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Filosofía. En unas lejanas pistas…

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“Viajar en el sonido de la brisa es ser el murmullo de los niños agitados por la vida, es ser distancia y hacedor de maravillas, volverse camino o ilustre pergamino de fantásticas historias en él inscritas…”

Fabio Alfredo Navarro Pasquali

Filósofo de la Universidad Nacional, Abogado de la Universidad Libre de Colombia, Especialista en Filosofía del Derecho y Teoría Jurídica de la Universidad Libre, Magíster en Historia de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha elaborado escritos y artículos como: Descartes y la Historia del Escepticismo; Deuda Externa Latinoamericana y Un Nuevo Orden Económico internacional; Aproximación al sistema judicial 1823-1830. Continuidades y Rupturas; Corte Suprema de Justicia en la República liberal. Una Corte de Oro, entre otros.

Foto: Desmotivaciones.es

Cuando los deportistas paralímpicos nos convocan a las pistas, piscinas, pedanas o donde sea posible la competencia con la que soñaron desde la no lejana infancia, es posible pensar que la búsqueda del ser humano en principio asume la ausencia del sí mismo escindido, pero caminante de la vida como es, se convierte en hacedor de su brillante destino.

En términos del filósofo alemán Rudiger Safransky en su obra ¿Cuánta verdad necesita el hombre? discurre el ser humano desde la infancia y sus sueños de mágicos lugares y esplendorosas victorias, pese a los distintos escenarios que en el despliegue de la vida pudieren surgir o acompañar desde siempre.

“Casi todos los sueños triunfales en los que dentro y fuera, conciencia y ser, yo y mundo coexisten en mágica unidad se alimentan del repertorio de imágenes de una infancia recordada o imaginada”. (Safransky, 2004)

En esas trascendentales escenas de la infancia y la vida en general, Safransky acude a un relato de origen chino en donde se narra la historia de un viejo pintor, que a lo largo de su existencia, pintó un único cuadro y cuando lo hubo terminado reunió a sus amigos para que apreciaran su obra y manifestaran su opinión al respecto de la misma.

Un parque rodeado de bellos y ondulantes prados por los cuales trazó un camino que llevaba a una casa que se hallaba en lo alto de una colina. Una vez los amigos finalizaron la inspección del cuadro volvieron a mirar hacia el lugar en donde se encontraba su amigo el pintor; con sorpresa observaron que éste ya no estaba junto a ellos, al volver la mirada hacia el cuadro le vieron avanzar por el camino  hasta  llegar a la casa, se volvió hacia ellos y sonriendo “les dio nuevamente la espalda y cuidadosamente cerró tras de si la puerta dibujada.” R. Safransky.

Así, el deportista que a lo largo de su vida avanza por senderos que lo alejan de su inicial proceso, para ir por ese camino que serpentea entre suaves e inclinados prados,  finalmente alcanza la casa de los sueños, abre  la puerta, gira hacia sus asombrados amigos,  sonríe como el viejo pintor con cara de niño o niña y se adentra  en sus sueños  junto a los suyos, aquellos con quienes de la mano hizo sus primeros pasos y con los que poco a poco fueron creyendo en el camino–caminante y en la casa que se transformó en pista o escenario de múltiples colores.

Foto: Compara Online.

El viejo pintor se asomará por la ventana con su cara de niño o niña y verá ondear pañuelos de las gentes que llegadas a ese punto entendieron las palabras de algún incipiente escritor, en una larga noche de montañas, “viajar en el sonido de la brisa es ser el murmullo de los niños agitados por la vida, es ser distancia y hacedor de maravillas, volverse camino o ilustre pergamino de fantásticas historias en él inscritas…”(Escritos de montaña, F.Navarro)

Y entonces, el viejo pintor con su cara de niño o niña y su distante mirada, decidióavanzar a la máxima velocidad posible en las pistas o en las aguas que pintó, para ir por ellas soñando que llevaba la  esperanza  a quienes en sus casa lo miraban con sus ojos de niños o niñas y se veían como él o ella, triunfando con la sola presencia  en el podio, escuchando distantes acordes.

Una vez terminado el   cuadro  se abrió la puerta olímpica trazada como ejercicio de existencia-libertad, para así entrar en la casa común, mientras nosotros, sus espectadores, vemos a lo lejos la sonrisa que se convirtió en leyenda.

Cerrar la puerta de la casa tras de si, es el comienzo en lo más alto de los prados circundantes en los cuales sus amigos, que aún esperaban para dar una opinión sobre el cuadro, decidieron acercarse a la ventana, sin saber que saldrían de esa escena para convertirse en espectadores, cuya crítica se desvanece en el ejercicio del pintor como ser ahí que reconfigura el mundo sin pedir permiso ni contar con el aval.

Rudiger Safransky. Foto: ABC.

Por fin entendieron, diría Safransky  y  a la distancia  Nietzsche, que la puerta no es una puerta, que la puerta abierta es conciencia y libertad, es un viejo pintor con cara de niño o niña que sonríe sin motivo, pero con toda la razón que le asiste a quien se atreve a pintar una casa en lo alto de una colina y la convierte en cajón de sueños, una pista con sus vallas o sin ellas, unas pesas muy pesadas, piscinas azuladas, espadas, sables o floretes, bicicletas, una que otra jabalina y todos aquellos juguetes que de niños o niñas permitieron soñar con una medalla. Más allá de las precarias   verdades de quienes esperaban su turno para expresarlas.      

Pasado y futuro no son dos momentos distantes en la historia humana,  sino que convergen en este instante,  en  el aquí y el ahora,  en dónde el viejo pintor con su cara de niño o niña, recorre el camino para abrir la puerta y configurar el mundo hasta el punto de hacer desaparecer el cuadro con todo y pintor,  para luego, frente a todos, afirma Safransky,  hacer reaparecer el cuadro  con todo y pintor, abriendo la casa desde adentro permitiendo el baño de dorada luz por toda ella.

Bibliografía

Safransky, R. (2004). ¿Cuanta verdad necesita el hombre? Barcelona, España: Lengua de trapo, SL.

Navarro. F. (2015) Tiempo y trascendencia. Bogotá. Revista Científica. Universidad Incca de Colombia. Vol. 20. No 2.

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