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Análisis. ¿Por qué Álvaro Mejía Flórez no fue medallista olímpico?

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Alberto Galvis Ramírez
Director Revista Olímpica
Miembro de la Academia Olímpica Colombiana

El pasado 15 de mayo cumplió 80 años de edad, uno de los más grandes atletas colombianos de la historia, el antioqueño Álvaro Mejía Flórez, quien fuera considerado en 1966, como el mejor semifondista del mundo, y candidato a medallista olímpico, dos años después, en los Juegos de Ciudad de México.

Mejía ganó todos los títulos de los certámenes de las áreas Bolivariana, Suramericana y Centroamericana y del Caribe, hasta 1966. En estos últimos Juegos logró la triple corona de los 1.500, los 5.000 y los 10.000 metros. En ese momento, muchos países del mundo habían anunciado su no asistencia, dos años después, a los Juegos Olímpicos de México, por los más de 2.600 metros de altura de su capital, lo que atentaría en contra de la integridad de los atletas. Entonces, las autoridades mexicanas organizaron un certamen que denominaron Semana Preolímpica, para demostrar que la altura no era peligrosa para los atletas, e invitaron a los mejores del mundo, entre quienes estaba este sorprendente colombiano, que había ganado todas las pruebas de semifondo, de un exigente certamen, como eran los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Mejía asistió y derrotó a los dos mejores del mundo, Mohamed Gammoudi, de Túnez, en los 5.000 metros, y Gaston Roelants, de Bélgica, en los 10.000. El año lo cerró con victoria en la entonces afamada Carrera de San Silvestre, en Sao Paulo, Brasil, en la cual derrotó, de nuevo a Roelants, por la abismal diferencia de 53 segundos, la más alta, en la historia de dicha carrera. Terminó el año y Mejía fue considerado por expertos del atletismo como el mejor semifondista del mundo.

Recordar lo que ocurrió con Álvaro Mejía Flórez, en los dos años siguientes, nos permite analizar el antes y el después de la historia del deporte colombiano, porque todo lo que a él le faltó para pelear por una medalla olímpica es lo que hoy tienen nuestros mejores atletas y que ha permitido el actual desarrollo del deporte colombiano.

“Cuando les gané a los mejores semifondistas del mundo, en México 1966, regresé a Colombia, y me pusieron sobre los hombros la candidatura a ser medalla de oro, dos años después, en los Juegos Olímpicos de México y… me dejaron solo”, recuerda Mejía, con tristeza y rabia.

El año de 1966 los cerró Mejía, con un resonante triunfo en la entonces afamada Carrera de San Silvestre, en Sao Paulo Brasil, en la cual aventajó al mejor fondista del mundo, el belga Gaston Roelants.

En estas palabras, Mejía resume su drama, frente a las actuales condiciones que se les brindan a los atletas colombianos, que son las necesarias para cualquier atleta de altos logros se convierta en uno de los mejores del mundo:

  1. Apoyo económico, para su supervivencia. Mejía y sus siete hermanos dependían del trabajo de su padre, Alfonso Mejía, en su empresa de aluminios Indal, en la que se fabricaban ollas, olletas y platones. Sin embargo, el padre murió en 1957, y Álvaro, que era el mayor, debió asumir el papel de papá, velar por la educación de sus hermanos y manejar la empresa, que le exigía trabajar días enteros a altas temperaturas, lo que le generaba un notable grado de agotamiento, además del desgaste propio de sus entrenamientos de atletismo. Estas duras tareas las complementaba con sus estudios, inicialmente, en el colegio Santo Tomás de Aquino (hoy, la universidad del mismo nombre), y después, en la Escuela Militar de Cadetes. En resumen, Mejía no tenía cómo concentrarse únicamente en su atletismo, porque la prioridad era la supervivencias propia y de su familia, y su organismo estaba sometido todo el tiempo a un exagerado desgaste físico. Hoy, por fortuna, nuestros mejores atletas son apoyados por el gobierno y por el Comité Olímpico Colombiano, y viven de los ingresos que les genera el deporte.
  2. Acompañamiento técnico. Mejía fue siempre un rebelde, que no tuvo jamás entrenador, ni siquiera cuando integraba los equipos nacionales y debía estar bajo el mando de los orientadores oficiales, porque pocas veces dejaba que lo aconsejaran. Hoy, nuestros atletas más consagrados cuentan con la orientación de entrenadores profesionales y personal interdisciplinario, que está todo el tiempo a su lado, y encargados de trazar y acompañar sus planes de entrenamiento.
  3. Fogueos. En la época de Mejía, los fogueos eran pocos y para viajar se debía mendigar en los gobiernos y en empresas privadas. Muchas veces viajaba fuera del país, luego de participar sólo en competencias locales, de baja calidad, como ocurría en los años sesenta del siglo XX. Hoy, nuestros mejores atletas cuentan con recursos suficientes para viajar todo el tiempo a participar con los mejores del mundo, es decir, que cuando llegan a las máximas instancias, por ejemplo, a unos Juegos Olímpicos, ya están familiarizados con el más alto nivel de competencia, conocen a sus rivales y ellos los respetan, es decir, pueden participar de tú a tú.
  4. Planificación. En su carrera, Mejía trazaba sus propios planes, con sus empíricos conocimiento. Hoy, la dirigencia deportiva colombiana planifica, por ejemplo, cuatro años antes de unos Juegos Olímpicos, y tiene en cuenta cada detalle que se requiere para llegar a las metas con la mejor preparación.
     
  5. Escenarios. Mientras nuestros mejores atletas del presente cuentan con  escenarios para sus prácticas, en la época de Mejía sólo existía en Bogotá, una pista de carbonilla, en la Universidad Nacional, destinada exclusivamente a la comunidad estudiantil. Muchas veces, Mejía se “colaba” por encima de alguna pared o reja, para llegar a hurtadillas a la pista y hacer su entrenamiento. En incontables oportunidades era detenido por los vigilantes, que lo sacaban como a un ladrón, porque no tenía carné de dicha alma mater. Y era la gran esperanza del atletismo Suramericano, para México 1968.
  6. Lesiones. Durante los dos años siguientes lo acompañaron las lesiones. Todo comenzó en enero de 1967, con una simple gripa, que le duró más de lo usual. Después sufrió una lesión en la columna vertebral y, finalmente, un traumatismo en su pierna izquierda, que le impidió participar en una gira por Estados Unidos y cancelar varias presentaciones en Europa. Esto lo llevó a redoblar sus entrenamientos, para tratar de recuperar el tiempo perdido, lo que le provocó continuas saturaciones físicas. El poco desarrollo de la medicina deportiva de entonces y la ansiedad del atleta impidieron que se recuperara pronto, para retomar los entrenamientos planificados., de manera adecuada Hoy, nuestros atletas cuentan con la asistencia de las ciencias médicas, que han alcanzado un desarrollo importante en nuestro país.
  7. Apoyo psicológico. Este fue un punto clave, para que Álvaro Mejía Flórez fracasara en su empeño de ser medallista olímpico, aún con las condiciones necesarias para lograrlo, porque, antes de obtener las dos victorias en la Semana Preolímpica de Ciudad de México, era un desconocido, y después de esto se convirtió en el número uno del mundo, vigilado por todos sus rivales, lo que incrustó en su mente, toneladas de temores, que no supo desterrar. Igualmente,  las lesiones minaron su resistencia psicológica y pudieron influir en la lentitud de su recuperación. Cuando llegó a Ciudad de México, en 1968, para competir en los 10.000 metros “sólo quería que esta pesadilla terminara pronto”, recuerda. Fue tal su nerviosismo, que “se robó” la salida, de una competencia que por lo larga es casi imposible que un atleta cometa esta falta. Al final terminó décimo. Confiesa que cuando cruzó la meta descansó del trauma que lo acompañó casi durante los dos últimos años. Como lo mencionamos, hoy, nuestros atletas cuentan con el apoyo de sicólogos expertos, que los ayudan a recuperarse mentalmente de los difíciles momentos de crisis.
Álvaro Mejía Flórez, víctima de la ansiedad y el nerviosismo “se roba” la salida de los 10.000 metros planos, en los Juegos Olímpicos México 1968.

En los años siguientes, Mejía logró figuraciones importantes, como ser el primer latinoamericano en ganar la maratón más antigua del mundo, la de Boston, en 1971, y el tercer lugar en los 10.000 metros, en los Juegos Panamericanos Cali 1971.

Álvaro Mejía Flórez fue una gloria del atletismo colombiano en la década de los años sesenta del pasado siglo.

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