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Bodas de Oro I. Galindo y su sueño panamericano

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El siguiente texto fue escrito por Ramiro Galindo Quintero, hijo de Alberto Galindo Herrera, creador e impulsor de la idea de realizar en Cali, los Juegos Panamericanos de 1971. Estos son algunos recuerdos de la etapa previa a esa gran gesta, que cumplió 50 años y que le cambió la historia al deporte colombiano.

Alberto Galindo Herrera, de 22 años, en el estadio de Versalles, de Cali, como director de los Juegos Interbarrios, en 1939.

Por Ramiro Galindo Quintero

Abogado, con maestría en administración. Consultor en inversiones estratégicas inmobiliarias. Dirigente en actividades subacuáticas y en la Federación Colombiana de Raquetbol. Y conferencista, en principios y valores éticos corporativos a nivel nacional.

Con sus amigos de la época, jóvenes de las familias influyentes caleñas, en el Estadio de Galilea, ubicado en los terrenos que ocupa actualmente la Clínica de Occidente, en el tradicional Barrio Versalles, de Santiago  de Cali, mi padre motivó e impulsó sus primeras actividades organizativas deportivas, que condujeron a la creación de los Primeros Juegos Interbarrios de Cali. Era tal su pasión, que con ese grupo de jóvenes entusiastas, entre quienes recuerdo a don Carlos Olano Cruz y a don José Otoya, le echaron personalmente el carboncillo para la  pista de atletismo del estadio; organizaron la Vuelta Atlética a Cali; impulsaron la construcción de canchas de basquetbol detrás del Teatro Jorge Isaac. Desde entonces, mi padre se distinguió por ser la futura promesa del dirigente visionario, altruista, respetuoso e integrador de las ideas de los demás, calidades y cualidades que le serían reconocidas posteriormente, por todas las personas que tuvieron la fortuna de conocerlo y trabajar con él.

Ya por ese entonces, don Alberto, Contador Público Juramentado de profesión, era un profundo investigador del conocimiento, propio de su perfil de autodidacta, amante hasta el máximo del deporte, conocedor de la historia, en especial del olimpismo, tanto antiguo como moderno, inspirado en el Barón Pierre de Coubertin, gestor y propulsor de los Juegos Olímpicos Modernos en 1894,  que luego, el 24 de marzo de 1896, en Atenas, se llamarían “Primeros Juegos Olímpicos Internacionales de Atenas”,  según palabras pronunciadas por el Rey Jorge de Grecia. Don Alberto Galindo Herrera dio inicio a “su llamado” de ser el hombre, que a través del deporte cimentaría las bases de transformación y desarrollo de toda una región colombiana, desde Cali, su amada ciudad que lo vio nacer y crecer, por  la que al final daría su propia vida.

Galindo Herrera, segunda fila, con el Presidente, General Rojas Pinilla, en 1953, revisando las piscinas olímpicas, que hoy llevan su nombre, destinadas a los Juegos Nacionales de 1954, en Cali.

Los VII Juegos Atléticos Nacionales, de 1954

Cuando era ya un hombre adulto, pero aún muy joven, contrajo nupcias con doña Matilde Quintero Escobar, distinguida y elegante dama de la sociedad bugueña, nacida en el hermoso municipio vallecaucano de Roldanillo, de cuya unión eterna nacieron Stella, María Eugenia, Rafael Alberto, Eduardo, Jaime y Ramiro Galindo Quintero, quien por el amor dado por sus padres, se atreve a exaltar la vida y obra de su padre

Todo comenzó en 1950, cuando desde la Presidencia de la Liga de atletismo del Valle  lideró con un grupo de dirigentes vallecaucanos, la idea de escoger un equipo para ganarse los VI Juegos Nacionales de 1950, en Santa Marta, como requisito para lograr la sede de los Juegos Nacionales de 1954, que le darían la plataforma para gestar una transformación del Valle del Cauca y de Cal. Todo, porque tenía los antecedentes del gran aporte que le hicieron al Valle y a Cali, los I Juegos Nacionales Deportivos de Colombia en 1928.

Y lograron ganar los Juegos de Santa Marta, con figuras como Jaime Aparicio, quien ganó las seis medallas doradas en atletismo (100 m., 200 m., 400 m., 400 m. vallas, relevos 4X100 y relevos 4X400).

Alberto Galindo Herrera, con el presidente de facto de Colombia, General Gustavo Rojas Pinilla.

Se encontraba en la plenitud de su poder el General Gustavo Rojas Pinilla, quien a la postre sería el mecenas y pilar para el éxito de los VII Juegos Atléticos Nacionales de 1954, cuyo Director General sería don Alberto Galindo Herrera, con 37 años de edad. Es necesario hacer una corta retrospectiva de su inmensa capacidad de liderazgo, tanto regional, como nacional e internacional.

Por correspondencia, escribiendo un perfecto inglés, y transmitiendo con clara visión y sólidas argumentaciones, ya había conquistado la credibilidad, confianza y amistad personal de Avery Brundage, quien entre 1952 y 1972 fuera el Presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), quien apoyaría decididamente a mi padre, en su gran gesta panamericana.

En razón de lo anterior es que los VII Juegos Atléticos Nacionales de 1954 fueron los primeros en Colombia en ser organizados, bajo todas las normas reglamentarias y competitivas exigidas por el Movimiento Olímpico Internacional. Fue en 1953, cuando don Alberto Galindo, en entrevista personal le pidió al General Rojas Pinilla su apoyo gubernamental, para remodelar, adecuar y convertir a 50 metros, las antiguas Piletas Públicas Municipales, hoy Piscinas Olímpicas Alberto Galindo Herrera, en ese entonces de solo 33 m. de longitud, no aptas para ser avaladas por el COI. Además lo apoyó para la construcción de una cancha coliseo multiusos para basquetbol, voleibol y otras disciplinas deportivas (hoy Gimnasio Evangelista Mora ), todo a cambio de una propuesta a la cual no se resistiría el General Rojas Pinilla: la participación y vinculación de las Fuerzas Armadas de Colombia a los Juegos, con todos los derechos y deberes de un departamento. Así nace la Federación Deportiva Militar.

Luego de lograr una impecable organización deportiva, los VII Juegos Atléticos Nacionales catapultaron a Don Alberto Galindo Herrera, como el gran dirigente cívico y deportivo vallecaucano, quien en adelante no paró nunca más en la permanente y constante actividad de organizar grandes eventos deportivos.

Acompañado por el primer campeón panamericano colombiano, el también vallecaucano Jaime Aparicio, primero a la izquierda.

En el atletismo, su deporte de la juventud, tuvo el sabio acierto de impulsar al primer gran atleta colombiano, Jaime Aparicio Rodewalt, nacido en Lima, Perú, pero traído a Cali a los cinco meses de edad, hoy, con el inmenso honor de tenerlo entre nosotros a sus más de 90 años de edad. Aparicio fue el primer campeón colombiano en unos Juegos Panamericanos, porque ganó el oro en los 400 m. con vallas, en la celebración pionera, en Buenos Aires 1951.

Entre sus múltiples realizaciones deportivas, en aquellas en las que colaboró en  la Unidad de Acción Vallecaucana, desde la Fundación Carvajal, en compañía de don Jaime Carvajal Sinisterra, se destacaron el Campeonato Suramericano de Atletismo y los campeonatos  Centroamericanos y del Caribe de Natación, que le dieron en la práctica la visión deportiva internacional, que le permitió visualizar mejor el área panamericana.

Las bases del sueño panamericano

Es en el mismo 1953, que don Alberto, ya inspirado por el sueño panamericano, en un inteligente y estratégico memorando de seis páginas resume y contiene,  las múltiples e irrefutables razones por las cuales, a Santiago de Cali, se le debería conceder la sede de los II Juegos Panamericanos de 1955, finalmente celebrados en ciudad de México D.F., anhelo que sólo se logró,  sin poderlo ver realizado, 14 años después, el 22 de Agosto de 1967, en la ciudad de Winnipeg, Canadá, cuando le fue otorgada a Cali, la sede de los VI Juegos Panamericanos de 1971.

Galindo Herrera, de pie a la derecha, con amigos, entre ellos Adolfo Carvajal, extrema izquierda, primer director de Coldeportes.

De 1952 a 1966, año de su partida, don Alberto laboró en Carvajal & Cía., hasta convertirse en hombre de confianza de don Manuel Carvajal Sinisterra, ilustre industrial, presidente y patriarca de la primera empresa multinacional colombiana y netamente vallecaucana. Fue en este escenario empresarial que conoció e hizo amistad con lo más granado de los líderes sociales, políticos, religiosos, empresarios, militares, comerciantes, deportivos y de todas las demás esferas de la sociedad vallecaucana, colombiana y también internacional. Tuvo la capacidad, de liderazgo y la visión de inspirar a una pléyade de líderes y dirigentes vallecaucanos, alrededor de un sueño, de una idea poderosa, que cambiaría el destino de Cali y de nuestra dulce región  vallecaucana. Por eso fue un líder inspirador, hacedor, motivador y ejecutor, en cortas palabras, un verdadero líder de líderes.

Como Presidente de la Liga de Atletismo del Valle, lidera con su amigo, Enrique Ortiga Sanclemente, Presidente de la Federación Colombiana de Atletismo, el Campeonato Suramericano de Atletismo Cali Valle 1963, fiesta deportiva que le da un mayor conocimiento y reconocimiento internacional.

Y en ese mismo año, en la famosa discoteca de la época Saint Tropez, ubicada al frente de la hermosa construcción del Batallón Pichincha (hoy sede del CAM), en donde se encuentra el actual Centro Cultural Jairo Varela, en pleno Paseo Bolívar, por fin, Alberto Galindo Herrera, convencido e irradiado por su sueño panamericano convocó al grupo de amigos, que a pesar de tan quijotesca y a veces absurda idea asistieron para escuchar la propuesta de obtener la sede para Cali, de los VI Juegos Panamericanos para 1971, la cual se le otorgaría en Winnipeg, Canadá, durante la quinta versión de los mismos.

En esa trascendental e histórica reunión, en la que se inició la conformación del Comité Pro Sede de los Juegos Panamericanos, participó el joven y ejecutivo abogado Jorge Herrera Barona, quien le puso a mi padre el remoquete de El Loco Panamericano, e, irónicamente, tiempo después recibiera la posta de manos de mi padre, en su lecho de muerte, en nuestra casa paterna del Barrio Santa Mónica, de continuar y ejecutar con lujo de detalles el más grande certamen deportivo del ciclo olímpico que se haya llevado a cabo en Colombia, hasta la fecha.

De izquierda a derecha, el general José de Jesús Clark Flórez, presidente de la ODEPA; Alberto Galindo Herrera, y Enrique Ortiga, el Presidente de la Federación de Atletismo.

Gestión internacional

El remate de excelencia de su gestión,  sumada a los múltiples viajes al exterior, financiados de su propio peculio, cuyas cuentas a veces eran insólitamente glosadas por la Junta Departamental de  Deportes del Valle, hoy, Indervalle, en 1964, la enmarcó con su decisión de viajar de sorpresa a Quito, Ecuador, para encontrarse con el general mexicano José de Jesús Clark Flórez,  presidente de la Organización Deportiva Panamericana, ODEPA. Allá obtuvo el  apoyo determinante de este también gran dirigente, de obtener la sede para Cali de los Juegos Panamericanos de 1971.

Tanto fue su compromiso que aún después de fallecido mi padre, en Winnipeg 1967, el general respetó el voto favorable para nuestra ciudad. Construyó mi padre, amistades con el Presidente del COI, con el Presidente de la ODEPA y con la casi totalidad de embajadores y presidentes de los comités olímpicos nacionales de los países del área panamericana. Previamente lo había hecho con la sociedad caleña y vallecaucana, y con los gobiernos nacionales, municipales y departamentales.

De 1963 a 1966, tres años de mucho trabajo

Mi padre logró proyectar y poner a funcionar su primer gran equipo del Comité Pro Sede, que constituyeron  la estructura y soporte que le garantizarían el éxito de su misión. Así pues, don Alberto Galindo Herrera, a sus 46 años de edad, tenía el camino expedito.

Entre 1963 y 1966, con el respaldo irrestricto de su jefe, don Manuel Carvajal Sinisterra, y, por supuesto, el de nuestra abnegada madre y esposa, desarrolló el arduo trabajo diario para conquistar su sueño panamericano. Tiempos sin internet, sin fax,  sin tecnología, solo télex, teléfono y máximo marconigramas de Telecom, eran las herramientas para comunicarse con los líderes del continente.

Una hepatitis, no muy bien cuidada en su juventud, ligada a su infatigable y excesiva capacidad de trabajo y al hecho que durante 1966 solo tuvo un promedio de tres a cuatro horas de descanso diario, pues de madrugada, se levantaba a conectarse con los países del hemisferio americano, para fortalecer sus lazos de amistad con los embajadores colombianos y los presidentes de los respectivos comités olímpicos nacionales, literalmente, le deterioraron su salud, de manera acelerada.

En septiembre de 1966 le diagnosticaron un cáncer terminal del hígado, del cual no se pudo volver a levantar, y murió a las 12:00 del mediodía del sábado 31 de diciembre de 1966, rodeado del amor de toda su familia. Como un gran hombre creyente y trascendente, antes de expirar  pronunció sus últimas palabras: “En mi espíritu y en mi corazón, entiendo y acepto con humildad,  la grandeza de ir a encontrarme con mi Señor”.

Fotografías: Ramiro Galindo Quintero.

Continúa en la siguiente crónica, de esta misma edición.

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