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Filosofía. Mujer, educación y democracia (II)

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La autoridad del maestro, del autor, la fuerza de la tradición, las costumbres y demás elementos que nutren los idearios propios de los pueblos, sus creencias tienen la doble posibilidad de convertirse en condiciones propias del progreso o en rémoras que lo obstruyen.

Foto: La Tercera.

Fabio Navarro Pasquali

Filósofo Universidad Nacional, Abogado Universidad Libre.

Educación y ciudadanía

La educación debe necesariamente recalar en los elementos sobre los cuales construir ciudadanía y consecuencialmente democracia y para ello debe, necesariamente, dar prioridad a la autenticidad de la enseñanza, dejando los aspectos prácticos al nivel propio de la evolución educativa, es decir, el camino de lo auténtico develará los aspectos prácticos que hayan de tenerse en cuenta por parte del maestro en la interacción con el alumno.

En ese punto deben tenerse en cuenta, sin lugar a dudas, las expresiones sobre las cuales gravita la educación y que hacen de dicho proceso el escenario en el cual confluyen la tradición culturalmente señalada y afirmada, y de la cual se pretende en múltiples casos recabar el concepto supremo de autoridad académica.

La autoridad del maestro, del autor, la fuerza de la tradición, las costumbres y demás elementos que nutren los idearios propios de los pueblos, sus creencias tienen la doble posibilidad de convertirse en condiciones propias del progreso o en rémoras que lo obstruyen.

Para enfrentar tal dilema, que resulta ser de máxima consideración en el desarrollo de la educación como proceso deberá necesariamente el maestro evaluar las condiciones adecuadas para privilegiar uno de los extremos en conflicto.

Para ello deberá ponderar con suficiencia las condiciones implícitas y explícitas de cada uno de los factores confrontados, esto es, la tradición, su peso específico y los desafíos de la modernidad con sus avatares; analizar el momento histórico de la toma de su decisión, y la fundamentación suficientemente aclaratoria del por qué inclina su privilegio decisorio en una u otra dirección. El estudiante deberá conocer y seguir todo el proceso de pensamiento del maestro y avalarlo, si fuere el caso, o establecer los parámetros de su crítica en profundidad.

Debe aclararse que no es un proceso sencillo. El maestro afirmado sobre su experiencia y conocimiento incide en las decisiones respecto de los juicios de valor que sus estudiantes tracen en uno u otro sentido. Al momento de tomar una decisión y haberse equivocado en la ponderación valorativa de uno de los extremos dilemáticos habrá no solo gestado su propia equivocación, sino que esta hace tránsito al discurrir cotidiano de sus estudiantes.

La complejidad del problema resulta ser mayor, si apreciamos que no solo se trata de analizar un evento cualquiera, sino que se trata de observarlo y entenderlo en contexto, es decir, asumir que tienen una raigambre cultural, unos anclajes sociales y por ello su manifestación y presencia en el entorno popular.

¿Rigidez o flexibilidad?

Rigidez o flexibilidad, otro dilema que aparece en el curso de ese proceso educador. Es decir, atenerse a la tradición o variar sustancialmente las apreciaciones y conceptos en favor de unas nuevas posturas o de unas posturas que tradicionalmente se han manifestado como sustancialmente afectas al cambio de enfoque educativo, social, político, etc.

Deben sostenerse los elementos propios de la tradición sobre los cuales se puedan articular los cambios que el diario vivir de los pueblos así requiera. ¿Pero, cómo identificar tales elementos culturales en ese abigarrado entorno? ¿Cómo destacar sus personajes sin el menoscabo del paso del tiempo que puede hacer de ellos simples títeres de la historia? ¿Cómo entender sin el autoritarismo de una moral impuesta, qué conducta de los ciudadanos puede elevarse a rango de ley universal? Y finalmente ¿Cómo hacer para que esa ley universal no sea un proceso de homogenización de identidades sino que sea el lugar de la multiplicidad, identitaria de la unidad donde no se agotan esas identidades sino que ocupan su propio lugar.

Educación, formación, ciudadana y democracia

La educación, como proceso de formación ciudadana, en atención a la construcción de democracia ha de atenerse entonces al rígido proceso de la formación en valores que debe conducir a entender y practicar con la suficiente flexibilidad las diferencias entre los seres humanos, sus propias deficiencias, pero también sus aprontes y aportes culturales en términos de construcción social.

Ese reconocimiento del otro es un volver al otro deslegitimado y recomponerlo a él, en tanto nos recomponemos nosotros ante él. No es un proceso en el cual una de las partes “reconoce” al la otra como parte de una relación no biunívoca, sino que termina siendo una impostura que mantiene las relaciones en los términos ya dados, es decir, un alguien que desde su lugar social dice reconocer a quienes han sido históricamente invisibilizados.

Surge entonces la pregunta por el ser humano, y henos de vuelta a Hoyos:

“Pero esta pregunta por la verdad del ser, que es precisamente la que define al ser humano, a su existir en cuanto Dasein, se ha olvidado desde hace mucho, desde los orígenes de la filosofía como ciencia primera en Grecia. Al ser olvidada ha perdido sentido, se la considera no pertinente, no útil, no necesaria para el hombre contemporáneo, cuyo sentido de ser es cada vez el de la ciencia , la técnica , la tecnología y la innovación. Términos de una lógica lineal que no requiere ser referida a la sociedad.” (Hoyos, 2007, p.22).

¿Resignificar al ser humano es entonces el escenario propio de la educación en términos de formación de ciudadanos, multitud que deviene potencia constitutiva en los mejores términos de Spinoza en el Tractatus Theologicus Políticus?

Resignificar al ser humano en términos de la educación significa no quedarse en el escenario teórico de la enseñanza, sino que debe asumirse el gran contexto en el cual sin lugar a dudas la práctica adquiere sentido profundo. Si se mantiene la propuesta inicial en términos de la triada educación – ciudadanía – democracia, esta última deviene como el ejercicio reiterado del proceso descrito en tanto resultado, pero también como su insumo fundamental, es decir, para que ella sea el resultado debe ser también la propuesta.

Esto lleva a pensar que el maestro en su pretensión formadora no solo debe contemplar el despejar de sombras el camino de su estudiante, sino que habrá de entender que a través de él es posible develar las sombras que acompañan el entorno de aquel que le escucha, pero también las propias porque en ese proceso así descrito, el estudiante, no es uno sino muchos incluyendo al maestro.

Maestro o maestra y estudiantes no son fragmentos de una realidad desolada, atomizada sino que constituyen el entorno sustancial en el cual se construyen mutuamente.

Volver a lo humano

Pregunta que puede pasar por insensata ¿Cómo es posible pensar en un volver a lo humano si ni siquiera supimos que nos habíamos ido? ¿En qué momento la palabra, nuestra palabra dejo de ser el espacio de la intersubjetividad, del acercamiento, de la posibilidad de construirse, diferenciarse, sentirse auténtico, autónomo, no medible, no técnica ni tecnológicamente posible en términos de un alto rendimiento valorado competitivamente?

Es posible acercarse a una respuesta si se piensa en una educación que no alcanza para todos o que si alcanza se funda en el monólogo de la tristeza o del saber competitivo no solidario, ajeno a los silencios de quienes no pueden apropiárselo y lo ven como el adorno ilustrado, displicente, de palabra vertical no horizontal que no teje espacios sociales porque no los entiende.

“(…) Husserl era consciente del significado de la comunicación humana para restaurar el sentido auténtico de lo humano, que también para él, así su fenomenología trascendental se quedara rezagada en ese punto decisivo, solo se realiza a partir de la intersubjetividad.” (Hoyos, 2007, p.68).

Esa intersubjetividad dada en el escenario de la palabra, de la comunicación surge como presupuesto de nuevos paradigmas que asumen más allá de la centralidad de la razón a la comunicación:

“Por ello podemos decir que el cambio de paradigma es la detrascendentalización de la razón. Ya no se trata de preguntar por las condiciones de posibilidad del conocimiento a partir de la autorreflexión sobre una razón que constituye, sino que se intenta reconstruir las distintas formas de conocer y de actuar comunicativamente en el mundo de la vida.” (Hoyos, 2007, p.72).

Conclusiones

A lo largo, a través y en favor de la triada educación– ciudadanía – democracia, debemos anotar que la comunicación es elemento y condición que la hace posible. A contrario sensu, no es posible siquiera suponer una democracia en la que el silencio sea el mérito atribuible al ciudadano “ejemplar”.

Una democracia en silencio es el colofón de una educación vacua y sin sentido, de una enseñanza en la que las ciencias, que tienen como objeto de reflexión al ser humano, han sido relegadas y sometidas a estigmatización.

No es posible pensar una democracia que no tenga como línea transversal el ejercicio de la igualdad como derecho que hace posible la reivindicación de otros tantos, en el horizonte ciudadano. Entender las diferencias, es aceptar la existencia del otro u otra que piensa y siente distinto, sin que por ello se pierda el sentido crítico en cuyo ejercicio es posible tal construcción democrática.

La formación en valores y el diálogo permanente, deben ser entendidos como elementos consustanciales de todo proceso educativo, es decir, la educación como proceso democrático en el cual se privilegien, en consonancia, escenarios de igualdad y libertad.

La escuela como lugar de recepción del discurso igualitario en el cual pluralismo y multiculturalismo, siguiendo el pensamiento de Añón en el texto Igualdad, diferencias y desigualdades, sean la teoría y la práctica más importante a desarrollar por el ciudadano, en nuestro caso por niños y niñas que desde ese lugar primario nutren los procesos sociales.

Para concluir, es necesario dejar en claro que toda reflexión sobre la mujer atraviesa necesariamente el conjunto social, cultural y político del cual ella es parte sustancial.

Pensar a la mujer supone hacerlo entendiendo su propio lugar de producción, es decir, más allá de la descripción apasionada del poeta, que también tiene su lugar, están los derechos políticos, jurídicos, económicos, sociales y culturales de los cuales tiene que apersonarse y dar cuenta en el día a día de su existencia y en los roles que desempeña.

Referencias Bibliográficas

AÑÓN, María José. Igualdad, diferencias y desigualdades. México. D.F., Distribuciones Fontara, 2001.

ARIAS LONDOÑO, Melba. Derechos humanos de la mujer, del niño y del adolescente. Santafé de Bogotá, 1996.

HOYOS VÁSQUEZ, Guillermo. SERNA ARANGO, Julián. GUTIÉRREZ RUIZ, Elio Fabio. Borradores para una filosofía de la educación. Bogotá, D.C., Siglo del Hombre Editores, 2007.

HOYOS VÁSQUEZ, Guillermo. Las ciencias necesitan de las humanidades y las artes. Innovación y Ciencia. Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, Vól. XVII, No 3. Bogotá, D.C., 2010.

LACLAU, E. y MOUFFE, Ch. Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006.

RUIZ PATIÑO, Jorge. La política del Sport. Élites y deporte en la construcción 11 de la nación colombiana. 1903 – 1925. Bogotá, D.C., PUJ, La Carreta Editores, 2010.

GAVIRIA, Carlos. Sentencia de Constitucionalidad 022/96. Corte Constitucional Colombiana. Constitución Política de Colombia. Bogotá, D.C., Legis, 1996.

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