 100 gramos, suficientes para ser descalificado”. Galvis Duque, Alfonso, Una vida llena de marcas, El Colombiano, de Medellín, 30 de abril de 1980.

La escondida ilusión del tiro
La delegación colombiana y el país cayeron en la depresión, porque a la descalificación de Cochise Rodríguez había seguido la de Juan Romero Páez, la única opción que quedaba de una medalla olímpica.
Sin embargo, algo crecía en silencio en otro rincón de la selección nacional. Por tratarse de un deporte poco popular, el país no se enteró de la opción que manejaba el tiro colombiano, alrededor del joven barranquillero de ascendencia alemana, Helmut Bellingrodt Wolff, especialista en tiro al jabalí, en la participación colombiana en los Juegos Olímpicos Munich 72.

Bellingrodt sembró su opción y la fue madurando en sus participaciones previas a los Juegos, como dos intervenciones en las cuales su registro en la prueba estuvo por encima de la marca mundial.

“Quizás mi familia, los tiradores, los dirigentes del tiro y yo éramos los únicos colombianos que creíamos en una medalla, inclusive de oro. La preparación había sido intensa, productiva y creciente en calidad. Y este trabajo contempló el tan discutido tema psíquico, porque además de la seguridad personal que yo manejé, desde hacía varios meses contaba con un apoyo psicológico que me permitió manejar los miedos y llegar tranquilo a la competencia”, recuerda el deportista.

Adelante, Fidel Mendoza, médico de Colombia, en Munich 1972. Detrás, de izquierda a derecha, entre otros: Alfonso Múnera, presidente de la Federación Colombiana de Boxeo; Helmut Bellingrodt, y el narrador Edgar Perea.


Bellingrodt debía disparar en tres jornadas diarias, el primer día, 20 tiros lentos; el segundo día, 20 tiros rápidos, y el tercero, diez lentos y diez rápidos.
El 30 de agosto comenzó la prueba de tiro al jabalí y desde ese día Bellingrodt labró su hazaña, con unas marcas que fueron creciendo.
Ese día, Bellingrodt amaneció con gripa. Su delegado, el también tirador Álvaro Clopatofsky, le llevó el desayuno a la cama, para evitar que saliera muy temprano y fuera afectado por el fuerte frío que hacía en Múnich.
En sus primeros veinte disparos, realizados el 30 de agosto de 1972, Helmut Bellingrodt estableció 191 puntos y terminó el día en el cuarto puesto de la clasificación.

“Yo me sentía muy bien y, además, tranquilo. Sabía lo que podía mejorar en los dos días siguientes”, recuerda el deportista.
El 31 de agosto, en el segundo día de la competencia acumuló 185, para un total de 376 puntos, y ascendió a la tercera posición, es decir, potencialmente tenía en su poder la medalla de bronce.


El 1º de septiembre fue el último día. El tirador barranquillero realizó los diez tiros lentos y sumó 95 puntos. “A partir de ese momento quedé desconectado de la competencia, porque no hubo posibilidades de saber cómo estaba la clasificación antes de la última tanda de diez disparos rápidos. Comencé con más seguridad que antes y sentí que me había ido muy bien. Creía que había ganado una medalla, pero no sabía de qué metal, hasta cuando terminaron todos mis rivales. En ese momento se anunció el resultado final y yo era subcampeón olímpico”, dice Bellingrodt.
Continúa…

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