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Análisis. No perdamos la cabeza ni seamos injustos

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Por Baltazar Medina

Expresidente Comité Olímpico Colombiano

Baltazar Medina.

Han terminado los Juegos Olímpicos Tokio 2020, un evento totalmente atípico por donde se le mire y, por ende, sin punto de comparación con ninguna de las versiones anteriores de los Juegos. Ahora empiezan los debates, las críticas, los juicios de valor acerca de lo que pudo haber sido y no fue, y es ahí en donde debemos evitar caer en la subjetividad, de analizar resultados fuera del contexto en donde se dieron.

Es entendible que a la luz de los resultados de los Juegos Olímpicos de Londres y Río de Janeiro, en los cuales nuestro país dio un salto de calidad muy importante en su desarrollo deportivo, el pueblo colombiano, en general, y los aficionados al deporte, en particular, se hubiesen creado una expectativa, entendible desde todo punto de vista, de unos logros superiores en Tokio en  todos los aspectos, para seguir soportando el reconocimiento que hoy se nos hace como el país de mayores avances en su desarrollo deportivo de nuestro continente. Pero, finalmente esos anhelados resultados no se dieron por muchas circunstancias adversas a ese propósito,  que no podemos desconocer a la hora de calificar el desempeño de nuestros atletas.

La primera adversidad que afrontaron fue en contra de su preparación para competir en los eventos clasificatorios y se presentó en marzo de 2020, con la orden de confinamiento de toda la población, como medida preventiva de los riesgos de contagio del COVID-19. A partir de ahí empezó la angustia de nuestros atletas ante la incertidumbre de la programación de los eventos pendientes para clasificar más del cincuenta por ciento de los cupos aún pendientes para Tokio. La figura del “entrenamiento en casa” no fue más que una bella metáfora, para enviar un mensaje de esperanza a los atletas y proteger su salud mental, pues no hay que esforzarse mucho para entender que un atleta de alto rendimiento solo se puede preparar debidamente es los espacios naturales de su deporte

Finalmente ocurrió lo inesperado, pues muchos eventos clasificatorios se cancelaron y se recurrió a otros sistemas de clasificación poco favorables para nuestras aspiraciones de clasificar un buen número de atletas, lo cual, sumado a la no clasificación de ningún deporte de conjunto, terminó reduciendo significativamente el tamaño de nuestra delegación. No se cumplió el primer objetivo, que era, por supuesto, seguir creciendo numéricamente nuestra delegación, con referencia a Londres y a Río de Janeiro

Se dice que lo que es igual para todos no representa ventaja para nadie, pero no podemos perder de vista tampoco que si bien el virus y sus efectos negativos afectaron al mundo entero, el continente americano fue el más perjudicado y nuestra región (Suramérica) mostró los más altos índices de contagios y mortalidad, por lo cual el retorno a una aparente normalidad para retomar la preparación de los atletas, tardó más que en otros lugares del planeta, y ese tiempo perdido cobra caro a la hora de la competencia

Sin embargo, en medio de tanta adversidad, nuestros atletas viajaron a Tokio con la fe y el optimismo que los ha caracterizado, cada vez que compiten en busca de un buen resultado, lo cual no se dio, al parecer de muchos que solo miran la competencia con el racero del éxito representado solo en medallas, pero se olvidan de todo el esfuerzo y todos los sacrificios que preceden al momento de la competencia, en la cual, en unos cuantos segundos, minutos o escasas horas, todo puede estar en su contra, y la frustración de no alcanzar un sueño por el que se luchó con toda la entrega y compromiso, propios de los buenos competidores, termina siendo el resultado inesperado.

También es propio de los buenos competidores reconocer los méritos del rival cuando se pierde y quizás pueden resultar más útiles, pensando en el futuro, las experiencias y enseñanzas que quedan de una derrota bien asimilada, frente a los riesgos de una victoria, cuando no se le sabe poner riendas a la vanidad de la fama.

El pueblo colombiano no solo debe sentirse orgulloso de sus atletas, sino inmensamente agradecido y reconocido con quienes, a través del deporte, se han convertido en los mejores embajadores del buen nombre de nuestro país por el mundo entero, y concedámosle el derecho y la oportunidad para  preparar las revanchas victoriosas que solo da el deporte, pues su vida deportiva no termina aquí. Paris 2024 los está esperando para ratificar sus condiciones y dejar en el pasado la amarga experiencia de Tokio 2020, un evento para olvidar por todas las experiencias negativas que se tuvieron que vivir, para contribuir con el movimiento olímpico en su empeño de salvar los Juegos, aún en medio de tantos riesgos como a los que finalmente fueron expuestos los atletas.

Hacer análisis en los resultados de la participación de nuestra delegación en Tokio 2020, descontextualizados de todos los factores adversos que debieron afrontar nuestros atletas antes de la cita orbital del deporte olímpico y aún durante la realización de los Juegos, no solo puede llevarnos a perder la cabeza y a dejarnos sugestionar por quienes, muy a la usanza de nuestra cultura derrotista, se anticipan a vaticinar un futuro incierto para nuestro deporte, sino que nos puede llevar a ser injustos con nuestros atletas, pues les estaríamos desconociendo todos sus  méritos y negando su condición humana, su derecho a equivocarse, si fue que alguno de ellos no obtuvo la tan anhelada medalla por un error, su derecho a estar en un mal momento a la hora de competir o porque no recordamos que algunos de ellos fueron víctima de un despojo por una decisión equivocada de un juez. Nuestros atletas son orgullo del país y a ellos le debemos reconocer todos sus méritos, pues quien clasifica para unos Juegos Olímpicos ya es un campeón, pues pertenece a la pequeña élite de los mejores del mundo. No caigamos en la trampa de la “retórica de las medallas” y exaltemos a nuestros atletas como modelos persuasivos para una sociedad en crisis de valores.

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