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Añoranzas. Mis primeros 13 Juegos Olímpicos

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Por Héctor Urrego Caballero

Periodista deportivo

Los siguientes son algunos recuerdos del colombiano que más ha asistido a unos Juegos Olímpicos, primero como ciclista y luego como periodista, quien interrumpirá su secuencia en Tokio 2020, por el tema de la pandemia.

Creo no estar descubriendo nada nuevo  si escribo que el sueño  de una persona  que se dedique al deporte en todas sus manifestaciones (deportista- dirigente, entrenador, acompañante, periodista, aficionado, etc.) en cualquier lugar del planeta es el de ir a unos Juegos Olímpicos. En mi caso, ese sueño no fue diferente desde que la vida me permitió el privilegio de estudiar Educación Física, y como consecuencia de esto ser un modesto ciclista que tuvo el enorme privilegio de competir en los Juegos Olímpicos de México-68, los primeros de una serie ininterrumpida de 13 citas olímpicas que posteriormente el periodismo deportivo en la prensa escrita y la radio me ha permitido cumplir religiosamente cada cuatro años, en el espacio de medio siglo de mi existencia totalmente dedicado al maravilloso mundo del deporte.

Inmodestamente debo decir que he sido testigo excepcional de la fantástica evolución de la humanidad a través del deporte y he visto la manera como la ciencia, la medicina, la investigación, la tecnología,  la política y hasta el terrorismo  salvaje  fueron llegando cada vez con mayor fuerza a la máxima expresión deportiva del mundo  (Los Juegos Olímpicos), en la mayoría de los  casos para su beneficio, en los menos para perjudicarlo y en los más tristes, para convertirlo en campo  de batalla ideológica, racista, religiosa , etc., etc.

Héctor Urrego Caballero, como ciclista de Colombia, en los Juegos Olímpicos México 1968.

Es por ello que los Juegos mexicanos de 1968 no pudieron impedir la aparición del inolvidable Black Power (Poder negro) en el podio de los 200 m. planos masculinos con los medallistas norteamericanos luciendo un guante negro en sus manos levantadas en señal de protesta. Cuatro años más tarde, el terrorismo hizo su trágica aparición en la Villa Olímpica de Munich-72, causando la muerte de 11 atletas israelíes, luego de un sangriento asalto a las instalaciones de la Villa por parte del grupo terrorista palestino Septiembre Negro, lo que concluyó con un episodio no menos sangriento en el aeropuerto muniqués. La sombra del terrorismo siguió campeando sobre la Olimpiada y volvió a hacer su temible aparición en los Juegos de Atlanta 96, en pleno parque olímpico, con la colocación de una bomba por parte de un terrorista norteamericano, que causó la muerte de una mujer y dejo 111 heridos.

Héctor Urrego, como periodista, frente a una de las imágenes de Misha, mascota de Moscú 1980.

Y la política pura también tuvo su coto de caza en los Juegos Olímpicos que he presenciado, siendo los boicots a Moscú 80 y la respuesta a Los Ángeles 84 lo que más recuerdo, para no hablar de algunos choques simples entre países asiáticos en ediciones posteriores que también han dejado huella pero no daños colaterales considerables.

Las ya mencionadas  ciencia,  medicina y tecnología han desfilado por los escenarios olímpicos cada vez con mayor presencia y fortaleza, convertidas en valiosas herramientas para el progreso del hombre y la mujer en la alta competencia cuando se utilizaron bien pero igualmente han sido componentes del engaño y el escándalo, cuando se utilizaron indebidamente, como medio para mejorar el rendimiento de manera artificial  a través del dopaje con métodos y medicamentos  cada vez más sofisticados, que obligaron también al perfeccionamiento en el control, persecución , detección y sanción por parte de las máximas autoridades deportivas , administrativas , jurídicas y hasta policiales en los Juegos y en el deporte mundial .

Fotografía captada en Atlanta, Georgia, Estados Unidos, durante los Juegos Olímpicos de 1996.

Por ello es que me resultan hoy inolvidables entre los  episodios escandalosos, el del gran velocista canadiense Ben Johnson (campeón olímpico de los 100 metros en los Juegos de Seúl 88) que se convirtió  en uno de los más grandes  de la era olímpica moderna en la que también resultó involucrada la formidable gacela norteamericana Marion Jones, reina del atletismo, con tres oros y dos bronces, en Sídney 2000, los que tuvo que devolver al ser encontrada culpable de dopaje en 2007.

Tampoco será fácil olvidar el tormentoso camino de nuestra ciclista María Luisa Calle, inicialmente despojada de su medalla de bronce en la olimpiada de Atenas 2004 y luego declarada inocente y resarcida al cabo de dos años, cuando luego de un histórico proceso de orden científico y jurídico librado ante el COI, la AMA y el TAS le fue devuelta su medalla, cosa que jamás había ocurrido en la historia de los Juegos.

Y me queda también para el recuerdo curioso, el esgrimista soviético  Boris Onichenko   quien fuera  sorprendido en plena competición ganando sus combates gracias a un dispositivo electrónico de su propia invención, en los Juegos de Montreal-76.

En medio de tanta evolución del deporte olímpico, he sido testigo en mis trece Juegos, especialmente a partir de Barcelona 92 , con el baloncesto norteamericano y su famoso “ Dream Team”  y con mayor ímpetu en Atlanta 96, con el ciclismo élite mundial , de la llegada a los Juegos Olímpicos del deporte profesional  auténtico , lo que significó  el entierro del  “amateurismo” marrón e hipócrita que siempre se había pregonado y puesto en práctica por parte de casi todos los países, especialmente por los pertenecientes y clasificados tras la “ Cortina de Hierro” .

Gracias a esa sabia determinación del COI, bajo la presidencia de Juan Antonio Samaranch, el deporte olímpico y sus juegos alcanzaron una dimensión y un prestigio  comercial y deportivo que antes no tenían  y de los que hoy merecidamente gozan a nivel mundial. Desde entonces es posible ver a los mejores atletas del mundo compitiendo entre  ellos, en todas las modalidades olímpicas  y en las mismas condiciones, pues todos los atletas, sin excepción, han ganado y ganan  dinero por entrenarse y competir.

Registro gráfico de Héctor Urrego con la primera medallista olímpica de oro colombiana, María Isabel Urrutia, en Sidney 2000.

Me quedo con el honor de haber  escrito, y relatado durante todo este tiempo -por fortuna lo sigo haciendo- en los más diversos escenarios, las hazañas, derrotas, alegrías y tristezas de los atletas del mundo y, especialmente, de quienes han desfilado y competido con el uniforme de Colombia. He llorado de alegría por sus triunfos y me he conmovido con su tristeza, por no haber logrado el objetivo de cada cuatro años. Los he admirado y respetado, primero como seres humanos y luego como deportistas, pues afortunadamente viví en carne propia lo que es ser deportista olímpico y aprendí a respetar esa condición desde las tribunas de prensa y detrás de los micrófonos, cámaras o computadores que me han permitido estar cerca de ellos y ser testigo de excepción, desde la primera medalla  para Colombia  conseguida en  Múnich 1972  hasta la última,  en  Brasil 2016, que han reflejado el trabajo, esfuerzo  y determinación de cientos de hombres y mujeres de nuestro país, para hacer realidad el sueño de ir a unos Olímpicos en el ejercicio de cualquiera de las funciones escogidas para pertenecer al movimiento deportivo del país, gracias a la existencia y gestión del Comité Olímpico Colombiano y sus dirigentes, entidad que a lo largo de su historia se ha erigido como el pilar sobre el cual reposa la verdadera esencia del deporte colombiano.

Finalmente, cierro con el recuerdo indeleble de las ceremonias inaugurales en Mexico-68, por su autenticidad y Beijing 2008, por su fastuosidad, pero en las trece la emoción y sentimientos por estar allí han sido los mismos. En mi memoria reposan los gestores de históricas hazañas  con los nombres de Bob Beamon y su increíble salto largo de 8.90, en México; Mark Spitz y su colección de seis Medallas de oro en Múnich 72; Carl Lewis, El hijo del viento, en Los Ángeles 84; Nadia Comanecci y  el primer “10”, hecho histórico  en la gimnasia de  Montreal 76, con apenas 14 años; el Dream Team del baloncesto gringo, en Barcelona 92; Michael Phelps, el nuevo monstruo de las piletas olímpicas y su increíble colección de 23 medallas de oro, tres de plata y dos de bronce, en los juegos de Atenas, Pekín, Londres y Rio, como hazaña incomparable e irrepetible, y cierro mis mejores momentos  con el no menos laureado y fabuloso atleta velocista  jamaiquino Usain Bolt, quien tiene en la sala de trofeos de su casa la friolera de ocho oros, obtenidos en Beijing, Londres y Rio.

La cuna del olimpismo, Grecia, también forma parte de las estaciones de Héctor Urrego Caballero, durante los 52 años en los que ha estado presente en unos Juegos Olímpicos.

Y en lo relacionado con el deporte colombiano, jamás podré olvidar a mis compañeros de delegación, Cochise Rodríguez (ciclista) y Álvaro Mejía (atleta, q.e.p.d.) en México 68, y la lección que nos dejaron  desde entonces para no asignar  ni colgar medallas antes de correr,  y de ahí en adelante, tengo siempre presentes  entre tantos, al tirador  Helmut Bellingrodt y la primera medalla para Colombia  en Munich-72;  el boxeador Eliecer Julio, con bronce en Seúl 88,  y a Ximena Restrepo y sus imborrables 400 metros, en Barcelona 92, para cerrar con  broche de bronce el siglo pasado.

Aun hoy, 21 años después conservo en mi memoria cada detalle de la  jornada en que la  formidable pesista María Isabel Urrutia consiguió  el primer oro femenino de nuestro deporte, en Sídney 2000; de María Luisa Calle y el sufrido  bronce en Atenas 2004; de Mariana Pajon y sus dos oros en Londres y Brasil; de Rigoberto Uran y la plata de Londres; de Oscar Muñoz, el juvenil karateca de bronce en Londres; de Caterine Ibargüen, bañada de oro en Brasil; de Oscar Figueroa, el pesista de oro  también en Brasil, amén de tantas otras medallas,  actuaciones y vivencias de nuestros deportistas, las que espero haber honrado en mis 13 Juegos Olímpicos,  doce de ellos como periodista deportivo, a los  que me he referido con orgullo personal y profesional en este escrito, agradeciendo el espacio que  generosamente se me  ha concedido en la REVISTA OFICIAL DEL COC editada con motivo de los Juegos Olímpicos de Tokio .    

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